lunes, 20 de julio de 2020

EN AGOSTO POR LOS MONEGROS



No me gusta conducir en verano, me perturban todos esos insectos que se estrellan contra el parabrisas y mueren en el acto. Incluso dejan gotitas de sangre. No veo bien, el sol me da de frente. Paro y cojo un kleenex para limpiar el cristal. Al salir del coche me asfixia una oleada ardiente. ¿Qué demonios hago conduciendo sola por Los Monegros a más de 40º? La culpa, mi madre, que me convenció para ir al funeral de la tía Purificación (nadie quería ir y yo soy tonta; si casi no la recuerdo, no la he visto en años). Restriego el pañuelo contra el cristal, pero es peor: queda casi opaco. Y no llevo agua ni nada. Me meto al coche y busco el móvil: dos líneas de batería. ¿Y a dónde, a quién ibas a llamar? A punto de empezar a gritar, milagro: alguien se acerca por detrás. Salgo y agito los brazos como una posesa. Es la camioneta más vieja del mundo, que conduce uno de esos campesinos cuarteados con barba larguísima. Frena a mi lado y no baja la ventanilla porque no hay ventanillas: –Hola moza, a que vas al funeral de Purificación. Pues sígueme– Se calla y arranca. Algo extrañada, le sigo. Tras unos minutos que parecen horas, se divisa un pueblito desierto. A las afueras, una casona con gran puerta de madera negra. La camioneta para ante ella, y el hombre me indica con la barbilla que entre. Me acerco despacio; la puerta está entornada, adivino que dentro está oscuro. Cuando voy a echar a correr, surge ante mí la tía Purificación de joven, la cara muy pálida. Me agarra muy fuerte de la mano y musita:

--Puri, cuanto tiempo, por fin has venido…

Sin poder soltarme, miro hacia atrás por si alguien me ayuda. No hay nada. La vieja camioneta y mi coche han desaparecido.

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  Fruta de temporada. Ejercicio 3.1   (Taller impartido por Kike Parra y Bárbara


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