sábado, 6 de junio de 2020

MADRE SOLTERA


 

La suave luz de otoño se desliza por la claraboya de la buhardilla, y despierta a Kelly, que se despereza y se masajea la cabeza. “Vaya maraña de pelo, se nota que hemos dormido mal. ¿Lloverá hoy también?” Luego mira el reloj sobre el cajón de madera que hace de mesilla. Las nueve. Se sorprende de que no haya sonado, lo desconecta y se vuelve al otro lado, hacia la cuna.

El niño sigue profundamente dormido. Kelly suspira con alivio, se levanta de la cama, y, descalza, corre la cortina que separa el dormitorio del cuarto de la ducha. Se le pega un pie al suelo: “debe ser papilla, a ver si hoy por fin puedo limpiar bien”. Primero se mira en el espejo, como todas las mañanas. Las ojeras, el color apagado de su cara, las marcadas líneas de la nariz a la boca, le dan una expresión avejentada. “Esta cara no es la mía, si me pudiera cuidar más…”. Después de ducharse sube desnuda a la báscula encajada entre el lavabo y el wc: Bueno, doscientos gramos menos. Intenta sonreir y se ajusta el albornoz con la capucha sobre el pelo mojado.

En la cocina pintada de azul, devora un plátano con ansia mientras con la otra mano mezcla el café con unas gotas de leche en su taza favorita. No puede romperse porque es la única, y la mete con cuidado al microondas sobre la pequeña nevera. Recuerda que quedan galletas de las que le tritura al niño. Y un trozo de torta de anteayer… Niega con la cabeza y sale con la taza humeante en la mano. Sin mirar a la esquina de la lavadora: baldes repletos de ropa sucia, un contenedor para los pañales; en una pequeña estantería metálica, varios biberones de todas clases, cajas de leche en polvo, algunas abiertas, potitos de fruta que no caben en la nevera.

Se detiene un momento para mirar al niño desde la puerta entornada. Sigue dormido en la misma postura. “A lo mejor hoy tengo un rato tranquilo y puedo escribir algo, incluso mandarlo a algún sitio”. Esperanzada, vuelve a la cocina y deja la taza en la encimera. Saca del armario blanco una bandeja y coloca sobre ella cinco galletas, el trozo de torta y el café con leche. Con una mano cierra la puerta despacio.

En el rincón de la entrada, que sirve de salón y de cuarto de trabajo, con el ordenador y los libros, coloca la bandeja de desayuno en uno de los taburetes y lo acerca a la mesa del ordenador. Ya está todo preparado. Se dirige a la ventana y sube la persiana. Ahí están esos encantadores tejados, esos ventanucos, algunos con macetas floreadas. Sonríe.

Conecta el ordenador y abre el Word. La dichosa página en blanco. Da un largo sorbo al café con leche y se lanza sobre el trozo de torta. Ambos desaparecen con rapidez, mientras ella mira la pantalla blanca. Alarga la mano: en la mesa de trabajo siempre hay dos o tres cajetillas de tabaco y dos o tres mecheros. Enciende uno, tose un poquito y aspira lentamente.

Suena la melodía del móvil. Se ha olvidado de él. Está cargándose en la cocina, en el único enchufe nuevo de toda la buhardilla. Despertará al niño. Pega un salto. Cae el taburete, la bandeja. La taza vacía estalla en pedazos, las galletas se dispersan por el suelo. Kelly corre por el espacio diminuto.

Abre la puerta de la cocina y se abalanza sobre la pantalla: Peter.

--Hola, Peter.

---…

--Intentaba escribir un artículo, el niño está dormido

--…

--Sí, lo he pensado, pero no me hace gracia que viva con la chica esa con la que te has casado. Si fuera sólo contigo…

--…

--Peter, no me amenaces. Ya sé lo que firmé en un momento de angustia, pero…

--…

--Que no tengo trabajo, mejor que yo no lo sabe nadie. Pero es que cuidar sola a un niño…

--…

--No, no me contradigo. Pero también es mi hijo…

--…

--¡¡Cómo, los servicios sociales!! Antes me mato, fíjate

Trata de arrojar el móvil contra la pared, pero no se da cuenta de que sigue enchufado, y el aparato golpea contra un armario y queda colgado del cargador, balanceándose encendido.

Kelly, con los ojos llenos de lágrimas, se desliza al suelo manchado y empieza a gritar. Y el niño la acompaña en sus gritos desde la cuna. Ella se limpia la cara con manos temblorosas, se abraza rodeando su cuerpo, se balancea musitando algo ininteligible. Y cuando los gritos del niño comienzan a ser alaridos, se levanta trabajosamente y va con él. Lo levanta, le cubre la cara de besos, lo arrulla y murmura: “Tú no te preocupes. Tú tienes que ser feliz”.

Ya tranquilizado, vuelve a la cocina con el niño en brazos y lo sienta en la sillita alta que le regaló la tía May. Le pone en las manicas un envase vacío de medicina, que es lo que más le gusta, y se dispone a hacer el biberón de desayuno. Está nerviosa, no encuentra la leche con cereales en ese desbarajuste y se le cae otra caja, precisamente una de las abiertas. Nevada sobre las manchas del suelo. Al fin aparece la leche de cereales, pero ningún biberón está esterilizado. Respira muy hondo, saca del armario un cazo rojo desportillado, lo llena de agua tratando de que no se salga el grifo roto de la fregadera, prende el gas del hornillo y pone el agua a hervir. Mira al niño, que está encantado chupando la caja de omeprazol. Cuando hierve el agua, Kelly mete dos o tres biberones con las pinzas. Durante los diez minutos de rigor, aprovecha para ir a buscar un cigarrillo y de vuelta se desploma en el único taburete de la cocina. El niño la sonríe y a ella se le escapan las lágrimas de nuevo.

El desayuno del niño ha sido un éxito. “Come muy bien mi chico” murmura Kelly mientras intenta asearlo en su cuna, impidiendo a su vez que no se trague los restos de la caja. Lo lava con las toallitas húmedas, y le va poniendo su mejor ropa. Antes de sacarla del armario, ha tenido que plegar la cama para abrirlo bien, y poder sacar la mochila del altillo. Deja al niño, ya guapísimo, en la cuna con algún juguete y va llenando la mochila con ropitas y juguetes, mientras murmura de nuevo cosas que no se entienden.

Luego se viste. Sin saber por qué, elige el chándal menos ajado. Su largo pelo aún está húmedo y lleno de enredones. Se lo estira con el peine bruscamente sin notar ningún daño y se agarra una coleta en lo alto de la cabeza

Justo cuando ya está todo, suena estridente el telefonillo de la puerta. Kelly, con el niño sobre la cadera y la repleta mochila a la espalda, da un vistazo rápido al desastre de la buhardilla, descuelga, murmura “si”, escucha y contesta alterada:

--No, bajo yo.

--…

--¡¡Que no, que bajo yo!!

Arranca las llaves del gancho de la pared, las introduce en uno de sus bolsillos, abre la puerta y baja con mucho cuidado las escaleras hasta el piso donde llega el ascensor. Mientras esperan que suba, dice al niño con la cara pegada a su carita: “Menos mal que no nos hemos caído”. Y añade, con la voz rota: “Verás qué bien vas a estar, cuántas cosas vas a tener… Pero no te olvides de mí. No te olvides de mí”.

Y a los pocos minutos, sin niño, sin mochila, totalmente vacía, sube despacio por las escaleras hasta la buhardilla, a reencontrarse con la página en blanco.

 

 

 

 

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