lunes, 8 de junio de 2020

JUGAR CON BARRO (2012)


 

 A Tiana le apasionaba jugar con barro. Era lo único que se dejaba moldear, que se transformaba, con más o menos dificultad, en lo que ella quería. Y la suavidad entre los dedos. A sus doce años se había convertido en una experta en figuras de barro. Lo malo era que sólo las podía hacer los veranos en la torre. Su tiempo de libertad. A finales de junio su padre los enviaba al campo, a toda la chiquillería, hasta comienzos de septiembre. Con el ama de los pequeños y una señorita de compañía que ayudaba con los deberes a Tiana y a su hermana La Nena, “las mayores”. Después de desayunar se sentaban en la pérgola, si hacía buen día, o en la biblioteca si estaba nublado. El día que tocaba matemáticas ó geografía, el rato de deberes se hacía eterno. Pero cuando había redacción, literatura o dibujo, Tiana disfrutaba.

Había encontrado su lugar de juegos ideal en el lavadero antiguo, bajo las dos higueras grandes. Con agua y casi siempre en sombra, era perfecto para obtener barro. Las figuras se secaban en la tabla de lavar, incluso en la pila. Dos veranos antes, su padre había aparecido un día en el coche seguido por una furgoneta con dos hombres y una lavadora. La instalaron en el cuarto de plancha, junto a la cocina, con gran alborozo del ama y la cocinera. Desde entonces el antiguo lavadero estaba abandonado y Tiana tomó posesión de él y lo transformó en su taller de barro. Incluso colgó entre las higueras un gran cartón en el que se leía Cerámicas Tiana.

Tenía mucho tiempo para estar a sus anchas. Los pequeños no aparecían por allí, pues junto al lavadero discurría la acequia y la señorita y el ama lo consideraban un lugar “peligroso”. La Nena era fanática de muñecos, cunitas y cochecitos y había hecho muy buenas migas con la hija de los torreros, de su misma edad. Las dos montaban su casa, su mercado, todas esas cosas, en la pérgola o bajo las parras. O a veces jugaban a la comba, si la seño accedía a manejarla con ellas. Y a Tiana, etiquetada de rara, o especial, la dejaban bastante a su aire. Sabía trepar a los árboles, bordeaba la acequia sin caerse. Casi preferían que no estuviera cerca con sus desconcertantes preguntas, molestas a veces. Como cuando le preguntó a la seño por qué no tenía marido e hijos, o a la cocinera por qué no adelgazaba. Incluso se le consentía que apareciera a comer manchada de barro. Le daban otro vestido, y en paz -más con la llegada de la lavadora-. Facilitó aún más las cosas que decidiera ir todo el día en bañador.

Empezó con el barro desde muy pequeña. Hacía rosquillas, casitas planas, figuras con cabeza, dos brazos y dos piernas juntas. Con una rama les dibujaba ojos y boca. Más tarde llegó la época de los ceniceros de formas diversas. Para su padre, que fumaba después de comer en la pérgola, cuando estaba, y para el torrero, que fumaba constantemente. La siguiente fase fue decorar los ceniceros, una vez secos. Primero probó con las acuarelas buenas y se ganó una bronca de la seño. Además, se diluían en el barro y el resultado no era óptimo. Ocultó bajo la pila varios tubos de óleo, dos o tres pinceles y dos latas vacías, y probó con eso: por lo menos la pintura aguantaba. Su padre alabó muchísimo el primer cenicero mazacote, con rayas azules y rojas, y lo depositó encima de la estantería, donde posiblemente aún siga. Otro éxito fue la colección diminuta de cazuelas con su tapa, platos y tazas que regaló a las mamás de la pérgola. Menos celebrados fueron unos a modo de bizcochos o pasteles, que ciertamente quedaron algo toscos. También probó con los animales. Le quedaban mejor los redondeados, como patos y cerdos. Todos sus hermanos aplaudieron con fervor un sorprendente y rechoncho cerdo negro con grandes ojos amarillos. Animada, intentó hacer un caballo, su animal favorito, y tuvo que desistir. Le resultaba imposible reflejar sus largas patas, su estampa, su elegancia.

Pero la figura humana era lo que más le interesaba. Se fue dando cuenta de que, si conseguía un montón muy grande de barro, y luego lo modelaba como una escultura, el resultado era más personal, más satisfactorio que el típico muñeco plano. El problema era conseguir barro en cantidad. Cogió un cubo de plástico de los niños para acarrear agua de la acequia, y puso cara de despistada cuando lo buscaron frenéticos. Sin problemas, porque al día siguiente, a la vuelta de su viaje a Zaragoza con la leche de las vacas, apareció el torrero con dos cubos, rojo y verde y sus correspondientes palas. Los pequeños no podían llevarse disgustos.

Una figura fácil de hacer era la de una virgen. Esa especie de manto desde la cabeza, con pocos recovecos. Y luego las manos juntas, los ojos cerrados, y ya. Pero a Tiana no le entusiasmaba la virgen, algo que no se podía decir en alto. Hizo una para probar, la pintó de azul y rosa con estrellas plateadas en el manto y se la regaló al ama, que casi lloraba: Hija de mi vida. Si ya decía yo, si ya les tengo dicho que tú vas a ser, que tú serás. Se desasió de sus ásperas manos y corrió hacia su taller. Ninguna virgen más.

Y una mañana de agosto cercana a su cumpleaños número trece, algo frustrada ante su gran montón de barro, llegó la idea como un relámpago: una madre. La Tiana marisabidilla que vivía dentro de su cabeza, a la derecha, intentó protestar: ¿estás loca? Pero ese día la calló. La frase “una madre” lo dominaba todo y resuelta atacó el barro. Tenía muy clara la imagen que quería modelar: melena corta, gran sonrisa, sentada con un regazo amplio y acogedor y los brazos abiertos, como en espera. Estaba tan absorta que vino la Nena a buscarla para comer; y mirando el barro asombrada, musitó ¿es mamá? Tiana se revolvió rabiosa, había pronunciado la palabra prohibida: No, tonta, que eres tonta. Y salió corriendo hacia la casa, donde comió en silencio absoluto.

Ya en su taller, se sentó en cuclillas ante la inacabada figura sin atreverse a mirarla de frente. Por qué habrá dicho eso la Nena, pensaba, si no se parece... ¿eres mamá? La marisabidilla volvió a la carga: que no puede ser... pero fue acallada por una voz tranquila, que ella juraría había surgido del barro: No, pero vengo de su parte. Sin saber por qué, Tiana susurró ¿dónde está mi madre? Hubiera jurado que la esbozada sonrisa de lodo se ensanchaba: En otra dimensión. Tratando de no llorar, Tiana insistió: ¿no puede volver? La figura maternal también bajó la voz: Acábame del todo, luego hablaremos. Y ya no volvió a decir nada más.

Tiana estuvo todo el verano inmersa en una actividad frenética modelando la figura de la madre. Pidió a su padre que le trajera libros sobre modelado, que consultaba sin parar. Quería que la sonrisa le quedase expresiva. Renunció a resaltar demasiado los ojos, porque el barro era un material limitado. Le importaba más el gesto cálido, la actitud abierta. No comentó lo que estaba haciendo con nadie, familia ni torreros. Tampoco nadie le había preguntado. Cuando consideró acabada la figura, desechó la idea de colorearla. Temió que los colores la banalizaran, le quitaran importancia. Una vez seca, le pasó un barniz incoloro con un grueso pincel, como había leído. Estaba orgullosa: parecía una imagen de cerámica de las que se veían en las tiendas, en las exposiciones.

Inmersa en su acostumbrado silencio, llevó la figura a casa y la depositó encima del tocador, en el dormitorio de las mayores. La Nena no dijo nada, pero a partir de ese día todas las noches le daba un beso a la imagen antes de apagar la luz. Y Tiana volvió a recordar lo que era dormir de un tirón, descansar. Algo olvidado desde aquella noche en que su madre había muerto.



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