viernes, 29 de mayo de 2020

MI ABUELA, LA MALA




Me llamo Nacho, tengo casi 10 años, y en esta foto estoy con mi abuela, la mala. La buena, madre de mi madre, se murió cuando yo tenía 5 años. Algún cura del cole dice que siempre se van los mejores.

Yo no soy como en la foto. Cuando mi abuela quiere que salga con ella, que siempre es una orden, viene a mi casa con un paquete de ropa y me manda que me la ponga. No le gusto con mis vaqueros y mis camisetas. Y las botas de baloncesto le horrorizan. Tengo que ponerme zapatos, los que me aprietan los talones. Por eso salgo en la foto tan rígido y con esa cara.

Al principio no, pero ahora me gustaría ser mayor para que no me mande nadie. Mi padre obedece a su madre en todo y me dice que le haga caso, que ella sabe lo que es mejor para mí. Lo tiene dominado. Y mi madre, que es tan maja, por no tener líos, se calla. Lo mejor es cuando estamos solos, mamá y yo. Charlamos, nos reímos. Me deja salir al patio a jugar con la pelota, a encestar. El patio de detrás de casa antes era una pista de baloncesto y se les quedó una cesta olvidada. Mamá me avisa si ve por la ventana el coche de mi abuela, la mala.

Su coche es antiguo, de esos con pinta de “haiga”, como dicen mis amigos, pero a ella le gusta mucho. Y siempre que se hace fotos quiere que el coche salga detrás. Todas sus fotos son iguales.

Lo peor es cuando mi abuela la mala me pilla leyendo. Enseguida dice: ¿No tienes mejor cosa que hacer? Y me quita el libro o el cómic, y, hala, a estudiar. A mí me gusta mucho leer, y a mi madre también. Ella es la que me compra libros, o me da dinero los domingos para algún cómic. Ya tenemos muchos, en una habitación del segundo piso, al que mi abuela la mala nunca sube, por su ciática. Si los llega a ver, no sé yo… A mi padre no lo he visto nunca leer, pero no dice nada si leemos nosotros. No dice nada casi nunca, ni bueno ni malo.

Ahora me ha pasado una cosa que no pensaba que me pasaría. Me gusta la chica de la casa de enfrente, que es un poco mayor que yo y con unas trenzas rubias muy largas. Siempre se está riendo, y me saluda con el brazo de puerta a puerta. Pero no me atrevo a decírselo, ni a ella ni a nadie, porque no se puede enterar mi abuela la mala.

A veces me gustaría que mi abuela la mala se muriera. Aunque solo fuera para quitarles la razón a esos curas del cole, que solo saben castigar y dar capones. Y porque mi padre y yo nos liberaríamos por fin y podríamos ser una familia normal.


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