domingo, 29 de marzo de 2020

MATRIMONIO JOVEN CON TRES HIJOS.




Nos casamos a los veinte años, bueno, él veintiuno. Yo totalmente enamorada. Él, no lo sé, ahora puedo decirlo.
Todo transcurrió más o menos normal, incluso con momentos felices. Tuvimos tres maravillosos hijos.

Pero, a los diez años de matrimonio, nuestra pareja comenzó a hacer aguas. Yo lo sentía claramente, pero él no decía nada. Y yo callaba, confiando que fueran cosas mías y esforzándome en creer que lo hacía feliz.

Comenzaron los días en que no venía a casa, sin explicación alguna. Ignoraba a los niños, menos a la mayor, que lo adora. No me escuchaba, sólo me hablaba para señalar lo que yo había hecho mal, lo fea que estaba con “eso” que me había puesto. Ya no salíamos como antes, con la pandilla de toda la vida. En fin.

La noche en que me despertaron extraños ruidos en la habitación de servicio vacía, me puse la bata y acudí descalza. Ahí estaban, en la cama, él y su secretaria, a la que yo consideraba buena amiga. No pude articular palabra, y corrí a mi cuarto, desolada. Al cabo de un rato él vino, se desnudó y se durmió, sin decir nada.

Al día siguiente, cuando los niños se fueron al colegio, le puse el desayuno y estallé, por primera vez en mi vida. Lo menos que le grité fue que no podíamos continuar así, que ya no podíamos vivir juntos. Sin contestar nada, se levantó y se fue a trabajar.
Durante una larguísima temporada, él venía a casa cada cuatro o cinco días, y sólo hablaba con los niños. Incluso varias veces los llevó en el coche al colegio. Yo, que aún no podía ni imaginar la vida sin él, lo soportaba todo.

Pero un día nubloso sonó el teléfono. No me lo podía creer: era él. Que nunca me llamaba y menos a esas horas matutinas… Casi lloré de emoción.

Descuelgo. --Hola, cariño- (me sale una voz tímida). --Hola. Oye, ¿puedes venir al bar de abajo de mi oficina? - Más emoción, incluso nervios: --Sí, claro… En 20 minutos estoy allí-. Y cuelga.

Con el teléfono aún en la mano me miro: el pijama, las zapatillas, seguro que las ojeras. Voy al espejo de mi cuarto: claro, las ojeras y los pelos. Me tengo que arreglar muchísimo, tengo que estar guapísima. Venga, rápido, que eres tonta y le has dicho veinte minutos. Pero él sabe que sueles ser impuntual. Aún recuerdas cuando bromeaba sobre eso.

De punta en blanco (hasta falda y tacones) y con el corazón a mil, consigo llegar al bar treinta minutos después. Ahí está él, de pie en la barra, como siempre bromeando con todo el mundo. Me acerco, y se vuelve hacia mí, de repente muy serio.

--Qué hay. Mira, he estado pensando en lo que dijiste, y creo que tienes razón, que nos conviene a los dos un paréntesis, una temporada de separación.

No puedo contestar. Soy un fantasma. Él, por primera vez en tanto tiempo, me mira a los ojos y sigue hablando:

--Esta noche ya no iré a casa. Mañana, cuando no estén los críos, pasaré a por mis cosas. Y ahora tengo que subir, se me ha hecho muy tarde.


Y ya nunca más volvió.


2 comentarios:

  1. Pues te hizo libre y un gran favor. Yo no hubiera esperado tanto. A la primera, le saco la naleta y le cierro la puerta. Cada mujer y cada ser humano tenemos nuestra forma de reaccionar.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues sí, Eugenia. Pero en aquellos tiempos yo era ingenua y casi reía en los reyes magos aún. Tuve que cambiar y endurecerme a toda velocidad, con logros y errores dolorosos. Ahora casi se lo agradezco.

      Eliminar