sábado, 9 de marzo de 2019

MIS FANTASMAS




En la presentación del libro “La primera vez que vi un fantasma”, de la autora ecuatoriana Solange Rodríguez Pappe (Candaya), me quedé con las ganas de preguntarle a Solange si ella tenía fantasmas en su casa.

Porque yo sí tengo fantasmas en casa, desde hace muchos años. Y no me dan miedo, para mí son una buena compañía. No olvidaré nunca a la ancianita de mi apartamento de San Juan y San Pedro, al grupo joven de Cuéllar, a la mujer grande y un poco mayor que habitaba en la calle Latassa.

Al principio creí que eran míos, que salían de mí. Pero, después de tantas mudanzas, he comprendido que son de las casas, que ya habitaban allí cuando yo llego, sola o acompañada. Los “veo” yo únicamente, y por supuesto no lo puedo mencionar, por los gestos de preocupación que provocaban mis comentarios en mis compañeros de piso.

Cuando me cambio de casa, siempre me despido de ellos, que se agrupan ante mí y me miran hasta que cierro definitivamente la puerta. Y luego, en el piso nuevo, espero pacientemente a que aparezcan, porque nunca lo hacen hasta que termina la mudanza y todo está en su sitio. Surgen tímidamente y vuelan despacio por la casa, comprobando que la nueva disposición de muebles y habitaciones les gusta. Casi siempre ha sido así, salvo una vez, no recuerdo dónde, en que un jarrón estuvo apareciendo cambiado de sitio todos los días. Cedí, porque tampoco era importante, y aquel hombre mayor, agradecido, me sopló levemente la nuca.

Lo estupendo es que con todos ellos me llevo bien enseguida. Son amigos protectores, que vagan discretamente por el pasillo, y, si me ven mal, se paran un instante en la puerta de mi habitación, o de mi rincón del salón. Y siempre me tranquilizo. Cuando un libro se mueve solo, incluso se cae de la estantería, siempre les digo “te gustará, ya verás”, e inmediatamente percibo un suave soplo de aire en mis pies.

A mi casa viene poca gente, alguna hermana, algún amigo.  Mis fantasmas, silenciosos y estirados, enseguida los inspeccionan girando a su alrededor. Menos mal que, hasta ahora, siempre les ha gustado mi gente, que suele decir, al sentarse a mi lado: “qué bien se está aquí”. Sonrío agradecida y mirándoles a ellos, que vuelven al pasillo con suavidad.

Eso sí, se divierten muchísimo cambiando mis cosas de sitio, o impidiendo que vea lo que tengo ante mis ojos. Esta diversión consume una gran parte de mi tiempo diario. Pero desde que sé que son ellos, no me altero. Me están enseñando a tener paciencia, algo inaudito en mí.

Porque antes, el día que no los percibía por ninguna parte de casa, me angustiaba, enseguida creía que algo habría hecho mal. Ahora sé que igual voy por buen camino, que simplemente están descansando. Porque los fantasmas también se cansan. Sobre todo, ayudando a mujeres mayores tan pesadas como yo.


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2 comentarios:

  1. Me gustan tus fantasmas. Yo también tengo uno en casa. Aquí el mar los espanta.

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  2. Me gusta que te guste, querida. Y cuida al tuyo

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