lunes, 21 de enero de 2019

VIAJE A MADRID




Ya he vuelto.

Mi viaje a Madrid ha supuesto una experiencia tan importante e intensa que casi no puedo escribir sobre él. Porque ha sido una experiencia íntima, sobre todo íntima.


Comenzó con los nervios del equipaje. Los inconmensurables dodotis, la muleta, la caja de los oídos, no sólo con los audífonos, sino con muchas cosas impensables para los que no los necesitan. La bolsa de la dentadura, también con todo tipo de artilugios. La caja de las medicinas, de la mañana, de la noche. Algún libro que llevaba porsi. Las botas con la plantilla izquierda.
Apenas cabía nada de ropa, un “quita y pon”. Gran tragedia, tan presumida como soy. Menos mal que mi hija me ayudó, y me dejé ayudar; me prestó una maleta grande de mi nieto el deportista, el que calza un 48 a sus quince años.


Hice esperar a mi hijo, que venía dispuesto a no inmutarse ante cualquiera de “las cosas de mamá”. Es un sol. Tuvimos un viaje cómodo y tranquilo, con parada/café y cigarrillo, aunque él ya no fuma. Y llovió a cántaros casi todo el trayecto. No se alteró cuando yo empecé a llorar en el minuto uno. Salieron como un torrente mis emociones, mis nervios. El pánico que le tenía al viaje, a todas mis limitaciones, a no poder hacer muchas de las cosas que tenía previstas.

Al llegar a la preciosa casa nueva de mi hermana, la avisé del estado alterado con el que llegaba. Pero mi hermana es otro de los pilares de mi vida. Al anochecer fuimos con tiempo a la presentación de “Arritmias”, organizada por Relee. Menos mal que pude abrazar a Matilde Tricarico y a María José Beltrán. Porque había que estar de pie, había mucha gente y yo me agotaba y no oía nada. Nos tuvimos que ir a casa. No pude abrazar a Eloy Tizón ni a Isabel Cañelles. Bueno, seguro que otra vez será.

Pero al día siguiente yo seguía mal. Me volvió a subir la tensión. Creí (sí, esa que vive en mi interior lo creyó) que me habían robado el móvil en un bar, y organicé un lío de mil demonios para que me lo bloquearan. Lo hicieron. Ya desconectada del mundo, entré a mi cuarto para descansar un poco. Bajo la cómoda, sobre la alfombra, había algo negro, alargado. Nos costó un buen rato deshacer lo hecho y volver a estar conectada. Pero seguía desconcertada, casi desesperada.

La cena con las amigas de mi hermana consiguió iniciar mi recuperación. Son gente estupenda. Gracias Mar, Pepa, Inma, Eugenia, Marisol. Esta última es una nueva amiga maravillosa, vital, libre, un gran descubrimiento. Pude apreciarlo, empezaba a ser yo de nuevo. Le regalé a Julia y Miranda, que se pusieron muy contentas.

Una anécdota divertida. Sentada en una terraza, se acercaba un señor vendiendo lotería de navidad. Vi claro que era el momento de comprar. Le dije que no quería saber el número que me daba y comenzamos a charlar, que es siempre lo que más me gusta. Me preguntó si había ido alguna vez a los toros, le dije que sí, me preguntó si me sonaba El Platanito, afirmé de nuevo y me contestó: “Pues aquí me tiene. El Platanito dándole la suerte, para servir a dios y a usted”. Me contó más cosas, pero se quedan para mí. Pedí un Martini blanco, mi bebida favorita de mediodía. Y la tensión que se fuera al cuerno.

Inenarrable fue la tarde con Matilde Tricarico, que vino a casa a pasarla conmigo. Inmediatamente comprendimos que éramos un yo en Italia y su otro yo en España. Indivisibles para siempre.

Y por fin conocí a María Tena, en su media hora del desayuno en el trabajo, que convertimos en una hora larga. En la preciosa cafetería del Círculo de Bellas Artes. Ya he dicho por aquí que María Tena, aparte de una gran escritora, me parece una gran mujer. Pues cara a cara, muchísimo más. Otra gran alegría.

El viaje terminó muy bien. Me paseé por Chamartin con la muleta en una mano y en la otra, la maleta, que había dejado de ser un problema (claro, ya casi sin dodotis 😊).

Bueno, lo de siempre. Si no te dejas vencer, no sé si ganas, pero continúas.


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