miércoles, 9 de enero de 2019

MIRADA ABIERTA




Cuando nació, Ludovica tenía los ojos bien abiertos. Como en la fotografía. La mirada franca, la curiosidad tendida. Pero el apoyo materno, que se percibe suave y seguro, le faltó demasiado pronto. Y esos negros ojos quedaron en total oscuridad Tuvieron que aprender de nuevo a mirar. Volver a ver, a absorber todo como antes de la soledad. Y colores desconocidos los confundieron. Desde entonces Ludovica ya no pudo coger las acuarelas. Sólo dibujaba a lápiz negro. Luego dejó de pintar.

Su adolescencia la sorprendió todavía con los ojos entreabiertos, pero sin entender lo que veían. Lo archivaba todo en un lugar sombrío. Y comenzó a escuchar los ruidos exteriores. Ludovica dejó de escribir.

La espiral hacia ninguna parte devino en soledad, en terror. Y a sus dieciocho años aquellos ojos límpidos de la foto quisieron cerrarse para siempre.

No lo hicieron. Desesperados, ansiosos por reflejarse, se prendieron de otros. De una mirada marrón y risueña. La convirtieron en su norte y su guía. Sólo se mirarían en ella. Y durante un tiempo Ludovica recuperó sus primeros ojos. Cuando llegaron los niños, intentaba encontrar su propia mirada en la de ellos.

Pero ¿cómo se transmite una mirada? Cómo conseguir que tus ojos sigan abiertos, francos, curiosos, mientras luchas con la vida a brazo partido. Ludovica aprendió que, a veces, lo que se ve no es lo que se quiere ver. Y que no importa. Que existen miradas distintas, que ven lo mismo, diferente. Tantos puntos de partida. Tantas llegadas a un mismo fin.

Los ojos de Ludovica ya no son tan abiertos. Ni vivos y brillantes. A veces están muy cansados, a veces se difuminan en lágrimas. Pero otras ríen y se puede adivinar su primitiva luz. O sonríen suavemente, como ahora cuando miran la antigua foto de mamá y ella en su primer cumpleaños.


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[Relatos reencontrados]

De algún taller literario, con el tema “La vida en una foto”.

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