domingo, 9 de diciembre de 2018

UNA NOCHE CUALQUIERA (Relato inédito)





 Al anochecer suena el teléfono mientras tecleas como una loca:

—Hola, mi amor, ¿qué haces, guapísima?

Es Michel, tan meloso como siempre, pero un punto triste.

—Hombre, Michelin. Que voy a hacer… aquí aporreando la máquina 

—Pues ale, déjalo y sal, que tengo ganas de verte… Te espero en el bar de abajo.

Michel, sobrino de tu cuñada Carlota, es para ti el intermedio entre un amigo entrañable y un hijo adorado. Guapo, simpático, bohemio, culto, transgresor. Lo conociste en alguna de esas reuniones familiares a la que casi nunca vas, y conectasteis de inmediato. A Michel le encanta escandalizar y a ti te divierte él, casi siempre le sigues las bromas. Se sorprende, o lo aparenta: “eres una señora de lo más moderna, Nerea, da gusto contigo”. Os habéis cogido cariño. Se ha acostumbrado a contarte cosas, que posiblemente a nadie más cuenta, o eso quieres creer. También a veces te utiliza, cuando le viene bien ir a cualquier sitio “con una señora”, “vamos a dar que hablar un rato…” Tu cuñada os llama Pin y Pon, medio en broma, medio en serio.

Apagas la máquina y recoges los papeles de la traducción. “Una vuelta no me irá mal”. Te arreglas un poco y bajas. Ahí está, de pie en la barra, su abrigo largo y ese aire medio afrancesado que te gusta tanto. Metiéndose con los camareros. Pero observas que con menos crueldad que otras veces. “Tranqui, no te pases, este bar es mi territorio” le susurras en la oreja. Entonces se dedica a elogiarte en voz alta para que se entere todo el mundo… Consigues llevártelo a otros lugares menos comprometidos. Picáis y cañeáis. Está mucho más cariñoso que otras veces. No sabes por qué, piensas si le pasará algo. Y se lo preguntas. Se ríe y te estruja, como siempre. “Ay, Nerea, eres lo más parecido a una brujilla. Ale, vamos a bailar”. Qué bien. Él te ha enseñado a bailar, ha conseguido quitarte el complejo y que te lances y disfrutes.

Piensas “¿qué haría yo sin él como amigo? Vaya suerte tengo…” Bailes, copas, largas charlas… Ante tu asombro, Michel te habla de su infancia, de su madre muerta, tema tabú hasta ahora. De sus proyectos para el negocio de publicidad. Del futuro… De cosas que casi no habíais tocado. Pasada la una y media, decide que tienes que descansar, y se empeña en acompañarte en taxi. Al llegar a casa, baja contigo y en la puerta te estruja en un abrazo enorme. “Nerea, gracias por todo. Recuerda que te quiero” y dejándote una vez más con la boca abierta desaparece en el taxi.

Seis de la mañana. De nuevo el teléfono. El timbrazo llega agudo y terminante a tu cerebro, rasgando tus habituales pesadillas:

—Nerea, Nerea, es Michel!... —la voz de Carlota fuera de sí—¡Está muerto, Nerea!

“Imposible, está loca. Qué se habrá inventado ahora… Michel, muerto, qué dice. Si lo acabo de dejar hace un rato, qué hora es…, sí, hace unas cinco horas, en la puerta de casa; majísimo, de lo más normal…”

Te llega una extraña y macabra idea: ¡si no ha dado tiempo!

Tu cuñada sigue gritando por el teléfono

—¡Está muerto! ¡Me ha avisado la policía! Estoy en el depósito…

Te sacas el pijama a tirones y vas hacia el baño, tropezando con los muebles como si estuvieras en una casa desconocida. 

—Ahora voy, tranquila.

Todo es irreal. La luz del quieto amanecer invernal, el silencio… No te atreves a mirarte en el espejo: sabes que verás la sonrisa torcida y tierna de Michel. Toda tú eres una frase: “¿por qué? ¿por qué?”. Es imposible, debe ser un error… Que sea un error… Michel es muy joven para morir, no debe morir. Te pones algo encima y sales corriendo a por un taxi. Y en el trayecto rompes a llorar a gritos sin poder parar

—¡Michel! ¿Dónde estás, Michel? ¿Qué ha pasado? Vale, venga, que lo solucionamos, que yo hablo con quien haga falta… ¡Pues vaya faena, imbécil! ¡Esto no se le hace a una amiga!... ¿No tenías tantos proyectos esta noche?... ¿No hemos hablado tanto del nuevo negocio…? Y qué, ahora, qué ¿eh?... ¿Te crees que se puede uno ir así, sin más? ¡Si no te dolía nada!... —el taxista alucinado por el retrovisor— Todo lo que me has contado de tu infancia, de tu madre... Tanto futuro… ¡Un subnormal, eso es lo que eres!

Al llegar al depósito, Carlota se te echa encima

—¿Tú sabías algo? ¿Lo has visto últimamente?...

Te quedas petrificada.

—Cómo últimamente… Si, claro, ayer por la tarde... bueno, tarde-noche…

Casi te arranca el brazo

—¡Ayer noche! ¡Hasta qué hora estuvisteis juntos, que me da algo! 

Te zumban los oídos, no entiendes nada 

—…pues como hasta la una y media… tomamos unas copas, charlamos un montón, me acompañó a casa en taxi…

Los ojos insondables de Carlota se clavan en los tuyos y le sale un hilo de voz: 

—Entonces tuvo que ser después de dejarte. Por lo visto, de madrugada llegó a casa y se tiró por la ventana del patio interior. Los vecinos han llamado a la policía.

Se dibuja en su rostro un gesto lejano

—-Bueno, qué suerte, al menos de ti se ha despedido.



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 LuisaH. 18 de septiembre de 2009



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