martes, 6 de noviembre de 2018

PLÁCIDA MAÑANA





Ludovica se despierta suavemente. Ya entra el sol por la ventana. Vaguea unos minutos estirándose bien, y el móvil le avisa: a las 11:30 tiene cita con su médica de cabecera. Recuerda la angustia de ayer caminando sola por la calle, y no la quiere para hoy.

Desayuna fuerte como siempre, se ducha (qué bien el pelo tan corto), se viste de su negro favorito, y coge la muleta. Lo malo es que es amarilla. La voz tras su oreja derecha se enfada: “¿Ya empezamos con bobadas?”. Tiene razón, es una bobada. Coge la muleta amarilla y se encamina hacia la bajada de los siete pisos. Oye, pues casi mejor con la muleta, qué sorpresa. Mientras baja, piensa que igual se compra otra negra y discreta.

En la calle camina relajada. Es como si hubiera llevado muleta toda su vida. Bonita mañana zaragozana de cielo azul y algo de viento.

Casi no hay gente en la consulta. Por fin está su doctora, terminadas sus vacaciones. Ludovica le cuenta, ella consulta su ordenador, y ya están los resultados de los análisis. Lo demás pasa a segundo término, se le olvida.

Todo normal. Buenos resultados en todas esas cosas raras que buscan el cruel deterioro cognitivo. Si acaso, el hierro un poco bajo (claro, los mareos, los cansancios…). Ludovica resplandece por dentro, agradece al universo y a sus criaturas. Se calma, por fin.

Ahora se sentará un rato en la terraza del Boticario para celebrarlo. No hace frío, al menos ella no lo siente, y el sol sigue dominando, como es su obligación.

Al salir llama a su hija y le cuenta. Entre risas, su hija dice “pues madre, desde mañana lentejas a diario…”. Al coger el móvil, observa que se ha olvidado de la cartera. Pero no hay miedo, son sus acreditados despistes, nada peor. Le pide a su hija que cuando salga a comer con su pareja, se la baje por favor al Boticario. Y se sienta en una mesa entre sol y sombra.

Su amiga, la camarera morena, se empeña en que pruebe el nuevo vermut casero, que está teniendo grandes éxitos. Y Ludovica accede; es rojo, pero seguro que le gusta. Y en verdad está delicioso.

Han debido reñir muchísimo a las palomas, pues hoy solo hay dos y solo caminan, sin subirse a las mesas. Pasa un abuelo con su nieta, unos cuatro años, de recogerla del colegio. La niña dice: “¡Mira, es el boticario!” Se para ante la puerta, de la mano de su sonriente abuelo, y comienza a cantar, con su vocecita algo chillona:

“Boticario canario, patas de alambre, le cayó una piedra, y no le hizo sangre...”

Ludovica casi se levanta para abrazar a la niña, que en un minuto le ha puesto ante los ojos su propia infancia feliz.

Al subir las escaleras, la muleta también es una aliada valiosa. Y el sol sigue colándose por todas las ventanas de su casa.


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