martes, 30 de octubre de 2018

RELATO SIN TÍTULO Y CON PERSONAJES SEMIOCULTOS




Ayer tuve una sensación de despersonalización que hace mucho tiempo no tenía. No sabía quién era. No sabía dónde estaba. Es más, sentía que sobraba donde quiera que estuviese.

Puede que el origen de esa sensación fuera que unos minutos antes, en la calle, había tenido una caída de esas mías, espectaculares. Se me dobla un tobillo sin avisar, y plaf. Pero no me rompí nada, últimamente no me rompo nada. Por fuera.
Porque por dentro me dejó aturdida, desencajada. El suelo arriba y el cielo abajo, ahí al fondo.

¿Por qué suceden las cosas cuando suceden? Me dirigía ilusionada a una presentación de un libro, que no me podía perder bajo ningún concepto.

No me había dado tiempo a leerlo, lo estoy haciendo ahora, a ratos, porque me desconcierta, debo seguir aturdida.

Había poca gente, últimamente en Zaragoza coinciden muchos actos culturales, parece Madrid. Poca gente, pero toda muy querida. Sobre todo, el autor, mi hijo adoptivo. La entrañable librera. Un escritor altísimo y muy firme y claro de mente. Una escritora auténtica por dentro y por fuera, pasión y sinceridad. Una política digna de tal nombre en su acepción positiva, de unión, de trabajo por los demás. Una bibliotecaria/escritora, dulce y culta, excelente profesional. Resplandecía la novia del autor, tan guapa, tan inteligente; la acabábamos de conocer y a mí me encantó en la primera mirada. (Te la mereces, hijo. Sed felices).

La charla entre los presentadores y el autor fue apasionante. Debatieron sobre sobre el libro, claro, y además sobre cómo se lee, cómo y por qué se escribe, para qué. Sobre los proyectos literarios; los que llegan a término y los que se quedan en algún lugar. Sobre los autores de su vida. Aparecieron también los controvertidos talleres literarios...

Yo quería hablar, quería intervenir, pero no lo hice. No me lo permití. El ambiente era distendido, amigable, pero yo no sabía quién era, sentía que no estaba a la altura, que no lo podía fastidiar con “mis cosas”.

Aún pude charlar un poco con casi todos, con una copa de vino excelente. Y conseguí que mi querido hijo adoptivo me dedicara su libro con una de esas maravillas que sabe plasmar en el papel.

Me dolía mucho la muñeca izquierda, tras la caída, y me fui pronto. Mirando muy bien por donde pisaba. Aún tuve tiempo de ir a darle un abrazo a otro de mis libreros favoritos, que estaba de celebración. Llegué por pelos, pero llegué y lo abracé.

Todos los mundos son complicados y difíciles, y el mundo literario también lo es. Pero yo lo he elegido y, aunque sea desde una esquinita, permaneceré en él siempre.

Y ahora voy a continuar la lectura del libro, que se ha saltado toda la pila de mi mesilla de noche. Seguro que me encontraré dentro de él.


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