miércoles, 24 de octubre de 2018

CUCUYO, MI PRIMO.


Ayer te fuiste, Cucuyo. Y yo no sabía ni que tenías cáncer. Qué mal actuamos a veces, nos separamos de la gente que queremos y que nos quiere, por cualquier tontería. Pero eso siempre se sabe tarde.

Por eso he llorado tanto hoy en el cementerio. Y eso que estábamos en la parte bonita, y que el cielo era el azul claro de Zaragoza.

Pero contigo han pasado ante mis ojos los primeros 35 años de mi vida. Recuerdo perfectamente aquel día feliz en que toda la familia de mi madre, con ella al frente, fuimos a la vieja estación de Torrero, contentos y engalanados, porque por fin venía a España la familia que vivía en Venezuela. Tus padres y tú. Nuestras madres eran hermanas y llevaban años sin verse, mandándose mutuamente paquetes para navidad y cumpleaños. Los paquetes de Venezuela eran los más ansiosamente esperados por mí, siempre contenían algo exótico y maravilloso. Por ejemplo, el primer muñeco bebé de goma, no de cartón piedra.

La familia de mi madre era muy grande y muy unida. Pasé toda mi infancia y mi primera juventud con ella; tías y tías muy queridos, primos y primas que fueron mis primeros amigos. Se volcaron conmigo y con mi hermana E cuando mamá murió. E y yo éramos las más afines en edad a los primos maternos. Con mis hermanos pequeños se volcó la familia de mi padre, por la misma razón de edad de los primos.

Tú, Cucuyo (así te hemos llamado siempre), y yo nos hicimos amigos inseparables. Tanto que no quise que me acompañase como pareja nadie más que tú en aquellas fiestas del Pilar. Tanto que fuiste padrino de mi segundo hijo, el primer niño. Y cómo te portaste con él en los primeros años.

Cuánto nos hemos querido, cuanto hemos compartido, cuanto hemos reído juntos. Ya no quiero recordar lo que pasó luego para olvidarnos el uno del otro. Ayer, cuando me llamó otra querida prima para comunicarme tu muerte, fui consciente de lo mala que he sido contigo durante esta última casi media vida de ambos. ¿Cómo se puede vivir alimentando malentendidos, tonterías que hacen desaparecer el cariño mutuo, que es lo más importante de la vida?

Hace mucho tiempo que no voy a funerales, a entierros, simplemente porque no creo en esas ceremonias, porque todos mis muertos viven en mi corazón. Pero ¿cómo no iba a ir hoy a despedirte y a pedirte perdón? A ti y a Wendy, y así lo he hecho.

Había otras queridas personas de mi familia. Nos hemos abrazado muchísimo y nos hemos juramentado vernos a menudo, alimentar el cariño, no perder el contacto por nada. Por mi parte, lo cumpliré.

Gracias, Cucuyo, gracias. De nuevo intuyo gran fiesta en la otra dimensión. Esperadme, que ya sois muchos. Hasta siempre.

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