viernes, 28 de septiembre de 2018

LOS PÁJAROS DE MI CABEZA




Los pájaros que revolotean en mi cabeza a veces oscurecen, se vuelven casi negros. Yo procuro que les dure poco rato. Pongo música, bailo, sonrío en el espejo y les va volviendo su color. Porque tienen muchos colores y formas.

Cuando se duermen escucho su silencio. Me invade una paz quieta y agradable, que en algún momento me hace pensar que no soy yo. Pero ya sé que no es verdad, que siempre soy yo.

En alguna ocasión se despiertan de golpe, agitados, revoloteando muy aprisa, y me mareo. Si estoy de pie pierdo el equilibrio. Durante unos instantes no entiendo qué ocurre, me asusto y la angustia asoma su sombra insidiosa detrás de mi oreja derecha. Menos mal que ya he aprendido a atajarla.

Algunos me deben tener simpatía, porque gorjean y animan a los demás a que se posen tranquilos en las ramas de mi cerebro. Incluso se provocan unos a otros para construir una melodía con sus trinos y es muy divertido. Más que divertido.

Lo mejor es cuando nace uno. Chiquitín, tembloroso, casi no se le ve. Su madre y los demás lo protegen y le traen palitos, como ramitas. No sé de qué parte de mi cerebro, pero me da igual. Cuando el pequeñín comienza a intentar revolotear me invade esa ilusión. La primera, la sin estrenar.

Si alguno se muere no tengo miedo. Qué cosas. Se esconde en un rinconcito, y se queda quieto y callado. No he logrado averiguar si sus compañeros lo entierran o qué hacen con él, porque simplemente va desapareciendo. Pero a mí la muerte no me asusta. Forma parte de la vida

Tampoco quiero que mueran muchos. Y quedarme sin ellos, como un cerebro normal, soso, civilizado. Aunque no ha sucedido nunca, son una bandada numerosa, animada, muy pájaros. Además, tomaron posesión de mi cabeza desde que nací y estoy segura que, aún con nacimientos y muertes, seguirán acompañándome hasta el final.


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