sábado, 22 de septiembre de 2018

ESCALERAS




Decidió que era una inválida. La invalidez le posibilitaba por fin ser diferente. Aunque fuese de forma tan incómoda. Ser distinta, anhelo latente desde su infancia. Su frase más frecuente cambió a “yo no puedo”.

Cuando comenzaron la obra del ascensor, se alteró. Se imaginó encerrada en casa durante un mes, porque no podía subir, y sobre todo ¡bajar! siete pisos, cómo iba a poder, igual se mataba o se rompía la columna con otra caída. Se angustió, le dio un ataque de nervios, pidió favores para alojarse en casas ajenas. Y las sombras que vagaban por su casa se multiplicaron.

Pasado un tiempo, se dio cuenta de que de nuevo estaba “montando un numerito”. Su cabeza relampagueó por dentro. Asestó su imaginario puñetazo sobre la mesa al grito de “sí puedo”. Y se puso a subir y bajar 127 escalones a diario.

Contentísima. Sin prisa, despacito. Apenas se cansaba. Los huesos no le dolían. Percibió su antiguo orgullo al máximo.

Hacía sus “recados”, descansaba en sus terrazas, no le pedía favores a nadie. Se compró una linterna; lo único insuperable era la oscuridad, aunque fuera tenue. Por la noche, tirada en el sillón articulado con Netflix, percibía que las sombras se agolpaban en la puerta del salón para observarla.

Comenzaron a llegar los vecinos de sus veraneos, y surgieron encuentros en las escaleras. Ella se paraba en un rincón del descansillo, para dejar paso. Esto les dio oportunidad para conocerse, charlar un momento. Le hizo ilusión, aborrecía “no conocer a nadie”.

Y sucedió lo de las fajitas mexicanas, que le encantaban. Alguien gritó desde la cocina: ¿te atreverías a bajar a por fajitas, que no hay? No atreverse, verbo prohibido.

Bajó, cruzó al super, compró las fajitas y más cosas, y con una bolsa algo pesada para sus fuerzas, emprendió la subida. Esa tarde se quedó dormida en el sillón articulado, y cuando despertó, tenía rígidas las piernas, le dolían las caderas, los riñones, el brazo de la bolsa. Claro, no he descansado entre bajada y subida como hago siempre. Pero no pasa nada, hay que seguir.

A partir de entonces, las escaleras le resultaban más penosas. Hacía más paradas, y más largas. Comenzó a fijarse en el agujero al fondo del hueco del ascensor, donde se movían los obreros. A veces, resplandecía con los potentes focos que encendían para trabajar. Otras, estaba negro y silencioso, como mucho más profundo. El agujero negro. Ahí, en su propia casa.

Nunca podía adivinarse el horario de trabajo en el ascensor. Y ella no sabía el tipo de agujero que iba a visualizar. Comenzó a marearse, a tener aquellos antiguos vértigos.

Y nadie sabe cuándo, ni como, desapareció. La semana pasada dejaron de buscarla.

Ahora hay un ascensor moderno y reluciente, a ras de la calle.


4 comentarios:

  1. Me parto. Maravilloso. Que retranca tienes. Aprovecha este filón que creo va a dar mucho de sí hasta que lo coloquen

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  2. Muy bueno. Irónico y duro como la vida misma. Destila una mirada tierna. Muy bien escrito y construido.
    Me ha gustado mucho.

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  3. Me alegra, Carmen, gracias. Interpretaste muy bien el relato, es un gusto tenerte como lectora.

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  4. Mil gracias como siempre, amiga. Pero no sé si escribiré más sobre escaleras...

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