martes, 17 de abril de 2018

MI AMIGA





Por fin recibo un whatsapp tuyo para quedar un rato en una terraza. Ya mismo, dentro de una hora. Siempre terrazas para poder fumar; yo pediré mi cubalibre con angostura. No mucho rato, me dices, que luego tengo que comprar.

Tiro el pijama al suelo, me hago el lavado del gato y me visto de marrón. Pantalones marrones, botas marrones, bolso marrón, cazadora marrón. Jersey, gafas y broche rosas, el toque. Me revuelvo el pelo,últimamente no me peino, creo que queda mejor. Y si no, da igual.

Qué gran suerte la mía al tener amigas como tú. De hace media vida, de las que nos contamos todo, de las que nos queremos del todo, de las que no importe nada que no nos hayamos visto desde hace cinco meses. Siempre es como si nos hubiéramos visto ayer.

Dos horas dan para mucho. Si te quieres de verdad, si te conoces de verdad. Además, prolongar las situaciones porque sí me aterra.
Siempre hay algo que leer, alguna serie o película a mitad, algún sofá o sillón articulado en el que extenderse, cerrar los ojos y mirar al infinito. O pensar en él.

Reímos, nos miramos a los ojos, nos contamos la una de la otra, tras las novedades de hijos y nietos. Sobre todo, de nietos, la alegría
actual de nuestras vidas. En un momento dado, dices: somos fuertes, somos unas mulas. Y estoy de acuerdo contigo, pero esa frase me recuerda mis miserias actuales, y aunque me había jurado no hablar de ellas, me salen de golpe, como un rosario, sobre todo cuando me preguntas si ya me han operado.

No, te contesto, he renunciado a esa operación. No la entiendo, me da miedo.Prefiero los dodotis, ¿sabes?, te confieso. Y te enseño mi bolsa de primeros auxilios (menos mal que siempre me han gustado los bolsos grandes). Uno de repuesto, el kit de la dentadura, el kit de los audífonos, el kit de primeros auxilios de los huesos.

Y, como me escuchas, mirándome a los ojos con todo tu cariño, sigo. No puedo estar en sitios con ruido ambiental porque no oigo nada,
salir a caminar sola me da miedo y voy despacito mirando al suelo (últimamente pienso en la muleta, pero me da rabia), no puedo salir a cenas ni comidas, ya no puedo ir al cine porque todas las salas tienen escaleras sin barandilla y se apaga la luz. Menos mal que con los audífonos nuevos oigo muy bien si no hay gente hablando a la vez. Y, cada dos horas como máximo, tengo que ir al baño.

Mi vida se ha reducido a “recibir” a mis amigos de uno en uno, de dos en dos, en una terraza de las de alrededor de casa. Menos mal que hay muchas y como suelo ser cariñosa, me tratan muy bien. Fumo, escucho, hablo y disfruto. Mejor de dos en dos horas.

Y mi círculo social lógicamente se ha reducido. Menos mal que uso Facebook, aunque mucha gente me mire raro cuando lo digo. Lo malo es que hace mucho que no escribo, incluso me llega la idea de abandonar la escritura por completo. Cuando digo esto, los amigos verdaderos que venís a pasar conmigo dos horas en una terraza, cubierta o no, depende del tiempo, me miráis horrorizados: no, eso nunca, ni se te ocurra. Cuánto os quiero.

Desearía dejar de hablar del envejecimiento, de hacerse mayor, de sus miserias. Pero lo tengo aún mal asumido. Yo no esperaba para mí estos últimos tiempos de problemas de salud. Soy tonta, como si hubiese esperado cualquiera de las cosas chungas que me han pasado en la vida.

Aquella niña que quería ser primero directora de orquesta famosa, luego pianista, luego pintora, luego la mejor escritora del mundo…

No soy nada de eso, pero tengo tres hijos maravillosos, los dos nietos mejores de mundo, amigos impagables que no me abandonan nunca, aunque no nos veamos hace cinco meses.

Me respondes: y que seguiremos estando aquí, ni lo dudes.

Nos damos un abrazo tremendo, tú te vas a comprar y yo subo a casa a terminar de ver “Merlí”, una maravillosa serie catalana que recomiendo vivamente. Al final lloro a moco tendido, pero con lágrimas que reconfortan y de algún modo te reconcilian con la vida, ese misterio.

A lo mejor otro día hablo de eso.

Ah, por cierto: cada día veo mejor la tele sin gafas.


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