lunes, 5 de febrero de 2018

KURDA




Aquella intensa libertad, corriendo tras mi manada por bosques, arroyos y laderas. La obsesión de mi madre era que no me quedase rezagada para que no me devoraran los grandes. Me empujaba con el hocico, me levantaba por el pellejo del cuello y me llevaba al centro del grupo suspendida de sus dientes.


Nuestras manadas eran pequeñas, pero respetadas. Cuando íbamos todos juntos, rara vez nos atacaban. Los mayores nos enseñaban a los más chicos a buscar comida. A sobrevivir. Y a ocultarnos, a defendernos. Sobre todo, de los pocos humanos que aparecían por aquellos parajes.


Mis primeros recuerdos son del Kurdistán turco. Las montañas de Anatolia donde nací. Fui muy feliz en el lejano tiempo de las montañas milenarias.


Yo tenía cuatro meses, aquél día en que no hice caso a mi madre. Me empeñé en cazar una culebra que había olido bajo una piedra grande. Cuando me quise dar cuenta, estaba sola. No reconocía camino alguno. Corrí enloquecida. Llegué a un claro del bosque que no había visto nunca. Oí ruidos humanos entre los árboles. Me puse nerviosa. Y me encontraron.


Eran tres, distintos a los que nos solían perseguir. De sus bocas salían sonidos desconocidos. Me rodearon. Intenté defenderme, pero eran ágiles y fuertes. Me atraparon. Olí que dos de ellos no me querían hacer daño. La mujer me acariciaba, sus sonidos eran suaves. Y el hombre alto con ojos de padre. Pero el más menudo, rápido, abrió un saco grande y me metió dentro.


Siguió un tiempo desconocido. Tanto miedo. Durante largas jornadas temblé, lloré, llamé a mi madre. Nunca me oyó. Nunca vino. Ya para siempre estuve sola entre humanos. Y sin la montaña, sin el bosque. Caminaban por lugares secos y duros. Yo siempre encerrada en la bolsa.


No veía la luna, lo que más me desconcertaba. Al principio pasé mucha hambre, terrible sensación desconocida. Tuve que acostumbrarme a comida cuyo olor no identificaba. Sólo reconocía el agua. Al menos tenía agua para beber.


Tras un encierro interminable, los humanos y yo nos metimos en una dura cueva muy pequeña. Se movía y hacía ruido. Daba muchísimo miedo. Me mareé y vomité. Pero mi situación mejoró. Cuando la mujer se sentaba a mi lado, abría el morral y podía moverme un poco. Incluso sacaba la cabeza por un agujero de la cueva mientras ella me sujetaba. Y olía el aire. Era muy raro. Fuera de la cueva todo corría, todo pasaba corriendo. Los árboles más pequeños que había visto nunca. Unas moles oscuras, luego supe que allí vivían los humanos. Vomité de nuevo, creo que de asombro. El humano menudo, cuya desconfianza olí desde el principio, se puso furioso. Como el guía de mi manada. Le saqué los dientes, ya estaba harta de él. Y asestó un fuerte golpe en mi cabeza con su pata delantera.


Nunca me habían golpeado. Nunca en mis montañas, en mi bosque, en mi manada. Ni mi madre. Otra nueva sensación horrible. Comencé a entender que a los perros de las montañas no nos gustasen los humanos. Yo casi toleraba ya a los otros dos. Pero me puse muy triste. Me encogí en un rincón de la cueva, a los pies de la mujer. Ella acarició mi cabeza a escondidas. Sin hacerle caso, llamaba de nuevo a mi madre. ¿Cómo de lejos estaría mi madre, para no oírme? Quise dormirme, desesperada. Y al rato lo conseguí.


La cueva cada vez se movía más deprisa. Ya sólo corrían por fuera moles grises. Sin cielo siquiera. Tras varias jornadas así, imagino que por instinto de supervivencia, empecé a comprender sus palabras. Comida, perrita, no, sí, ven, quieta ahora… También aprendí que a la cueva le llamaban coche. Y que el que corría era él, no el paisaje de fuera.


Cuando más corría era si lo conducía el hombre menudo. Este, ante la insistencia de los otros dos, al menos me ignoraba, si yo no estaba cerca. Aprendí con mucho esfuerzo a no ponerme nerviosa, porque entonces él se desquiciaba. Un día de bronca, la mujer decidió sentarse siempre detrás, conmigo. Cuando parábamos, ella me sacaba del coche en sus brazos y yo podía oler el aire.


Otro día, el hombre de ojos de padre trajo una cosa larga, correa la llamaron. Me la ataron al cuello por una punta y creí que me iban a matar. Me quedé inmóvil, aterrorizada.  Pero la correa era para que la mujer saliera conmigo y yo pudiera caminar sin escaparme. Casi lo agradecí, esta situación podía parecerse a cuando corría por mis montañas, por mis bosques. Comprendí que en la nueva vida lejos de mi madre, era lo más parecido a la antigua libertad que podría tener.


Y por fin llegamos a lo que parecía nuestro destino. También una mole gris, que se llamaban ciudades. Era grande y tenía árboles, parques y ríos. Paisaje que de alguna manera me sonaba.


Allí empezó la parte buena y tranquila de mi nueva vida lejos del Kurdistán. Porque apareció él y se me llevó a su casa. Mi amo. Era grande y fuerte, con los ojos aún más tiernos que el hombre del coche, aunque de vez en cuando relampagueasen. Yo sé que los míos también relampaguean a veces. Mi amo es el humano con más capacidad de amor por los perros que he conocido en toda mi vida. Me quiere muchísimo y me ha enseñado a vivir en una ciudad. Despliega conmigo una paciencia infinita, porque me comprende. Me comprende como si me hubiera conocido desde siempre. Y yo, con todo el amor perruno de que he sido capaz, le he entregado encantada el resto de mi vida.



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"La Kurda", como la llamábamos toda la familia, llegó a casa de mi hijo pequeño con dos años. Tras una larga vida de amor y compañía, murió a los diecisiete. Sigue en nuestro corazón.


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