jueves, 18 de enero de 2018

Y ESE PUÑO TE APRIETA EL PECHO...






Se te saltan las lágrimas y comienzas a llorar. Unas veces suave y silenciosa. Otras fuerte y con sollozos. ¿Por qué, qué ha pasado? Casi nunca lo sabes, a veces te enfadas contigo misma porque no entiendes tu propio llanto.

A menudo son sus contestaciones. Sus enfados. Ella es fuerte, tú eres débil afectivamente. Enseguida te crees que nadie te quiere, que nadie te comprende. Que todos están hartos de ti. Que eres un rollo para casi todo el mundo. Y esto suele ser verdad respecto a tus llantos y tus cambios de humor. A la gente le gusta ir de fuerte, de simpática, de cool. El sufrimiento ajeno no mola nada. Simplemente separa.

Pero es tan difícil de ocultar, de disimular. Cuando sientes tu interior devastado. Cuando nada te motiva. La ilusión desapareció hace tiempo. Al principio creíste que sin la dichosa ilusión estarías más tranquila, que no tendrías tanta pasión desbordada, lo que más te ha definido siempre y también lo que más te ha perjudicado, según opinan muchos. Pero el caso es que tú todavía no sabes vivir sin pasión, y por lo tanto sin ilusión. A tu interior le horroriza convertirse en una persona lineal.

A lo mejor por eso te ronda la idea de ser mala. Que no te importara nada ni nadie, que no ansiaras querer y comprender a los demás. Que todo y todos fueran para ti “nada” y sólo te importaras tú y lo tuyo. Simplemente. Incluso a veces piensas en matar a alguien. Hay un montón de literatura sobre el placer y el descanso que se siente. Quieres no llegar a hacerlo nunca, porque también intuyes que tu ser acabaría en ese momento. Pero lo piensas a veces, aunque el pensamiento dure un segundo.

La voz. Esa voz de detrás de tu cabeza, a la derecha, que a veces has utilizado en relatos. Desde siempre la identificas como una voz que hay que acallar de inmediato. Pero todo en ti debe estar muy alterado, porque últimamente la voz es más conciliadora. Incluso te da buenos consejos. Como hoy, cuando has bajado como una loca a por tabaco, con un abrigo sobre el pijama. Te ha sobrado un euro, y querías la bolsa de chuches. La voz ha dicho: mujer, que ya tienes tabaco; no te compres también ese puro azúcar; puedes hacerlo. No le has hecho caso y ahora mientras escribes esto, cigarro y chuche. Hasta que duren.

Pero aquí estás, con más de setenta años. Llorando. Viendo sombras y bichitos a tu alrededor. Poniéndote excusas para no salir a la calle, para no quedar con nadie. La sordera, los huesos, las prótesis de la boca. Hay días en que no oyes tu voz en veinticuatro horas.

Y sí, con medicación. No, ya no la volverás a dejar de repente. Pero te la acaban de cambiar, porque llorabas. Qué ironía. Piensas ahora que la medicación no puede ser la solución. Que tienes mucho que hacer, tú, contigo. Sí, estás muy cansada, te estás volviendo vieja, pero también quieres vivir más. Y quieres vivir en paz, a ser posible disfrutando. Sobre todo, sin llorar. Centrarte en que, aquí y ahora, no tienes ningún motivo para llorar. Llora en el cine, cuando te decidas a salir, que es muy relajante. Y escribe más, pero no de ti misma.

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