sábado, 9 de diciembre de 2017

EL DÍA 4





El día 4 fui a despedirle al aeropuerto. Pocas veces lo hacía, cuando se iba[1]. Pero ese fin de semana había estado tan encantador, que pensé que así le daba una muestra de cariño.

Él no parecía ser de la misma opinión. Todo el trayecto en mi coche hasta el aeropuerto estuvo tenso, como nervioso, apenas sin hablar. Intenté comprarle periódicos, pero me miró con ligero aire de perdonavidas: los dan en el avión, guapa, no hace falta. Tampoco quiso desayunar en el bar, porque también lo haría en el avión. No quería hacer nada conmigo. Yo sonreía y no decía nada.

O sea, que volvía a ser él. El hombre. Cuando llamaron a los pasajeros del vuelo 512, me puso la mano en el hombro, me dio un ligero beso en la sien y, mirando hacia la puerta de embarque, musitó: adiós, guapa.

Me senté en el bar y pedí mi café con leche y mi tostada de aceite. Yo sí necesitaba desayunar. ¿Adiós? ¿Qué era eso de adiós?... si hace tres años que viene a verme todos los fines de semana, sin fallar uno, y que pasamos juntos quince días al año en la primera isla que pillamos de oferta.

Por cierto, esta vez no hemos hablado del verano, que ya está cerca. Pero es que han sido tres días tan apasionados, con tantos mimos y arrumacos que no hemos hablado apenas de nada.

Hacía tiempo que no estábamos así. Sí, claro, el sexo funciona muy bien, pero él no es un hombre expresivo, es más bien serio y callado. Cierto es que yo lo acepté así desde el principio.

Nos conocimos de forma muy típica, en un bar. Yo entonces estaba con Javi, extrovertido, exuberante, ruidoso, siempre moviéndose, haciendo planes, hablando por teléfono. Una noche en el bar del finde, yo superaburrida en un rincón y la pandilla de Javi con su jolgorio sin hacerme ni caso. Alguien me miraba desde la barra, enseguida te das cuenta  de eso. Era un hombre alto y moreno. Lo miré y él me mantuvo la mirada y sonrió un poco. Era guapísimo, y ahí estaba, solo.

Les dije a la panda que iba a por más cervezas y recibí varios vivas. Me acerqué a la barra, a su lado había un hueco. Seguía mirándome, con esos ojos negros. Entonces le sonreí yo. Sacó una agenda y una pluma y en una página en blanco escribió algo. La arrancó, la dobló y la alargó hacia mi mano. La cogí rápido y me la guardé en el bolsillo de los vaqueros, muerta de curiosidad. El camarero puso entonces las cervezas ante mí.

La panda, desde la mesa, exigía sus birras a voz en grito y tuve que llevárselas. Brindaron por mí y siguieron con su juerga. Entonces me volví hacia la barra, y él ya no estaba.

Me senté y di un trago a la botella. Me veía inmersa en una situación como de película. Claro que podía ser romántica o de terror. No habíamos cruzado ni una palabra, y yo no podía sacar del bolsillo el papelito y leerlo. Parecía que Javi no se daba cuenta de las cosas, pero cuando menos te lo esperabas, sí se daba. Casi siempre para peor.

Aguanté sin leer el papel hasta la mañana siguiente, los vaqueros plegados encima de la silla y Javi desaforado encima de mí. Casi deseaba que se fuera, y por fin lo hizo, arrastrándome desnuda hasta la puerta para otros tantos besos de despedida. Yo pensaba, que no baje ningún vecino, por favor. Pero pude cerrar la puerta, eché la llave sin saber por qué, y corrí hacia el dormitorio. Que no se haya caído el papel del bolsillo.

No, allí estaba. Y, con una letra muy buena para ser de hombre, decía: Me llamo Rick. Este es mi móvil. Vivo fuera de España, pero puedo venir a verte todos los fines de semana, de viernes tarde a domingo a mediodía. Si te parece bien, llámame.

Casi me temblaba la mano. En un arranque de sentido común, estuve a punto romper el papelito y tirarlo. ¿Qué se había creído? Y ¿tanto misterio? Además, cómo le iba a llamar si él no sabía mi nombre ni mi número…

Volví a leer el papel. ¿Vivía fuera de España, pero podía venir “a verme” todos los fines de semana? Vaya hombre misterioso. Rick, como el protagonista de Casablanca. Vamos a ver, ¿anoche qué día era? Sábado, claro. Cómo íbamos a estar en el bar con la panda si no fuese sábado. Por eso él estaba en España.

Me movía entre el temor de meterme en un lío gordo y un incipiente deseo de llamarlo. Por curiosidad, sobre todo ¿Qué me podía pasar? Quedaría con él una vez, y si no salía bien, pues adiós. Después de haber borrado su número, claro. Y por supuesto, mi número del suyo.

¿Y Javi? ¿Cómo no me daba cuenta de que, si llamaba a Rick, antes tendría que haberme librado de Javi? Los fines de semana es cuando más lo veo…

Pasé la mañana dándole vueltas al asunto, pero cada vez más convencida de que quería llamarlo. No hice nada, no escribí ni una letra. Comí un bocadillo de tortilla francesa con tomate. Con el pijama todavía y sin ducharme.

Vi que había añadido en contactos a Rick y su número, y había borrado el de Javi. Me quedé estupefacta. Menos mal que el de Javi me lo sabía de memoria…

Por lo visto estaba volviendo por mis antiguos fueros de mujer arriesgada y amante de la aventura. ¿Porque loca no estarás verdad? Me contesté con un no rotundo y fui consciente de que el tema Rick había pasado a convertirse en lo que yo llamo una decisión tomada y firme. Y pasé a planificar para llevarla a cabo con éxito.

Sería acertado cambiarse de piso y de barrio. Lejos de donde se movía Javi. Menos mal que Madrid es muy grande. Lo mejor, una zona residencial, un ático bonito. Siempre lo había querido hacer y ese era el momento. No soy muy gastadora y tenía dinero en el banco.

Lo siguiente, cambiar de móvil y de número. De todos modos, yo era la que tenía que llamar a Rick.

Todo esto lo puedo hacer, claro, porque soy una mujer sola e independiente, que no tengo que dar explicaciones a nadie. No tengo familia: mis padres murieron y mis hermanos ni sé por dónde paran. Soy autónoma, trabajo de freelance y en lo que salga.

Pero, esta declaración de independencia y autosuficiencia ¿cómo casa con que estés montando este lío únicamente para llamar a un hombre que has visto diez minutos en un bar, y con el que no has hablado ni una palabra? Bueno, no nos pongamos feministas, la libertad es la libertad. Y el seguir tus propios instintos, lo mejor.

Tal era mi filosofía de vida hace tres años. Y lo hice todo, vaya si lo hice. Javi desapareció como por encanto, con cierto alivio por mi parte. Desde entonces vivo en un ático abuhardillado precioso, en una zona estupenda. A mis trabajillos no les afecta, además me he podido permitir rechazar los que surgen en fin de semana, desde que viene Rick.

La primera llamada fue muy bien. Tenía alguna duda de que se acordase de mí, porque el cambio de casa y todo eso duró más de un fin de semana. Pero no.

-Hola ¿Rick

-Si, soy Rick, ¿quién es?

-Me llamo Alba. Me diste una nota en un bar de Madrid con tu número…

Leve risa y voz tierna:

-Por fin, la chica aburrida. Me alegro de oírte.

-Es verdad, estaba aburrida. Pero me dejaste intrigada.

-Y ahora eres valiente. ¿Nos veremos este viernes, entonces?

-Bueno… ahora estoy muy liada, me he cambiado de casa, si quieres quedamos en el Starbucks…

-Ok. A las ocho. Chao.

Desde ese momento, me pude dar cuenta de que no era muy locuaz.

Y así empezó todo. Al principio, de maravilla. Parecíamos hechos el uno para el otro, sobre todo en la cama. Lo demás, después de Javi, era un remanso de paz. Le gustaba mucho leer en los ratos muertos, menos mal que a mí también. O yo aprovechaba para escribir. Y le encantaba pasear, pero siempre en silencio. Las preguntas le molestaban y las charlas intrascendentes, también.

Los lunes, yo volvía a mi vida diaria muy relajada, la verdad. Incluso, si surgía, me permitía salir un poco con algún otro, algo esporádico, y tampoco lo hice muchas veces.

Rick no hablaba de sí mismo. Nunca supe en qué trabajaba, ni nada sobre su familia, si es que la tenía. Dejé de preguntarle al comprobar que nunca me iba a contestar. Y en realidad, tampoco me importaba mucho. Me consideraba una mujer super original, que mantenía una relación misteriosa. Como en las películas…

Llevábamos un año, más o menos, cuando me di cuenta de que las películas también pueden ser aburridas. Ya no me hacía tanta ilusión que viniera, pese al disfrute sexual. Por primera vez pensé que el sexo es muy importante, pero no lo único de la vida.

Justo por entonces fue cuando Rick comenzó a ser más serio y hermético de lo habitual, que ya es decir. O sea, comenzó a romperse el encanto. A pesar de todo, es posible que por inercia, continuamos dos años más.

Hasta este fin de semana, que ha sido tan raro. Por un lado, tan grato y feliz para los dos, y por otro el brusco cambio de Rick en el aeropuerto, volviendo a ser desabrido y antipático.

Recuerdo su adiós, guapa. Adiós, Rick.

Habrá que ir cambiando de escenario de nuevo. Y de contactos en el móvil.

En el coche, volviendo a casa, pienso que demasiado bien ha salido la historia para haber comenzado con una cita misteriosa en un bar. No me arrepiento de nada. No me he enamorado. Ni él tampoco, por supuesto. Me alegro de haber tomado la decisión seria y firme, en aquel olvidado momento de mi vida, de desterrar el enamoramiento en mis relaciones con los hombres. ¿No lo hacen ellos, la mayoría de las veces? Y sobreviven estupendamente.

Como yo. Independiente, libre, con la cabeza fría, dueña de mi sexo. Y sola.


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[1] Frase escogida al azar de: Javier Marías, Berta Isla. Alfaguara, 2017.



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