lunes, 14 de agosto de 2017

¿LA ÚLTIMA NOCHE DEL MUNDO?







Me despierto rara, convencida de que esta noche se acabará el mundo, que sólo quedan veinticuatro horas. No parecía un sueño. Abro la ducha a tope para reconciliarme con esta realidad y salgo a desayunar.


P está sentado en la mesa ante el café y las tostadas (siempre hace tostadas). Sonríe y comienza a hablarme. De su ilusión, sus proyectos, de la nueva vida que quiere emprender con L, que quieren emprender los dos, de sus largas conversaciones sobre ello. Y de la casa que descubrieron ayer, como una premonición. Con terreno, árboles, lo más parecido a su casa soñada. Lo miro y sus ojos vuelven a ser los de aquél niño. Algo se abre dentro de mí; es feliz, por fin es feliz.


El sol resplandece sobre la mesa, pero no bajamos el toldo porque es un compañero cálido y tranquilo. Interrumpo un instante para buscar un cigarrillo, no quiero ponerme nerviosa.


Mi hijo entra en detalles:


-El que cuida la casa nos dio el móvil del propietario. Hace diez años que la tiene vacía y ahora se plantea alquilarla.


Baja un poco el tono de voz:


-Estábamos seguros de que no podríamos pagarla, ni entre los dos; pero lo llamamos. Bueno, lo llamó Laura.


En silencio enciendo el segundo cigarrillo. No quiero interrumpir.


-Claro, no nos pusimos de acuerdo en el precio. Y, bueno, sin más. Otras casas habrá.


-Por supuesto --musito convencida, pero su sonrisa se ensancha:


-Pero volvió a llamarnos, él. Quería cambiar impresiones con nosotros y hemos quedado después de comer.


Salto de la silla y lo abrazo.



Paso media tarde ante la pantalla sin poder escribir ni una letra. Lo de la última noche del mundo no me inspira nada. Además estoy pendiente de las noticias que traerán. Apago el ordenador y me acomodo en el sofá rodeada de solitarios y crucigramas, intentando que mi cabeza se coloque en punto muerto.


A las nueve de la noche entran los dos, exultantes.


-¡Acepta nuestro precio! ¡Firmamos después de semana santa!


Han llegado también C y J y se unen a la alegría. Mi nieto brinca por todo: ¡me pido regar el césped! ¡me pido plantar lechugas! No recuerdo la última vez que tuvimos una conversación familiar tan ilusionada.


P me pregunta, como siempre:


-Madre, ¿has escrito?


-Ni una letra, hijo. No puedo con el tema, aunque el cuento de Bradbury es magnífico.


L, sentada en el sofá a mi lado, coge mi mano y me mira con cariño:


-¡Es que Ray Bradbury es magnífico! ¿qué tema era?


-La última noche del mundo.


Todos ríen.


Yo pienso:


-Hoy no será esa noche, ni tampoco millones más de las que vais a vivir.



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