viernes, 14 de julio de 2017

PATITO FEO






Ludovica nació feucha en una familia de bellezones. Su madre le decía: “no eres guapa: eres inteligente”.

A los ocho años, estaba pasando la tarde en casa de los más guapos de sus primos. Jugaban a no sé qué con sus hermanos y Ludovica leía en un rincón. Le entró sed y al entrar a la cocina a por agua, captó un trozo de conversación: “es que la pobre Ludovica es tan fea, con esas cejas juntas…”, “sí, y además, tan torpona”…

Le temblaron las rodillas. Al dar la vuelta para salir corriendo se tragó la esquina de la alacena, y cayó una copa estrepitosa. Las espaldas parlantes se giraron a su vez y la vieron. Las tías E y MJ. Primero se quedaron heladas y luego les entró una risa reprimida horrible.

Días más tarde mamá le depiló las cejas. Le arrancó el bigote con cera caliente sin permitirla llorar y luego llamó a la estheticienne para que le depilase las piernas. Los hermanos espiaban atónitos por las rendijas y Ludovica mordía toallas.

En la adolescencia mamá ya no estaba, pero ella ya se sabía muy bien lo de la depilación. Aprendió también lo de los tintes de pelo. Ha sido morena de pelo negro, pelirroja y rubia platino. Y siempre elegía como amigas a las chicas más guapas del colegio, y ella procuraba ser la más simpática y ocurrente.

Mientras duró su pareja, su físico también fue un problema. “Tienes poco pecho, mala cara, bastante tripa, y no sabes arreglarte. Quítate eso, anda”.

Al quedarse sola se relajó un poco, incluso tuvo varios novios de buena pinta. La revolucionó mucho que algunas personas comenzaran a considerarla agradable, culta.

A los treinta y tantos apareció la salud desastrosa y por fin el físico pasó a segundo término sí o sí. Además, en el trabajo, conoció a gente que la valoraba por ella misma, e hizo amigos irreemplazables.

El mes que viene Ludovica cumple 72. Continúa haciendo amigos, y sigue intentando averiguar qué y quien es ella, la de dentro o la de fuera. La inmensa suerte es que por fin hace lo que quería desde pequeña: escribir.

Entre buenos y malos ratos, siempre que se mira al espejo sonríe.  Ya no se tiene que depilar nada. Y a veces se ve guapísima.


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(Ejercicio  nº 3 del curso Escribir y Meditar: Autobiografía)

Fotografía de: Amazon.com.mx,  tomada de Google Imágenes



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