sábado, 3 de junio de 2017

VIDAS BASURA





Sin encender las luces del descansillo, JG sale del ascensor y saca su llave para abrir la puerta del bufete. No entra. “Habrá cambiado la cerradura esta cabrona. Habrá sido capaz”. Dos veces más. Nada. Respira hondo. “Seguro que está, aunque sea sábado”. Decide llamar al timbre.  “Dos timbrazos cortos no, que sabrá que soy yo. Uno largo”.

Taconeo de Lola por el pasillo. Se abre la puerta. “Está guapísima, la condenada”.  Pero al verlo, ella se asusta:

—Qué haces aquí. Tú que te has creído —intenta cerrar con rapidez. El pie de JG se interpone en el dintel.

—Lola, que también es mi despacho.

—De eso nada. Este mes he pagado yo el alquiler. Así que, largo.

JG no quiere alterarse aún.

—Lola, en la puerta pone “JG y Asociados.” Y JG soy yo.

—Si es por eso, cojo un destornillador y te regalo la placa, Letrado Jota...

Él trata de meter el codo por la rendija mientras ella empuja con todas sus fuerzas.

—Mira, guapa. Mi agenda, mis libros, mis casos. Los muebles que compré. Déjame entrar de una vez, hijaputa.

Ella se va tranquilizando.

—Siempre has sido un mal hablado. Cómo no me di cuenta de que no eras de fiar, con esa boca.

—Lola, tu padre. Deja de decir gilipolleces y abre la puerta.

—Trae un abogado, o un notario y abriré. Yo llamo al mío.

—Pero si el abogado soy yo, leches

Lola hace como que se ríe:

—Por poco tiempo, cariño. Que yo sepa, el fiscal pide para ti dos años de cárcel y cinco de inhabilitación. Fuera. Y no vuelvas.

A JG se le sube la sangre a la cabeza. Gruñe como una fiera enjaulada. Retrocede dos pasos y lanza sus 105 kilos contra la puerta entreabierta. Lola queda sentada en el suelo del recibidor, con una marca roja en la mejilla y un gran susto en los ojos. JG entra y corre el cerrojo:

—Vale. Ahora, vamos a hablar como personas. No digo civilizadas, no te definiría así, encanto.

Lola, a punto de llorar, le planta cara:

—Pues que yo sepa, a quien mandan a la cárcel es a ti.

JG hace volar una silla de una patada.

—Y de quién fue la idea de los bonos basura, hija de puta. Íbamos a hacernos millonarios, claro. Nadie se daría cuenta, claro. Y ahora a comerme el marrón yo solito, claro.

Agarra a Lola de un brazo, la arrastra hasta su despacho y la sienta de golpe en el sillón rojo:

—Pero qué jeta, tía: “Firma aquí, Jota, firma”. Y yo, qué imbécil.

—En ese momento era todo legal —murmura ella intentando recomponerse en el sillón.

JG se desabrocha el abrigo. Recostado en la mesa, enciende un cigarrillo. La mira de soslayo:

—Legal, verdad. Tú, tan lista. Sí, “en ese momento” era legal. Por eso no sabes dónde está el dinero.

Lola identifica en la voz de él un tono que la pone en guardia:

Jota, qué dices. Si perdimos el dinero. Qué dices de donde está.

El aplasta el cigarro y mete una mano en un bolsillo. Ella consigue levantarse y empieza a golpearlo en el pecho, en la cara, reclinados ambos sobre la mesa:

Jota, no me jodas. Tú sabes algo, cabrón ¡el dinero!

—Vaya. Quién es ahora la malhablada —deslizando en sus manos unos guantes negros.

Sin esfuerzo aparente, la desploma de nuevo en el sillón. Clava una rodilla encima de la ya aterrorizada Lola, luego la otra. Tira el teléfono de la mesa al suelo y lo arranca del enchufe.

—Cariño, ese asunto ahora lo lleva el licenciado Jota, la escoria de este brillante bufete.

Y comienza a enroscar el cable del teléfono en la garganta de ella.


-------------------


(Foto tomada de Google imágenes)



**************************************************

No hay comentarios:

Publicar un comentario