miércoles, 21 de junio de 2017

TRASTORNOS DE PERSONALIDAD



María llora en un banco del parque. Acaban de despedirla.

“Qué hago ahora. Mis padres me matarán. Es mentira que denuncié al contable por acoso... En realidad, a mí me gustaba el contable. Si hubiera podido convencerlo, seguramente nos hubiéramos casado y así saldría de casa de mis padres... Ahora, otra vez sola y sin trabajo. ¿Qué voy a hacer?”. Se levanta y vaga sin rumbo entre los jardines.


Isabel está exultante.

 “Vale, me han despedido. Ahora tengo motivos para demandarlos y arruinarlos. ¿Que no era acoso lo del contable? Ja. Claro que él lo negó, todos los hombres son iguales. Y los que nos miraban en murmullos, cuando me seguía a la máquina de café, unos cerdos que ahora dicen que miento. Los demandaré. Sólo necesito un buen abogado”.  Camina con aire decidido.


María, encerrada en su habitación, es la imagen de la tristeza. 

“Mi padre no me habla ni me mira. Y mi madre no me cree: “estás loca, como una cabra, esto se va a acabar”. Yo tampoco entiendo nada, pero no puedo irme de aquí, no tengo dinero. Buscaría otro trabajo, pero ¿cual?”. Tras unos fuertes golpes en la puerta, ésta se abre y entra su madre como una tromba.


Isabel se ajusta las ligas negras en una minúscula y cutre habitación.

 “Claro que me he largado, esa pensión de la bruja y el tonto era ya insoportable. A mí no me grita nadie. Aquí estoy bien, y mucho más guapa, con estos taconazos que me han prestado. Y podré vengarme de los hombres con tranquilidad. Y encontraré un abogado para joder al banco”. Saca de su bolso el sobre de polvo blanco y lo esconde en el escote mientras se ajusta el top de lentejuelas.


María, sentada en la barra, sigue rumiando su tristeza.

 “Mira que encontrar sólo este trabajo... Claro, me echaron de casa, sin un duro... el único sitio donde de momento no necesito dinero es aquí. Pero no se si voy a soportarlo; si al menos encontrase algo de cariño”. Un hombre grueso le toca el hombro desnudo y María deja de pensar.


Isabel, sonriente a pesar del asco que le produce el hombre gordo, lo sube a su habitación. Mientras el hombre se desnuda, ella vuelca los polvos en la copa que él ha subido del bar. “Le pediré el doble de lo que marca madame. Tiene cara de tonto y yo necesito dinero para el abogado”. Y gira su sonrisa perfecta hacia el sudoroso rostro masculino.


María, desolada.

 “No entiendo que le pudo pasar para ponerse tan enfermo de repente. Y he tenido que limpiar sus vómitos yo sola. Menos mal que pensaron que había bebido demasiado y lo sacaron por la puerta de atrás. Madame dice que a ver si espabilo... pero yo no voy a poder. Si llamo a mi madre y le pido perdón...”


Isabel, rabiosa, tirando el contenido del armario y la mesilla al suelo y pisándolo todo:

 “El abogado era una mierda. ¿Pues no hemos perdido, con lo de moda que está el acoso? Se va a acordar de mí. Y esos guarros que vienen aquí, también. Repondré el saquito”.


La policía saca esposada del prostíbulo a una Maria Isabel de aspecto extraviado, ojos desorbitados, boca convulsa. Mientras, su madre gimotea en casa, rodeada de vecinas: “Ha sido un calvario, un calvario, desde que, de pequeña, acusó de cosas feas a mi hermano Paco. Claro que no la creímos, pero ya no levantó cabeza. Esos cambios de humor tan insoportables... A pesar de todo encontró trabajo, con su pinta de mosquita muerta. Pero volvió a acusar a un compañero, y claro, despedida. Nosotros tampoco aguantamos más y la echamos de casa. ¿Cómo podíamos adivinar que se iba a hacer prostituta y se iba a dedicar a matar hombres?

Ya no tenemos ninguna hija”.



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Dibujo de psicologosperu@blogspot.com, tomado de Google Imágenes.


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