viernes, 9 de junio de 2017

CELEBRANDO LA MUERTE




Vivo junto al cementerio, en un pisito barato y  suficiente para mí
Como tengo poco que hacer, en verano asomada al balcón, y en invierno tras la ventana, me he acostumbrado a observar el trasiego de entierros, funerales y velatorios.

A veces bajo a la calle, entro por la gran puerta de hierro y me mezclo entre la gente. Eso me ha llevado a pensar mucho y a tener mi propia opinión de las celebraciones de la muerte.

Que casi siempre dependen de los que se quedan y cómo quieren organizar la pérdida. Incluso a veces se olvidan de los deseos el difunto. Imagino yo, claro.

Los que congregan muchísima gente bien vestida, enormes ramos de flores y coronas, tienen un gran componente de falsedad. Mientras unos pocos familiares lloran, la mayoría de asistentes, cuando consideran que ya se les ha visto, salen a la calle, (o directamente no entran) y en la puerta se forman grandes grupos: cigarrillos, risas, exclamaciones de júbilo al encontrarse, esperando lo único que les ha llevado allí: la “cabezada” final ante la familia.

Hay otros a los que va menos gente, hay menos flores y más sensación de pérdida sentida. Nadie sale a fumar a la puerta, si acaso uno o dos, sobre todo el tío Basilio, que no puede aguantar veinte minutos sin echar una calada. Pero yo veo, en estas sencillas celebraciones, a un muerto mucho más querido. Por ejemplo, uno en el que un chico joven no quiso entrar a la capilla y lloraba desconsoladamente detrás de un árbol.

No me gusta el boato alrededor de la muerte, con lo sencillo y normal que es morirse. Ayer fui a un abogado a redactar mis últimas voluntades, con testamento vital, por supuesto.

No voy a contar aquí todo, pero quiero algo parecido a lo de mi vecina Laura, al que sí bajé porque la quiero. Acto laico, incineración, música de la que le gustaba, jotas de sus compañeros de noches e intervenciones espontáneas de la gente.

Luego, todos juntos al bar de Manolo.



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