lunes, 12 de junio de 2017

ÁVIDA DE HORIZONTE




Erais cinco hermanos y tu padre se compró un seiscientos. Acababan de darle el carnet y no se atrevió con un coche grande. Hizo bien. Los sustos que pasasteis a bordo de la miniatura fueron muchos, creo que atesoráis anécdotas inenarrables. Como la de aquel día en que no vio a tiempo un rebaño que cruzaba la carretera -¡un rebaño!- y el frenazo lo produjo una oveja muerta bajo las ruedas. El pastor asestando bastonazos al capó con toda su alma. En fin.

Cuando veníais al Balneario los veranos, tu padre cargaba en el seiscientos a los tres mayores y las maletas. Tú, en el asiento del copiloto, lo pasabas fatal. Primero porque odiabas su conducción titubeante, y luego porque, según me contabas, te sentías aplastada por las montañas majestuosas que se iban alzando a ambos lados de la carretera hasta cerrar el horizonte ante tus ojos. Según dices, se te encogía el corazón y te mareabas, no solo por las curvas cerradas del Escalar. Este estado te solía durar todo el verano, menos mal que nos hicimos amigos y te pude distraer un poco bailando valses y tangos en el casino. Por cierto, qué mal bailabas, querida amiga.

Tu mejor día era el de la vuelta a Zaragoza y el mejor momento el de la llegada a Biescas, bajando hacia el valle, donde aparece de nuevo el horizonte. Decidiste escribir una novela llamada “Donde el valle se abre”, que por cierto, nunca enseñaste a nadie. Ni a mí.

Tenías un cuaderno sin estrenar, de raya doble y tapas duras de color azul. Lo decorabas con tus dibujos y letras adornadas, y me dijiste que habías comenzado la novela en él. Sólo comentabas que iba de una chica ávida de horizonte (normal, pensaba yo). Pero, a las seis o siete páginas, y desoyendo mis consejos, te empeñaste en introducir una muerte. La muerte de la madre, claro. Y te bloqueaste por completo.

Todos los días del siguiente verano, en el que teníamos trece años. me contabas que habías intentado escribir después de desayunar. Por fin una noche guardaste el cuaderno en un cajón. Pero no dejabas de insistir en que acabarías la novela y te harías famosa.

Mientras tanto, tus primos mayores, que también venían al Balneario, iban teniendo novias, y las nuevas parejas a tu alrededor te fascinaban. Yo te dije una vez “pues nos hacemos novios nosotros” y estuviste sin hablarme casi una semana. Ya casi al final del verano, me anunciaste que habías vuelto a escribir.

Esta vez una novela de amor, llamada “Petite”. Con dibujos, por supuesto, y afrancesada, estaba claro, tú eras así. Para esta escogiste un cuaderno de hule negro que te pareció lo suficientemente de mayor. Y no te atreviste a darle un tono más real, menos edulcorado porque, escarmentada del fracaso anterior, sólo querías escribir cosas “bonitas”. O era lo que necesitabas escribir.

Este segundo proyecto no lo guardaste, simplemente lo escondiste. Te daban vergüenza tantos abrazos, tantos besos. “En mi casa somos más bien serios”, me decías, y yo disimulaba una sonrisa.

En los veranos siguientes me explicabas tardes de invierno interminables, sola en tu habitación, sentada ante la mesa de estudio, los dos cuadernos delante y el bolígrafo en la mano. Ante mis protestas desoídas, pensabas que no servías para escribir. Yo contestaba: “pero, ¿no dices que te ponen sobresalientes en redacción, las monjas?” Te enfadabas de nuevo: “Escribir en el colegio es fácil: la amistad, las vírgenes, los padres…”

Sólo si había excursión fácil con la pandilla, o nos podíamos ir a bailar a la terraza del casino, o jugar una partida de tenis (en la que siempre te dejaba ganar y nunca te enteraste), conseguía que te olvidaras de la escritura. Y lo pasábamos tan bien…

Pero, cuando teníamos dieciocho, dejaste de subir al Balneario los veranos. Yo no entendía nada, porque tu padre y tus hermanos seguían viniendo al chalet de siempre.

Cansada de que le preguntara por ti a todas horas, tu hermana segunda me lo contó. Eso sí, explicándome antes de nada lo rarísima que eras. Por lo visto, unos meses atrás en Zaragoza, en un momento duro, un enfado, un problema, bajaste del trastero tu maleta. Al abrirla sobre la cama asomaron los dos cuadernos. Los leíste, pero no te reconociste en tus primeros escritos. Gritaste: “es mentira, ¡no sé captar la sensación del horizonte que se abre dentro del pecho! ¡¡ni descubrir el amor a los doce años!!" Y rompiste los cuadernos en mil pedazos ante tu atónita hermana. Llenaste la maleta de cualquier cosa y cerraste la puerta de tu casa sin volverla cabeza.

Ha pasado casi una vida. Yo hace mucho que bajé del Balneario a vivir a Panticosa-pueblo, como le llamábamos entonces. Confío de veras en que tú hayas vuelto a escribir.

Y que hayas recuperado el horizonte en tu pecho, amor mío.



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Foto de www.todocoleccion.net . Encontrada en Google Imágenes.
Relato escrito el 07/08/2013. Reescrito y corregido en 2017.


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