viernes, 26 de mayo de 2017

ÚLTIMO CUMPLEAÑOS QUE SE CELEBRA




Se lo dije a casi todo el mundo: por favor, no mencionéis la cifra. Y nadie la pronunció, la educación judeocristiana ha debido calar hondo. Porque la cifra del maligno es 666, pero todo el mundo me entendió cuando dije que no mencionaran los años que cumplía yo en pleno agosto inmisericorde.

Y sin embargo, ¡qué agradable! Llevaba tres días celebrando. Porque como lo de nacer en agosto es una putada, -nunca hay nadie-, iba cazando a mi gente a lazo. Invitándolos a lo que hiciera falta. Y eso que no quería celebrarlo más. Nunca se sabe, verdaderamente.

Estaba en la tercera celebración del día y sin plantearme que fuera la última. Y había sido fantástico. Recuperando el pasado común con una de mis hermanas. Recuperando el pasado nunca compartido entre nosotras, desde el cariño, desde la misma visión, desde las mismas vivencias. Que incluso nosotras no nos atrevíamos a sospechar.

Gracias, gracias a la vida.

Y después, bailando desenfrenada, desinhibida. Cómo me gustaba bailar cuando me salía de dentro. Qué pocas ocasiones de esas surgían. Amigos, guitarras, ¡bailar!

Y cuando estaba más en mi salsa, había que cerrar. Resulta que ya no era como en mis tiempos, que se podía estar hasta las tantas en los sitios de copas. Se cerraba a las dos. !Las dos de la madrugada! Tan temprano... Ahí me empecé a dar cuenta que quizás, en lo de “salir de noche”, y sólo en eso, yo pertenecía a otra época.

Pero no me lo iban a fastidiar. Con 66 años nadie podía conmigo. Y, después de pasar por un cajero a las dos y media de la mañana, cosa que en otros tiempos no me hubiera atrevido a hacer sola, fui en busca de un garito que estuviera abierto a esas “terribles horas”. En la silenciosa madrugada de agosto.

Y lo encontré, naturalmente. Un sitio cool, aséptico, de música máquina. Mec mec bum bum. Tararirori. Mec mec bum bum. Pedí mi eterno cubalibre. La preciosa niña de la barra lo puso sin un gesto de extrañeza. Di un sorbo. Estaba bueno. Mec mec bum bum. A bailar. Me lancé. Yo sola, todo el tiempo. Nadie se asombraba ni me miraba. Me relajé. Hice dibujos con las manos siguiendo el bum bum. Sonreí. La gente seguía a lo suyo, sin ninguna pinta de “mira esta pobre abuelita”. Incluso me dí cuenta de que algunos bailaban “agarrado” ¡esa música!

Dos chicas vestidas de largo, una blanco y otra negro, salieron a la calle a fumar con aire furtivo. Tras ellas, haciéndose el despistado, salió un chico grandote con camiseta azul. Simuló que las descubría en la esquina. Dejé de bailar, encantada con la peripecia, observando por las cristaleras desde mi rincón de la barra. Juntaron las cabezas, los cigarrillos humeando en las manos. Pasaron largo rato en la esquina mientras los bienvestidos del grupo de ellas seguían bailando agarrados, o acodados en la barra, mirando al infinito. Al rato, entraron los tres con aire importante, e integraron a camiseta azul con los demás. Y bailaron todos “suelto” subiendo las manos y girando en largas vueltas.

Entraron dos chicos y una chica con shorts y camiseta de un hombro al aire. Con las manos se lanzaba la larga melena de un lado a otro, sin descanso. Les acompañaba alguien a quien identifiqué, no porque nos conociéramos, sino porque era esa persona que intenta parecer “intemporal”: larga coleta rubia, vaqueros y camisa abierta negros como la noche, aire desenvuelto, moreno de rayos uva y profundas arrugas. Charlaba animado y los tres chavales parecían pendientes de él.

Volví a bailar algo súper rítmico. Dejé la bandolera en la barra, gesto que nunca me permitía. Me di cuenta de que, con mi aspecto convencional de mujer de cierta edad que se acepta a sí misma y está contenta, yo no destacaba en ningún sentido en este local de “gente joven”.  Giré varias veces y sonreí.

Último sorbo al cubalibre. Decidí que ya podía volver a casa. Caminé por las quietas calles manteniendo la sonrisa. Me crucé con un grupo de quinceañeros con vasos de plástico en la mano. Me dijeron algo con aire festivo. Me reí abiertamente y me abrieron una especie de pasillo.

Las cuatro de la mañana.

Sesenta y seis.


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(Imagen tomada de Google Imágenes)


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