martes, 2 de mayo de 2017

NURIA




1.

Hoy en día, el índice de vida, de mortalidad, se ha alargado muchísimo. A  veces parece que setenta años no son aún muchos años. Incluso hay gente que llega a los noventa en plenitud de facultades, o en un estado “normal”. Eso sí, todo el mundo dice “yo quiero llegar, pero, eso sí, con la cabeza clara”, “sin ser una carga para nadie”…

Nuria cavilaba sobre todo esto, en sus manos la carpeta de resultados del chequeo general que días antes se había empeñado en hacerse. Y su mente basculaba entre no darles ninguna importancia o ponerse nerviosa. Pero no ponerse nerviosa era para ella un mantra, un leif motiv. Y hasta hoy le parecía que lo estaba consiguiendo.

La encantadora médica directora del chequeo, le había citado para entregarle los resultados. Le había hecho un resumen, y con una gran sonrisa, había dicho lo primero: Bien, Nuria, nada preocupante. Lo siguiente, confuso de repente en la cabeza de Nuria: nódulos en pulmón e hígado, pero análisis perfectos, pero las eternas piedras del riñón, pero el oído.

Nódulos en pulmón e hígado. La semana que viene la citamos de nuevo. A la salida de la clínica se sentó en la terraza más cercana. Pidió un granizado de café y encendió un cigarrillo. A lo mejor, por última vez, pensó, queriendo ser irónica. Y enseguida: no empecemos, guapa, igual todo esto no es nada, las mismas probabilidades hay.

De pronto se levantó el cierzo, como casi siempre, y Nuria se echó la cazadora sobre los hombros. El cigarro que saboreaba empezó a escocerle en la boca, y lo apagó.  ¿Era sensación suya, o el delicioso granizado de café le estaba despertando ardor de estómago?

Tranquilidad, se dijo, tengo que leerlo todo antes de llegar a casa. A ver si me entero de algo. Y a ver si decido qué digo, cómo lo digo, y a quién se lo digo. Una opción es no decir nada a nadie antes de obtener certezas.

(Pero Nuria, ya se sabe, cuenta todo a todos, no se puede callar nada. No le gusta tener vida oculta, se angustia. Y la angustia en ese momento era lo más importante a evitar).

Haré lo que me salga, decidió. Como si lo quiero publicar. Basta de pensar tonterías.

La lectura no le aclaró mucho. Un nódulo en el pulmón, y dos en el hígado. Todos pequeños y sorprendentes. Pues vale. Y los huesos, y la sordera, y las piedras del riñón y las anteriores operaciones.

Recordó entonces aquella época pasada, y casi olvidada, en la que, por dos o tres veces, le habían salvado la vida los médicos de los hospitales de la magnífica sanidad pública española.

Una idea como un rayo: te salvaron la vida, sí, pero porque tú no querías morirte, luchabas por la vida como una posesa, tenías clarísimo que no era tu hora. Como cuando tu padre te sacó del lago, a los 12 años, casi ahogada.

Y se quedó de nuevo pensativa. ¿Ahora estás preparada? ¿no llevas tanto tiempo pensando en la muerte? Sin miedo, claro, como siempre. Pero no puedes incumplir tus promesas a tus nietos ¿verdad? De nuevo brotan silenciosas las lágrimas, la emoción. Llorar aquí no, niña, de ninguna manera.
Para eso, tu dormitorio y tu baño. Ale, déjalo ya y vámonos a casa de una vez.

Llegó a casa, lo contó como pudo sin llorar (prohibido ante la familia), y obtuvo reacciones variopintas. Para Nuria, envejecer es una etapa importante y dulce, pero, a veces, los adultos no hacen un esfuerzo en su comprensión de los casi ancianos.

Bueno, no pasa nada. Si aún no tienes ninguna certeza, ¿para qué te vas a preocupar? Y si ya la tienes, no hay que preocuparse, hay que ocuparse.  No hago más que repetirte lo que tú dices cada minuto, guapa.

Pero a la semana siguiente, su cabeza vagaba por la casa mucho más fantasmal que antes. El martes, en cuanto se quedó sola, abrió Facebook para distraerse. No se atrevía a leer un libro, no podía prestar atención.

Y dos horas más tarde sonó su móvil: La doctora. Para preguntarle a Nuria cómo estaba, porque había pasado el fin de semana pensando en ella, en su posible susto. Nuria se disculpó y se echó a llorar. Aún queda gente maravillosa en el mundo.

La doctora había consultado con especialistas de Respiratorio, y respecto al nódulo del pulmón, tan diminuto, no había que hacer nada, salvo controlarlo. La doctora había anulado la segunda resonancia magnética, y había conservado la cita con el Especialista en Digestivo. Todo con cariño y mucha tranquilidad. Y sí, tenía que llevar la documentación a su médica de cabecera del sistema público, porque ellos siempre tienen que tener todos los datos de un paciente.

Terminó por fin los innumerables agradecimientos para la doctora. Y tras apagar el móvil, un oculto nudo en su estómago se volatilizó. Ese que había anidado ahí dentro desde el principio. Ahora respiraba con tranquilidad.

Pero, como siempre, se enfadó consigo misma: ¿no habíamos quedado que no hay que tener miedo en ninguna circunstancia? Te traicionas a ti misma en cuanto puedes, háztelo mirar, hija. También la tozudez. Y observa con toda la paz posible la estupenda vida que te queda por delante.



2,

Pero el chequeo de Nuria se complicó.

Le repitieron dos pruebas, análisis de sangre en busca de un marcador tumoral que no constaba en el anterior, y una resonancia magnética de hígado.

Su gente se empeñaba en que tenía que estar nerviosa y asustada. Nuria, como siempre pensaba que todos parecían o querían conocerla mejor que ella a sí misma. Esto, en tiempos, puede que hubiera sido casi cierto, porque era ella la que no tenía ni idea de sí misma. Pero ahora... y se sonreía para adentro.

Por las noches dejaba escurrir una gota más del tranquilizante, porque lo más importante es dormir. Y el día anterior a las segundas pruebas, simplemente estuvo muda, fue incapaz de decir una palabra.

La resonancia magnética fue una prueba en todos los sentidos. Primero se negó al contraste, por espantosos recuerdos. Pero casi una hora después interrumpieron la máquina y sus sonidos de ultratumba para decirle que sin contraste no se podía continuar.

Le explicaron que ese contraste no tenía nada que ver con aquél que la había puesto al borde de la muerte hace años. Se lo explicaron muy bien, con todo tipo de datos.

Nuria se esforzó por apelar a su parte razonable, y accedió tratando de dejar su cabeza vacía del todo.

Duró dos horas largas, pero no pasó nada. Sólo tuvo que pedirles que la levantasen ellos y la ayudasen a andar, porque, después de dos horas inmóvil, sus huesos ya no la respondían. Derrocharon amabilidad con ella. Pero en un momento sorprendió entre ellos una fugaz mirada de pena que no le gustó nada.

Ya en casa, Nuria miraba su antebrazo morado y lleno de sangre. Pensó "menos mal que no es verano, podría pasar perfectamente por una drogadicta".

Tranquila, se puso a pensar en un posible futuro, por primera vez en su vida. Ya sabes, carpe diem. Ir a sus abogados, dejar por escrito que iba a repartir el dinero entre sus hijos, guardando para ella simplemente su pensión, por si acaso. Y hacerlo todo en vida. Le producía una sensación de paz. Con eso y el seguro de deceso, que ya había pagado cuando le dio por pensar de nuevo en la muerte, dejaba todo solucionado. Y sus hijos no tendrían que pasar por el horror de los testamentos que ella había vivido en su familia. Nuria pensaba dejar su cuerpo a la ciencia, aunque no pudiesen aprovechar casi nada. Pero no quería cenizas, entierros, cajas, urnas y funerales.

Todos de copas a mi salud, pensó, como mi hermana.

Los resultados estaban en tres días. No salió de casa, pero se tragó un libro estupendo cuyo título y autor, o puede que fuese autora, olvidó instantáneamente.

Las tres o cuatro personas de su corazón exigían información. Pero Nuria no había entendido los resultados, aunque no le parecieron muy terribles. Y les mandó por whatsapp una foto. Pidió cita en la clínica para su maravilloso especialista. Qué bien, él lo interpretará todo perfecto, a él le podré preguntar mil cosas.

Llegó a la clínica en punto. La recepcionista le sonrió y le entregó la carpeta para el doctor: "ya sabe, segundo piso a la izquierda".

La sala de espera estaba vacía. En la planta había poco movimiento, pero tras una puerta cerrada, se oían conversaciones y risas. Nuria pensó "está con la paciente anterior", porque una de las voces era claramente femenina.

A los veinte minutos abrió facebook en el móvil, ligeramente irritada porque iba a gastar batería a lo tonto. De vez en cuando alzaba los ojos porque tenía la sensación de rumores de pasos ante ella. Pero, nada. Igual que en casa cuando pensaba: "ya están los fantasmas por ahí otra vez". Y a veces eran y a veces no eran.

La tarde oscurecía con suavidad y Nuria seguía sola en la sala de espera. Se levantó y encendió la luz, recordando que otro día lo había hecho una enfermera.

Quería algo distinto. Fisgó el resultado del análisis, que llevaba para el doctor, y comprobó que su marcador tumoral estaba normal. Lo miró con gafas de sol graduadas, porque se había olvidado las de ver.

A las ocho y cuarto, cuando ya hacía más de una hora que Nuria estaba allí, asomó por la puerta una mujer rubia teñida y muy pintada, desconocida para ella. Vestida de blanco. Le preguntó:

--Perdón, ¿qué hace Vd aquí?

--Esperar al Dr. X.

La rubia miró la puerta de la consulta, se acercó a ella, intentó abrirla y no pudo. Estaba cerrada con llave. Se volvió hacia  Nuria con un gesto raro:

--Me citaron ayer en recepción --explicó ella ya un poco desasosegada.

La mujer de blanco tocó un timbre del pasillo, habló por un teléfono de pared y se sentó junto a Nuria con una leve sonrisa.

Abajo, en recepción, agitada reunión de enfermeras, administrativas y recepcionistas:

--Pero si el Dr. X ha llamado que no podía venir...

--Los citados los hemos derivado a la Dra. Z...

--¿Y por qué la has mandado al segundo?

--Pues porque creía que la Dra.Z los iba a recibir allí

--Está recibiendo en el primer piso, en su consulta, y creo que te lo he dicho...

--!Corre, ve a buscar a Nuria y llévala al primero, que aún no han terminado!

Un uniforme de enfermera vuela escaleras arriba, sin esperar al ascensor.

El segundo piso está vacío y apagado. La consulta del Dr. X sigue cerrada.

Vuela de nuevo hacia abajo:

--¿Ha pasado por aquí?  --sin aliento

La miran como a un bicho raro: --No. --Nadie.

La que parece jefa empieza a dar órdenes:

--Tú, mira en todos los aseos.

--Tú, en todas las consultas, aunque estén cerradas

--Tú, en el departamento de análisis..

--Tú, cierra la puerta de entrada y salida, quédate junto a ella y guarda las llaves por si baja algún rezagado.

--Ah, y bloquead el ascensor.

--¡Rápido, que Nuria no ha podido desaparecer ante nuestras narices!

Todas las ventanas de la clínica estaban cerradas, pero miraron en el jardín interior, incluso en las dos calles a las que daba.



3.

Nuria no apareció por ninguna parte. Ni en el tejado.

Obviaremos toda la desgracia que eso causó en su entorno, todos los problemas que causó a la clínica.

Nuria ya no tiene miedo. Nunca más lo tendrá.
Ah, y en la plantilla de la clínica no hubo nunca una mujer rubia, teñida y muy pintada.


**************************************

No hay comentarios:

Publicar un comentario