sábado, 22 de abril de 2017

ENVIDIOSAS



Crees que yo te tengo envidia. Estás muy equivocada, hija, yo jamás tengo envidia de nadie, y menos de una gilipollas como tú. Con tus modelitos, tu educación exquisita, esa suavidad que derrochas que deja abobada a la gente, y que es más falsa que judas.

Porque yo sé que bajo todo ello hay despotismo, complejo de superioridad, desprecio a los demás. Tan elegante, tan guapa, tan dulce… Sí, claro.

Un día salí hacia el instituto con tiempo de sobra. El casoplón de tus padres se alza a mitad de camino. Era temprano y me acerqué al jardín de atrás, reconozco que con curiosidad. Estaba entreabierta la ventana del office, como tú lo llamas, y oí perfectamente tus gritos contra la cocinera porque el pan tostado del desayuno estaba casi quemado.

Ese tono de voz no se lo habíamos oído nunca en clase a la señorita, la alumna perfecta, el ejemplo de todos.

Si, reconozco que hasta entonces me daba cierta envidia tu casa, tu madre que parece sacada de una revista de modas, el cochazo de tu padre. Lo guapos que son tus hermanos mayores. ¿Por qué son todos rubios de ojos claros, si tus padres y tú sois morenazos de ojos negros? Parecen adoptados o algo, ¿verdad?

A mí me encanta mi casa, que lo sepas: un ático en el centro del pueblo, lleno de libros, con terraza grande. Y mi habitación abuhardillada nola cambio por tu palacete. Estoy deseando que llegue tu cumpleaños para que hagas tu fiestón con la clase, que el curso pasado me pilló con anginas. Y poder ir y comprobar cuantos libros tienen tus padres entre los bibelots y porcelanas que vuestro estilo sugiere.

Mis padres son más jóvenes que los tuyos y son guays del todo. Uno trabaja en la universidad y la otra en la tele. Cultos, actuales, movidos. Y sí, no tengo hermanos, ya me gustaría. Pero seguro que no parecerían adoptados ni hijos de otro. Mi padre es moreno, mi madre rubia y yo pelirroja, así que salieran como salieran, ninguno llamaría la atención.

Los modelitos. Sí. Confieso que tus modelitos me hacen apretar los dientes. Te vistes exactamente como yo he querido desde niña: todo del mismo color. Sea cual sea, pero un color. Pantalones, jersey, camiseta, falda… Incluso zapatos. “Conjuntada”, como decían antes, pero mucho más: monocroma. Lo considero la perfección. Y así llegas tú todos los días a clase. Azul marino, blanco, gris marengo, rosa, burdeos, tostado…

Pero si algún día yo lo consigo, siempre dirán que te he copiado, mierda.

Porque mi madre de momento no entra al trapo. Tiene poco tiempo, compra todo por internet, hasta su ropa y la mía (mi padre se lo compra todo en una sastrería). Las dos tenemos unas tallas muy fáciles, y ella lo soluciona enseguida. Como vamos de pantalones y camisetas o jerseys... Su típica frase, que me chirría: “Corazón, no me compliques la vida. Cuando te puedas pagar tu ropa, vístete como quieras. Pero esa manía de un solo color es súper difícil”. Vamos a ver, yo no es que vaya mal vestida, simplemente me resulta casi imposible entonar los pantalones con la camiseta.

Jack, mi chico, me dijo un día: “no te creas, pelirroja, tú en el fondo eres tan pija como ella. Lo que pasa es que se te nota menos”. Me llegó al alma. ¿Yo, pija como una tía que vive en un palacete, que tiene chófer y servicio, y varios coches en el garaje? Lo dejé plantado y me duró el mosqueo un montón.

Porque yo no soy falsa como tú, eso es lo más importante. Yo a la chica que viene a limpiar la casa y a guisar tres veces por semana, la quiero un montón. Incluso hemos ido al cine juntas, o a tomar un batido. Y no se me ocurriría gritarle o culparla de algo en ningún caso.

Llegasteis al pueblo el curso pasado, alquilasteis el palacete vacío y epatasteis a casi todo el mundo. Por lo menos tú, a todo el instituto. Al principio me veías mirarte mucho (la ropa, claro), y empezaste haciéndote la cariñosa, intentando ser mi amiga. Pero, como las pijas, “amiga protectora”. Y los amigos son siempre iguales, guapa, nunca está uno en el escalón de más arriba, o de más abajo.

Cuando viste que no te hacía caso, (procurando no llamar la atención, porque no me gusta tanto como a ti),  me pusiste esa cara de “pobre, me tiene envidia”. Al principio casi me lo creí, soy un poco dada a culparme. Ya me ha dicho mi padre que tengo que trabajarme esa tendencia, que yo no soy culpable de nada, si acaso, responsable. Es más majo.

Y, a partir del día en que te escuché tratar de aquel modo asqueroso a tu cocinera, no te envidio nada, pero nada de nada. Es más, te considero una influencia nefasta para el instituto. Para colmo, te has ligado a Jack, que va todo orgulloso por los pasillos. En el fondo, el que quería ser pijo era él.

 No pienses ni un segundo que me has hecho daño, te lo regalo con un lazo dorado. Sus padres son los nuevos ricos del pueblo, seguro que más ricos que los tuyos: intenta cambiar tierras, locales y edificios por el palacete alquilado, la gente de servicio y vuestra elegancia. A estas alturas, seguro que ya hay entendimiento entre las familias.

Pero hoy he tenido una gran idea. A veces las tengo. En la hora del bocata, te he oído comentar que tu padre trabaja en un centro de la universidad. Al llegar a casa, he esperado al mío con su bebida preferida. Mi padre tiene mejor horario de trabajo que mi madre, sobre todo cuando están rodando una serie en la tele. Y siempre está en disposición de hablar conmigo.

La verdad es que nunca me he interesado gran cosa por su trabajo, se preocupa él más por mí. Resulta que es el director de ese centro, o sea, que manda bastante. Y también resulta que tu padre, con su cochazo, es profesor contratado. O sea, muy por debajo del mío.

La vida, a veces, te ofrece estas gratas sorpresas. He comenzado un discreto pero intenso interrogatorio, como tú haces con los tontos del instituto que te admiran tanto.

Toda vuestra aparente fortuna, clase y elegancia proviene de tu madre, de su familia. Tu padre es profesor de universidad, con un sueldo.

De inmediato me he dedicado a maquinar una estrategia, y a dirigir por ella a mi bendito padre, (por supuesto sin que él se entere), para que el próximo curso no le renueven a tu padre el contrato. Y desaparezcáis por fin de este pueblo, que siempre ha sido de gente normal, como nosotros.

Tenía otras ideas sobre tu desaparición, pero eran más oscuras. Esta me parece más normal, sin sangre, escándalos, ni nada raro.

Ah, y llévate contigo a Jack dondequiera que vayas. O mejor no, déjalo, que siempre encontrarás otros del mismo tipo.

A mí ya ni siquiera me molesta.


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