viernes, 21 de abril de 2017

ENVEJECER





1.

Hoy por fin me he acordado de que el café sale si aprietas una palanquita de la jarra. Qué bien, porque he estado dos días con verdaderos problemas para tomar café, y eso que la jarra la compré yo misma.

Sí, pero luego he querido hacer algo en mi cuenta del banco, y la he bloqueado. Menos mal que en seguida me tranquilizo: tiene solución, seguro. Y la tiene. Pero, como no sé lo que he hecho para bloquearla…

Las mañanas son malas, son como un nebuloso juego de ensayo-error. A lo largo del día todo se va poniendo en su sitio. Y por la noche me convierto en una fábrica de ideas. Pero, si no las escribo, a la mañana siguiente han desaparecido. Sólo soy yo si escribo, si lo escribo todo.

Antes también apuntaba todo, pero luego se me olvidaba leerlo. Ahora me ayuda muchísimo la informática (soy vieja y no sé nombrarla de otra manera). Me he convertido en una fanática de los dispositivos. Los míos están repletos de todo lo que no quiero olvidar. Y me apasiona el sistema, mucho más atractivo que una hoja de papel llena de listas, que se traspapela inmediatamente. Mi ordenador, mi iPad, mi smartphone son en este momento mis ayudas indispensables.

Mi nieto mayor está viajando a varios lugares durante el mes de abril, y no he conseguido entenderlo (a dónde ahora, a hacer qué) hasta que no he escrito en Evernote una nota titulada “Abril Jorge”.

En otras ocasiones me encuentro a mí misma leyendo y comprendiendo, leyendo y disfrutando. Viviendo a tope en el cine, en la escritura.

Me encanta hablar con la gente, sobre todo con la gente desconocida. Esto sí que es nuevo, por lo menos en la vida de aquella tímida, de aquella en muchas ocasiones desconfiada. He descubierto que la gente es un mundo de sensaciones, de alegría, de vida. Y qué verdad tan grande es que, si tú eres amable, todos son amables. Verdadero y fácil.

Ayer vino mi hijo P a verme, el artista, el que ha diseñado las dos cubiertas de mis libros. En un momento dado, se me ocurrió decir: “estoy preocupada por…” y P, suavemente, contestó: “Preocuparse es inútil, madre. No consigues más que angustia para ti, porque en ese tema concreto tú no puedes hacer nada. Además, aparte de las ilusiones que no hayas conseguido, mírate: te dedicas a lo que te gusta, escribir; has publicado dos libros; tienes amigos maravillosos por todas partes…”. (E hijos maravillosos, como tú, por ejemplo).

En fin, que el día que no salga el café de la jarra, me concentraré en la tapa, hasta que consiga dar con la palanquita. O tomaré té, que también me encanta.



2.

Envejecer es bastante apasionante. No me lo esperaba. Es cierto que al principio te angustias un poco: los párpados caídos, las manchas, los brazos colgantes. La memoria que de pronto se ausenta un rato, el despiste, (pero ese ya lo tenía en el colegio: “Luisa, no se disipe usted”). La sordera hereditaria... Pero después del sofocón inicial, se lleva. En fin.

 Incluso creo que mi cerebro es ahora más rápido, a veces me encuentro más inteligente. Sé hasta formular razonamientos (y nunca me ha gustado, por aquello de la enemistad secular entre la razón y yo, pero ahora me hace hasta ilusión).

No lo creeréis, pero hace años que no olvido las llaves dentro de casa, cuando el tema me ha tenido mártir media vida. Y ya no he vuelto a meter las zapatillas en la nevera; lo hice hacia los sesenta, y ahora a esa edad se es joven, por lo visto.

Incluso mi acreditada mala salud de hierro ahora es más de hierro que nunca. Claro, ya me han operado de casi todo lo que tenían que operarme. Y los huesos... ya no me duelen apenas. Y como no pienso correr… Creo que si hay algún desastre mundial de esos que predicen a diario, los extraterrestres me encontrarán a mí como la mujer de Lot. Estatua de sal al borde del camino.

Bueno, pues eso, que físicamente me encuentro mejor que nunca. Siempre he sido precoz en todas mis aventuras, y también en las enfermedades. Pero prefiero mil veces una vieja sana, ahora que lo soy, a una vieja achacosa y lamentable, aunque haya disfrutado de una juventud a prueba de bomba. Además, en este último caso te la pasas lamentándote por lo perdido. Y yo no tengo nada de qué lamentarme.

Porque lo peor, a pesar de todo lo que estoy diciendo, es el final del camino. Hay que encararlo con mucha moral, con alegría, con buena disposición. En caso contrario, puede que acumules boletos para la rifa de una residencia de ancianos. Y eso sí que no. Nunca se sabe, a lo mejor llega igual, pero ya nos preocuparemos de ello cuando ocurra. Soluciones hay para todo y, si no, se inventan. Mirad el cohousing.

Otra cosa que se me ha acrecentado con los años es la dichosa sensibilidad. Soy una llorona. Cualquier cosa que me emocione dispara mis lágrimas.  Mis hijos se enfadan porque no lo entienden, y a veces tenemos momentos difíciles. Pero no hay que preocuparse. Mi psiquiatra me aseguró que yo soy así, excesivamente emocional y que no voy a dejar nunca de llorar. Que no es nada malo, no tiene la menor importancia, y que libera tensiones. Además, yo pienso que tengo demasiadas lágrimas acumuladas en aquella juventud y madurez en la que no se podía llorar bajo ningún concepto, y yo quería ser perfecta. Ay.

Por ejemplo, hoy he ido a la peluquería, hacía dos meses que no iba. Tras quince años de no pisarlas, de pasar de todo, de cortarme el pelo y teñírmelo yo sola, este verano se me ocurrió que quería tener el pelo completamente blanco. El grisáceo de las primeras canas es muy triste, (yo al principio me empeñé que era elegante, pero no es cierto, sobre todo cuando tienes un tono de piel verde clarito). Como mi máxima es erradicar la tristeza, entré a preguntar en una peluquería al lado de casa. Y se me ganaron por su simpatía, otra cosa que ahora me ocurre a menudo.

Además, tuve un flash con un peluquero joven, que sin preguntar me agarró de la mano, me cortó el pelo “con estilo” y me puso mechas rubias. Oh. Qué guapa. Volví a considerarme a mí misma. Y por supuesto a adorar a J, el peluquero, que es lo que hago siempre con lo que me produce sensaciones agradables.

Pero hoy J no estaba. YA no estaba. No trabaja ya allí. Se me han saltado las lágrimas y he tenido que hacer un esfuerzo por no montar un numerito, pero
ahora, vieja, lo consigo. 

Hoy le he dicho a D, otro chico joven, si podía atenderme él. Otro chico encantador. La diferencia es que a D le he tenido que explicar paso a paso todo lo que con J nunca hizo falta. Y bueno, no me ha quedado taaann bien. Pero será cuestión de amoldarse el uno al otro, de tener paciencia. Esto, de vieja, se acepta estupendamente, se entiende. Se asimila. Y es una liberación.

Esta es una de las claves, que se entiende casi todo, por no decir todo. Y lo que no entiendes, lo dejas en paz. No pasa nada, casi nadie entiende “todo”, y cada vez menos. Ya no te compensa tener discusiones, líos, malos entendidos. Sólo quieres estar en paz.

Yo lo vivo como un premio al final de mi complicada vida. Y me apetece mucho disfrutarlo. Por fin me atrevo a sentarme sola en una terraza a tomar el aperitivo, o lo que sea, disfruto de la gente, de la calle. Y fumo, porque ya sé las terrazas cercanas donde se puede fumar.

Sí, no he conseguido dejar de fumar. Algún defecto hay que tener, sin fanatismos. Yo procuro no molestar a nadie; si no se puede fumar, no fumo. Pero también estoy convencida de que, ya a esta edad, no me va a pasar nada. La edad crítica de los cánceres ya la pasé ocupada en otras cosas desagradables, sin tratar de hacer comparaciones. Y cualquier cosa que me pueda pasar, en plan salud, ya será mucho más leve y llevadera que si fuera joven. Y si no, tampoco pasa nada.

Los amigos. Los Amigos con mayúscula te acompañan a lo largo de los años. Además, ahora que ya estamos todos jubilados, es un placer podernos juntar por el día. Incluso tomarnos una copilla de vez en cuando. Y, sobre todo, reírnos. Reírnos juntos. Esta es otra de las claves de la vida.

Envejecer está siendo todo un grato experimento para mí. Y además no ha hecho más que empezar, porque les he prometido a mis nietos que no me puedo morir hasta el año 2035. Y las promesas que hace la abuela, las cumple, vaya si las cumple.


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Imágen de: viejas y bellas /read / i-D
Encontrada en Google imágenes





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