lunes, 7 de noviembre de 2016

MAÑANAS DIFÍCILES



Suena el despertador a las 7:30. Casi es de noche. Ella, con los ojos apretados, alarga el brazo en un torpe movimiento. El reloj sale disparado, choca con la cuna del pequeño y enmudece entre chasquidos de algo roto. Ella se sobresalta y se sienta de golpe en la cama. El pequeño arranca a llorar.

Al otro lado de la cama, él se agita y refunfuña con un sonido desagradable.  Ella gira la cabeza y, al verlo, abre mucho los ojos, con extrañeza. Aúpa en sus brazos al pequeño. Con una mano, cierra con suavidad la puerta de su dormitorio y se dirige a las habitaciones de los mayores.

—Vaya, una de esas mañanas difíciles—, murmura; abre las habitaciones de los mayores,  desgranando la retahíla habitual:

—Arriba, vamos, lavaos bien todo, los dientes también, y a desayunar vestidos y calzados. Ale, venga, ya—. Sale a la galería, coge la sillita del pequeño y lo sienta. Le da una punta del pan de ayer;  el niño tira el chupete y se dedica a roerla con sus cuatro dientes y con el mayor interés. Ella lo besa:

—Muy bien, mi vida. Tengo que prepararles el desayuno a los tatos.

Y se enfrasca en la tarea de poner la mesa: el colacao, la leche. Hace rebanadas del pan de ayer. Enchufa la tostadora. Cuando saltan, las embadurna con mantequilla y mermelada. Saca cuatro naranjas de la nevera, las parte por la mitad y las aprieta en el exprimidor eléctrico. Dos vasos de zumo de naranja completan el panorama.

Echa un vistazo al reloj de pared y se encamina a buscar a los mayores. En ese momento el pequeño berrea, intentando salir de la sillita. Más bien intentando tirarse de cabeza.

Por el rostro de la madre cruza un breve gesto de desesperación. Saca al peque de la sillita, coge al vuelo una galleta maría de la lata y el niño se calma de nuevo. En el pasillo, se topan con los mayores, a medio vestir y peleando entre ellos. Pero se sientan y se lanzan a por los zumos y las tostadas.

Ella cierra la puerta de la cocina y sienta de nuevo al pequeño.  Se vuelve hacia los mayores. El reloj de pared marca las ocho y diez de la mañana y ya tiene ojeras:

—Vamos a ver, que me tenéis harta. Quedan veinte minutos para el autobús, peinados y bien vestidos, que aún no lo estáis, y por supuesto con el desayuno acabado—La mayor interrumpe: —Hala, mami, exagerada. Veinte minutos son muchísimo… y la leche está…­­—La madre se enfurece: ­—¡Cuantas veces me habéis oído que la leche es lo primero, lo más importante! El que no se beba ahora mismo la leche, no...

Se abre la puerta con energía, y aparece papá, sonriente, con la americana al hombro, el pelo mojado y oliendo a loción. Expectación en la cocina.

­—¿¿Cómo están ustedeees??

—¡¡Bieeeeennn!!! 

—Ale, pues hacedme un sitio, que voy a desayunar con vosotros.

La mayor lo mira entre sorprendida e inquisitiva:

—¿Pasa algo, papá? ¿hoy es algo?

Mamá, apoyada en la encimera, se pasa una mano por la cara. El padre la mira de soslayo un breve instante.

—Pues nada, chicos, que hoy tengo tiempo y me apetece mucho que desayunemos  juntos. Ale, mami, tú también.

Ella, seria, apoya las manos en el respaldo de una silla:

 —Papi, es muy tarde, les queda menos de un cuarto de hora para llegar a la parada del autobús, y estábamos diciendo…

—¡Eso no es problema! Hoy los llevo yo al cole en el coche, que, salgamos cuando salgamos, siempre llegamos antes que el autobús, o a la par, ¿verdad, chicos?

Algarabía entre los chicos, que se apresuran a terminar los zumos y las tostadas. Papá, en su papel de alma de la fiesta, se vuelve al carrito del pequeño:

—Y ¿tú qué, figura? ¿engordando, no? Te has puesto perdido de galletas —y se pone a sacudir la tripa del niño. Éste, con esas manos grandes encima, se asusta y echa a llorar con desconsuelo.

Mamá trata de sonreír, se acerca al pequeño y lo coge. Inspirando una vez más, se vuelve a los comensales:

—Bueno, al peque ya le toca desayunar también. Espero que no lleguéis demasiado tarde al cole. Nena, ponte bien la blusa.

Sale de la cocina con el niño en brazos y cierra la puerta suavecito.

En la habitación nueva del pequeño, en la que no duerme todavía, mamá lo sienta en el parque con los juguetes. Mientras prepara el biberón de cereales, habla con su niño en voz bajita. Él la va siguiendo con la mirada:

—Te has extrañado, ¿verdad, mi vida? Es papá, cuando crezcas ya verás que es muy simpático. Lo que pasa es que hace mucho que no venía, sobre todo a desayunar, y tú eres tan chiquitín… no sabes que, desde que naciste, papa duerme en casa de mi amiga Olga. Bueno, examiga. Papá me dijo que me he quedado gorda y fofa y que le doy asco. Cuando crezcas un poquito podré ir al gimnasio, como ella…

De vez en cuando gira la cabeza hacia el niño, ya ensimismado en sus juguetes. Pero mamá continúa con su soliloquio:

—Yo aguanto porque os quiero mucho a todos. Y él, sobre todo a vosotros, estoy segura de que también. Es vuestro padre... Sabes, un día que me puse muy alterada, me dijo que, si me separaba de él, se os llevaría. Los dos, Olga y él, se llevarían a mis tres hijos de mi vida. Y eso no, eso nunca, eso nunca jamás. Lo peor es que sólo puedo hablar contigo, porque no me entiendes…

 Y, con los ojos llenos de lágrimas, estruja en sus brazos al pequeño para darle el biberón de cereales.

----------------------------------

 5/11/16. (Taller Narrativa Isabel Cañelles. El narrador cámara)



********************************************************

No hay comentarios:

Publicar un comentario