sábado, 12 de noviembre de 2016

LA MUERTE EN TU VIDA




Mi amiga me ha llamado. Que se encuentra mal, que se ha desmayado en el entierro de nosequién. Que casualmente su médico estaba allí también, y que si soy tan amable de ir a la farmacia a por lo que le ha recetado y llevárselo, que estará acostada todo el día. Ah, y que si le puedo llevar también alguno de mis zumitos tan buenos.

Cuelgo el teléfono, me recuesto en la butaca y, sin poderlo evitar, pienso un ratito en mi amiga. En ella y su monotema: la muerte. Imagínate.

Primero se murió su abuelo, cuando tenía cuatro años. Me extraña, la verdad, que siempre insista en que se acuerda de todo, por mucho que quisiera al abuelo. Pero bueno, es su historia.

En la primera década de su vida, murió su madre. Corramos un tupido velo. Yo no voy insistir en lo que ella misma llama “primer agujero negro”.

Comenzó a interesarse por la muerte. A leer y leer sobre ella. No libros religiosos, con la parafernalia católica había cortado radical desde que su madre los dejó solos -cuatro niños tras la mayor, que era ella-, porque “era la voluntad de dios”.

Siempre quería ir a los entierros de los parientes, sobre todo para verlos muertos en el tanatorio tras un cristal, o moribundos en su casa. Le fascinaba. Y los entierros. Ese silencio rodeado de ruidos extraños. Esos agujeros. Y lo de la reagrupación de restos en una sola caja…

Yo creo que todo le vendría bien para su primera experiencia de casi-muerte, cuando a los trece o catorce años casi se ahoga en aquél lago helado. Le encanta contar que en ese momento pasa ante tus ojos toda tu vida (corta vida, en su caso), lo del túnel blanco, la mano extendida al final, la paz. La gente la escucha fascinada.

Años más tarde, —mi amiga ya tenía la niña—, se murió su abuela la horrible. Cuenta que, mientras se despedían de ella, tan blanca y fría que ya parecía cadáver, abrió los ojos, la miró y murmuró su nombre con el diminutivo familiar: “Julita”. No lo hizo con nadie más. Mi amiga se desconcertó, creía que se odiaban.

Lo mismo, exactamente lo mismo, le pasó con la tía Magnolia, persona no muy grata en su familia. Comenzó a pensar que había personas que la querían aunque  no lo pareciese. (O tú no te dieses cuenta. Vaya sorpresa, verdad: gente que te quería). O que querían transmitirle un mensaje. Sólo a ella. Y su elaboración privada sobre la muerte se iba asentando.

Mi amiga aún tuvo dos experiencias más de casi-muerte. En un hospital, con el rechazo al líquido de contraste que le inoculaban para la urografía número diecisiete en un mes; en otro, con una hemorragia en un post-operatorio.  Pero siempre me asegura que no tuvo miedo en ninguna de las dos.

“La muerte forma parte de la vida”, y “yo ya no la temo, ya no me da miedo” son su leif-motiv.

Cuando su hermana se moría de cáncer, lo tuvo claro. Se acababa de jubilar, no tenía impedimento alguno; la hermana pidió el alta voluntaria y mi amiga se fue a vivir con ella, que quería morirse en casa. Dos meses largos estuvieron las dos esperando su muerte mientras se iba consumiendo. Una señora iba a hacer las cosas de casa. La hermana se había instalado en el sofá-cama del salón, frente a la tele, y le había dejado su dormitorio. Desde que llegó a su casa, la hermana ya no se levantó más. No podía ni incorporarse. Mi amiga instaló un cómodo sillón de Ikea a su lado. La lavaba, le daba de comer, bueno, esos asquerosos batidos que era lo único que podía tragar. Muchos ratos se adormilaba y entonces mi amiga aprovechaba para leer, para escribir. Pero no le cundía mucho, siempre con un ojo puesto en la hermana. La tele, que ella odia, estaba puesta las veinticuatro horas del día; era lo único que distraía a la enferma. “Si la apagabas, se asustaba”.

Algunos días, los de paliativos la dejaban más serena, algo más animada; y tuvieron magníficos momentos de recuerdos comunes, de charlas profundas que tanto les gustaban. Y sí, su hermana murió en sus brazos y la ayudó a morir tranquila. La expresión que tenía cuando llegamos todos daba fe de ello.

Ahora mi amiga dice que está empeñada en dedicarse a ayudar a morir a la gente. Que va a buscar por todas partes, que tiene que haber algún sitio, alguna asociación, algo, que se dedique a eso. Que siente claramente que es su misión en esta vida. Y mientras tanto, de cementerios y entierros.


Pero yo ya estoy harta, sabes, guapa. Me tienes hasta los pelos. Yo, en eso de la muerte, no opino lo mismo que tú, a pesar de la cantidad de cosas que tenemos en común. Para mí, ojalá que la muerte fuera un mal sueño. Nunca he podido decírtelo. ¿Sabrá alguien lo que es que el tema estrella de tu mejor amiga sea morirse, ayudar a morir, la dichosa muerte? No puedo más.

Bajo a la farmacia, compro tus medicina, subo a casa, pongo en la licuadora un montón de tus pastillas, y de las mías, las más fuertes de cuando la depre; añado agua, varios tomates maduros, un ajo, dos trocitos de apio que te gusta mucho, un casco de cebolla, unas gotas de aceite y vinagre, sal y un montón de especias. Licuo todo un buen rato, e incluso lo pruebo en la punta de un dedo. Bien. Algo fuerte, pero bien.

Abro la puerta de tu casa con la llave que me diste hace tantos años, y exclamo contenta:

—Corazón, ya estoy aquí. Te traigo las medicinas ¡y un zumo de tomate de esos que tanto te gustan!—y oigo tu voz, desde la puerta abierta de tu habitación: —¡Qué bien! Tengo mucha sed…

Voy a comprobar, de una vez y en persona, si es cierto que no le tienes miedo a la muerte, o me has estado martirizando con tus historias todos estos años de amistad.


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