sábado, 19 de marzo de 2016

YO SOLA NO FUMO



Aquél verano pasamos unos días en las Landas. La familia, es decir, mi padre, mi hermano Nicky y yo. Antes de que cada uno tomara un rumbo diferente y nos perdiéramos la pista de nuevo.

El último viernes de julio fuimos temprano al lago Sainte Eulalie. Para que ellos se dieran su paliza preferida: chapuzones, carreras, competiciones, saltos del gabarrón. Disfrutaban como críos. La otra parte del rito: fondue de queso en el Petit-Café-Bistrot, la casita normanda frente al lago, con una agradable terraza con mesas y bancos de madera oscura.

Pudimos sentarnos en la mejor mesa de la terraza. Sólo la del fondo estaba ocupada, por dos personas. No recuerdo si habían llegado antes o después que nosotros.

Se estaba muy bien allí. Mi plan era impregnarme primero del paisaje, de la luz, del olor. Sumergirme luego en la lectura. Esta vez, novela policiaca: Raymond Chandler, mi favorito. Incliné hacia atrás mi asiento y abrí el libro.

—Yo sola no fumo. Si estoy sola, nunca fumo.

La frase se coló de repente en Adios, muñeca. Mira, lo mismo que digo yo, pensé. Miré con curiosidad. La mujer rubia de la mesa del fondo. Había sido ella. La frase flotó entre las hortensias dos o tres segundos. Los macizos de hortensias que salpican de azul, violeta, ciclamen, rosa, los alrededores del gran lago. Casi como un mar con las orillas de arena en pleno bosque de Las Landas.

Ella era rubia. Ya lo he dicho. Sus ojos azules reflejaban el lago. Su rostro, curtido por el sol y por tristezas, alegrías, angustias, frustraciones. Vestida de blanco, constituía una presencia impactante. El hombre era diferente. Tipo a-mí-no-me-vengas-con-esas-qué-pasa. Recordé haberlo visto aparcando (un Mercedes, imposible no fijarse). Pero ella había surgido de repente, como de entre las hortensias.

El rió nervioso, una mano entre su abundante cabellera marrón.

—No te dejo sola: voy a por la prensa y vuelvo. Siempre tienes que decir esas tonterías. La gente normal fuma cuando le apetece, sola o acompañada.

—Yo no soy normal, André. Afortunadamente. Creí que ya te habías dado cuenta.

Se palpaba la tensión nerviosa del llamado André. Incluso una pequeña nube oscureció la soleada terraza. La brisa se hizo un poco más fría. Yo temblé un instante. Ella volvió a hablar, conciliadora, ajustándose el anorak blanco. “Impropio del verano”, había subrayado mi hermano perfecto, antes de bajar al lago

—No pasa nada, querido. Ve. ¿Qué más da que yo fume o no? Traes más cigarrillos y ya está. Tranquilo. Vuelve pronto.

El hombre recogió sus llaves de entre las tazas de desayuno. Miró un instante a la rubia. Pareció que iba a decirle algo, pero debió pensarlo mejor. Se colgó de los hombros un jersey granate y caminó hacia la explanada del aparcamiento. Al llegar a su Mercedes plateado encendió un cigarro. Se puso al volante dejando las ventanillas abiertas. Luego se esfumó por la carretera hacia Gastes, el pueblo más cercano. Sin hacer casi ruido.

Ella, sola en la mesa, sacó una goma de pelo de un bolsillo y se anudó una coleta despejando los mechones rubios de su cara. Pidió otro café-au-lait. Monsieur Contis la observaba apoyado en la puerta del Petit-Cafe. Ella hurgó en la gran bandolera de cuero colgada de la silla, a su derecha. Sacó un bolígrafo dorado y una libreta negra. Apoyó los pies en una de las sillas vacías y se puso a escribir. A veces alzaba la cabeza y prendía su mirada en el horizonte del lago. O sus ojos desaparecían en la profundidad verde del bosque.

Intenté concentrarme en Chandler de nuevo. Pero cuarenta páginas después volví a mirarla de reojo. Aún sola. Escribiendo. Ya me mantuve pendiente de ella, haciendo como que leía. A mediodía se quitó el anorak blanco al llegar el sol a sus hombros. Llevaba una camiseta de tirantes también blanca. Giró la silla para que el sol le diese de pleno. En otro momento, miró el paquete de tabaco sobre la mesa. Le quedaban dos cigarros. Los contó dos veces y volvió a concentrarse en sus escritos.

Pero ahora, de vez en cuando, miraba también el reloj masculino de su muñeca. “Lo lleva en la izquierda, como yo. Sí que tarda el del periódico”, pensé. “¿y si no vuelve? ¿y si la deja sola?. Ojalá ella tenga coche. Desde aquí, ir andando por el bosque…”

Por fin volvieron los hombres de mi vida de su largo baño. Saltos, risas, gotas, puñetazos simulados. Exigieron la comida YA . Preparativos. Bebidas. Fondue de queso. Postre. Llegué a olvidarme de mi rubia amiga.

Hasta el relax del café, en que me volví a colgar de ella. Seguía sola. Miré el reloj: más de seis horas desde que el tal André fue a por el periódico. La observé ahora sin disimulo. Igual: escribir, releer, alzar la mirada... Lo único distinto, un plato en su mesa, con restos de un sándwich y una coca-cola mediada.

Me sorprendí preocupada por la soledad de la mujer rubia. Más preocupada que ella misma, que parecía tranquila y ensimismada. “La ha dejado, no va a volver”. Me fui poniendo nerviosa. Fumé demasiado ante el silencioso desacuerdo de mi padre. Sin motivo ninguno, me peleé con mi hermano, era tan fácil. Nicky respondió airado, sin entender mi enfado repentino. Nuestro padre intentó poner paz, de la única manera que sabía: “Nos vamos. Ayudadme a recoger. Las bolsas. Los bañadores”. “No podemos irnos” pensé, “¿cómo se va a quedar sola del todo?”. Intenté explicárselo a mi familia. Desistí ante sus caras atónitas.

Y nos fuimos en la furgoneta cargada hasta los topes. Mi padre y Nicky discutiendo como siempre, sobre el cronómetro de papá, las brazadas, los estilos. Yo con la cabeza fuera por la ventanilla de atrás, pendiente de la mujer rubia. Ella levantó una vez más los ojos. Cruzó conmigo una mirada tranquila. Como de reconocimiento. Me estaba diciendo “No te preocupes. No estoy sola”. Quise creer que me lo estaba diciendo.

A media tarde, por fin, Nicky se fue de marcha con sus amigos de Gastes. Le pedí la furgoneta a mi padre con mil mimos, y enfilé la carretera hacia el lago Sainte Eulalie. Jugándome la cabeza. Tenía que llegar enseguida. Tenía que ver qué había pasado. Si la mujer rubia ya no estaba... Pero si aún estaba… No podría dormirme por la noche sin saberlo.

La arenosa orilla era ya grisácea. El agua jugaba con reflejos plateados. Dentro del Petit-Café-Bistrot sonaba jazz. La sesión del viernes. Estaba lleno de gente, con farolillos, muy animado. Anochecía inexorablemente, la terraza estaba desierta. Aparqué enfrente y corrí hacia la mesa del fondo. Nada. Todo limpio. Vacío. Ya un poco húmedo.

Descorazonada, con la linterna de la furgoneta en la mano, miré alrededor, por el suelo, junto al macizo de hortensias azules. Entonces los descubrí. El paquete arrugado con dos cigarrillos. La libreta negra. Me agaché a recogerlos. Al incorporarme, lo hubiera jurado: la hortensia más grande me sonreía. Con sus mismos ojos azules.

Me senté en la hierba, frente a ella. Encendí uno de los cigarrillos. Abrí la libreta. Todas las páginas estaban en blanco. Saqué un bolígrafo de mi bolsillo, pero no pude escribir nada.









No hay comentarios:

Publicar un comentario