sábado, 19 de marzo de 2016

VIDAS ARCHIVADAS


Llego al trabajo cinco minutos antes de la hora. No hay nadie aún. Tendré que abrir yo. Mejor, cojo las llaves del sótano y las guardo en mi bolso antes de que lleguen Benito y Rebeca. Estoy contenta porque hoy veré al historiador. Seré tonta, mira que ilusionarme con ese hombre. En mí se va a fijar él, sí, seguro. Y todo porque se parece a León.

Pero León se fijó en mí ¿no? Qué felices fuimos. Cómo me quería. Me parecía imposible que alguien me quisiera tanto. Hasta guapa le parecía. Y me lo llegué a creer. Tantos años con mis padres diciendo “Tú no eres guapa, pero sirves para estudiar”. Con León se me abrió el mundo.

Aparece Benito y abre la sala de investigadores. Por lo visto Rebeca vendrá más tarde porque ha ido al médico con la niña. Sí, creo que me lo dijo ayer, pero con esta cabeza.

Me escapé con León sin dudarlo un momento. Con lo que cabía en una maleta pequeña. Qué tiempos. Llegamos a Barcelona y trabajamos como energúmenos, hostelería, limpieza, paseando perros, en fábricas de tres turnos…

Benito en la puerta de mi despacho. Que no han devuelto dos libros que estaban reservados para otros. Se impone la realidad. Entra Rebeca, sofocada pues ha pillado un atasco. La niña bien, era una revisión de rutina. Que si me parece continúa con el escaneo de documentos. Me parece bien. Me encierro en el aseo a arreglarme un poco para cuando llegue él. Luego me colocaré en la sala, en el puesto de Rebeca. Así me verá a mí la primera. Mientras me pinto vuela otra vez mi cabeza. Imaginando la vida que pudo ser. La vida que tuve entre las yemas de los dedos y se volatilizó en un instante.

León y yo vivíamos en una pensión que nos parecía de lujo. Los domingos paseábamos por el puerto aunque lloviese, con un chubasquero sobre los dos. Él me decía: “El mundo es nuestro, niña, ya verás”. Eso me estaba diciendo cuando derrapó aquél autobús detrás nuestro .

Casi las doce ya. A lo mejor hoy viene por la tarde. Las otras veces ha venido por la mañana. Bueno, me inventaré algo para volver luego. Salvo el trabajo no tengo gran cosa que hacer. Leer, hacer punto, ver la tele, pasear hasta la ermita. Todas las tardes son iguales. Me he pintado muy bien. Poquito, un poco de color, un toque de rímel, no quiero parecer exagerada. El historiador también es de mis años. Y tan amable, con esa mirada franca. Como León.

Ahora León y yo ya tendríamos… Dos niños. Chico y chica. Y una farmacia en el centro. Una casita con jardín. Con un roble en medio y una mesa redonda. Con un mirador, suelos de madera y libros por todas partes.

Paso la mañana atendiendo a usuarios en el puesto de Rebeca. Casi todos quieren fotocopias o microfilms de documentos. Hay que dejarlos encargados, rellenar una ficha y volver. Total, aburrida. Solo dos veces me tengo que levantar de la silla.

Después del accidente del autobús, no quise volver al pueblo con mis padres. Ellos tampoco insistieron. Viví con la tía hasta que murió hace dos años. Se portó muy bien conmigo. Me dejó la casa (mi madre no me lo perdona). Y pude aprobar la oposición para el archivo.

El archivo. Estoy en el archivo. ¿Las llaves del sótano? Sí, las he cogido al entrar. Ahora llevo siempre encima las del armario de los documentos antiguos. Como él investiga la guerra carlista, ayer bajamos los dos al sótano y le enseñé nuestras “joyas”. Estuvimos solos un buen rato. Nadie se dio cuenta porque utilizamos la escalera de caracol de mi despacho.

El sábado pasado me pareció verlo entrar en un bar de la Plaza Mayor. El próximo bajaré a tomar el vermú con alguna amiga. Yo, que no salgo nunca, que tengo fama de seria y aburrida. Pero él se parece tanto a León…

Hora de cerrar. Benito y Rebeca tienen prisa por salir, como siempre. Explico que me han hecho una consulta urgente para la tarde. Que tengo que bajar al sótano. Que ya cerraré yo, que se vayan tranquilos. Apago las luces de la sala, cierro la puerta de entrada, y desciendo por el caracol de mi despacho sin ponerme nerviosa. Ya no hace falta.

Voy encendiendo las luces del sótano a mi paso. Llego al compacto nuevo, con luz eléctrica interior y temperatura controlada. Me detengo un momento, respiro hondo y paso la mano por el plomo suave de la puerta, antes de girar la rueda hidráulica que la abre lentamente. Dentro, con sus queridos documentos, me espera él. Me espera León. Por fin. Para siempre.



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