sábado, 19 de marzo de 2016

UNA SEMANA SIN IR AL COLEGIO






A las ocho y dos minutos por fin Maite ha conseguido que bajen los tres al autobús, discutiendo, como siempre. “Uf, ya puedo arreglarme tranquila”.

A las diez y media, el teléfono. El colegio, qué raro: a ver qué tal está Javi.

—¿Javi?—no entiende nada

—Claro, tiene que estar enfermo, una semana sin venir al colegio.

—Cómo SIN IR al colegio. Pero si todos los días… si hoy mismo…

Dice cualquier cosa y cuelga. Se desliza hasta el suelo y se queda ahí sentada.

“Javi no va al colegio hace una semana”.


Acuden a su mente las vueltas del cole por la tarde, los tres pidiendo la merienda y tirando las carteras en la mesa del salón, ya despejada para hacer los deberes. El que no los hace bien, se queda sin televisión antes de cenar.

“La verdad es que las tardes se parecen bastante a una batalla campal…Y Javi es tremendo. Se olvida la tarea, o la trae sucia y rota, o molesta a sus hermanos, o se pasa el rato haciendo viajes a la nevera”

De repente, cae en la cuenta de que hace varios días que Javi llega de lo más formal. Sonriente, abre la mochila, saca libros y cuadernos, y ante su asombro, se pone “a trabajar” sin tener que decírselo cuarenta veces. Parece otro.

“O sea, que Javi hace como que va al colegio, pero no va. Y luego, a la hora de volver a casa, aparece como si nada, con unos deberes inventados. Pero entonces, ¿dónde está todo el día? Si tiene 10 años… Esto sí es un problema. Ahora sí tengo un verdadero problema”.

Llama al trabajo a decir que está enferma. Casi es verdad. Da vueltas por la casa como una fiera enjaulada.

Tengo que pensar, tengo que pensar. Hay que hacer algo. Cuando llegue Javi esta tarde, tengo que tener una estrategia. No puede ser un castigo normal. ¡Un chaval solo por la ciudad desde las ocho hasta las cinco de la tarde!…¡tantos días!…¡y engañando a su madre!. ¿Con quién irá? ¿Con quien estará?. Pero, ¿qué ha pensado? Me quiero morir, pero no me puedo morir. Lo malo es que estoy sola para solucionar esto.

En un impulso casi inconsciente, coge de nuevo el teléfono y marca el número de su ex, en Málaga.

También es su padre, ¿no? Es una situación de emergencia. No me la puedo tragar yo sola.

Javier no está, se pone su mujer. Por un instante Maite piensa en colgar, pero no cuelga y le cuenta todo a ella. Le explica bien claro lo desesperada y desorientada que se siente. Y que llama a recabar ayuda del padre. Por supuesto Doña Perfecta tiene la solución:

—Mándanoslo. Que termine aquí el curso. La niña es pequeña, da poca guerra, y podremos controlarlo bien. Lo matriculamos en un colegio aquí cerca, y estaremos encima de él. Pero tiene que venir hoy mismo, en el tren de la noche, no hay que darle tiempo a reaccionar ni a que te convenza de nada. —Suavizando la voz— Cuando llegue Javier, hablaré con él y te llamará. En esto tiene que ayudar.

A mediodía Maite mantiene una conversación corta y tensa con el padre, que asume lacónicamente todo lo dicho por su mujer y ni una palabra de más. Deshecha, pero casi convencida de que es la única solución posible, se dedica a preparar el viaje de su hijo. Ropas, maleta, billete. A ratos llora amargamente.

Mi niño. Se va mi niño. ¿Cómo puedo hacer esto, mandarlo fuera, alejarme de él? Por más que haya hecho.. Y si no, ¿qué hago? ¿cómo manejo la situación? Además, sus hermanos también tienen que aprender de esto.

Es uno de los peores días de su vida, pero se mantiene firme. Cuando llega Javi “del cole”, “con los deberes de mates”. Lo sienta en el sofá frente a ella y le dice todo lo que sabe. Javi no niega nada, como siempre hace. Muy colorado, cuenta “que se suele quedar con unos chicos mayores en la piscina, que le invitan a comer, juegan a las cartas… Que en el colegio no le entienden, se aburre, la tienen tomada con él”. Maite le explica las consecuencias de todo ello, de su gran e irresponsable mentira. Cuando le dice que esta noche se va en el tren a Málaga con su padre, y que de momento no hay billete de vuelta, se pone como loco, a llorar y a suplicar. “No, mamá, no, por favor, no lo hagas. Te prometo, mamá, te juro, mamá”. Sus hermanos, inmóviles ante los deberes, no levantan los ojos del cuaderno. Pero ella, aún no sabe cómo, se mantiene firme.


A las once de la noche sale el tren para Málaga. Hace frío, por fuera y por dentro. Acude al policía del tren, le encomienda a su hijo, le dice que lo espera su padre en Málaga, le da una autorización escrita. El hombre es muy amable, la mira como con pena, porque la voz casi no le sale. Javi, a esas horas, ha dejado de llorar. Está mudo, ausente, con la mirada perdida. Ella se tranquiliza un poco al ver que responde a su abrazo con la misma fuerza. Pero al subir al tren, Javi ya no vuelve la cabeza.



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