sábado, 19 de marzo de 2016

SALA DE ESPERA



Sala De Espera Dibujo Para Colorear - Sala De Espera Dibujos ...

Al pulsar el timbre de la consulta, me doy cuenta de que no he traído un libro. ¿Habrá revistas en la sala de espera? Necesito distraerme. Mantener la cabeza en blanco. No estoy nerviosa, tengo buenas referencias de este sitio. Pero sola y sin poder ni leer…

Entro a la sala, elegante y fría. Hay tres personas. En los sillones de cuero frente al balcón una pareja habla en voz baja con las cabezas juntas. A la derecha, en un sofá blanco, una chica pelirroja de aire abstraído hurga en un bolso grande. Descubro el gran revistero  cerca de mí.

Respiro hondo. Sin mirar a nadie me acomodo en la butaca blanca. Cojo una revista e intento leer. La pelirroja saca del bolso una colcha patchwork y se pone a coser. El repentino colorido golpea mis ojos como un elemento extraño en esta sala impersonal. Esa colcha evoca espacios cálidos, estanterías repletas de libros, discos antiguos, risas de niños.  No. Risas de niños no.

Vuelvo a la lectura. Minutos después percibo que la pareja me observa y levanto los ojos. Cielos, el que está con la mujer de mechas plateadas es él. Quedo petrificada, tratando de no hacer ningún gesto. La revista suspendida en mis manos heladas. Pero no puedo dejar de mirarlo. Él tampoco puede dejar de mirarme. La energía de la habitación se condensa entre nuestros ojos. Como una conexión eléctrica.

—Perdona, dónde has aprendido a tejer eso tan bonito —Mechas-plateadas rompe el instante preguntando a la pelirroja de la colcha. Verde, azul, rojo, morado, amarillo, vuelta a empezar. La chica saca de su bolso sin fin un cuadernillo de labores y se lo alarga en silencio.

—Gracias guapa, me apunto la referencia. —Se vuelve hacia él— Paco, dame un bolígrafo

¿Paco? Si es Fran.

De nuevo me escondo tras el Muy Interesante. Él, que parece dominar la situación, entrega a su pareja un bolígrafo:

—Es una labor preciosa. Señorita, no querrá usted también apuntar la referencia.—Se dirige a mí. ¡A mí!

Nogrcia—intento responder tras mi revista.

Por fortuna aparece una almidonada enfermera. Que los llame a ellos. Que desaparezcan ya.

—Sara, quiere Vd. pasar. Qué colcha tan bonita —la enfermera, obsequiosa, enciende las luces del techo. Atardece. Arrebujando el tejido multicolor en su bolsa, la callada Sara desaparece tras el uniforme blanco.

Quedamos los tres en la sala, más iluminada pero de pronto descolorida. Mechas-plateadas me mira. Es evidente que desea hablarme. El ambiente se carga de nuevo, con una nota más ácida.

Me voy. No aguanto. Que me cambien la cita a otro día.

Una oleada de pánico me estira de las entrañas. Cómo voy a marcharme ahora. Con lo difícil que es conseguir cita. Y el poco tiempo que me queda. Además hoy tengo el dinero. Respiro. Aguanta, me digo. La de la colcha se irá pronto. Parecía embarazada, pero bien.

Intento no moverme, volatilizarme, desaparecer. Me aprieto los ojos con las palmas de las manos. La revista abierta en el regazo.

Mechas-plateadas de nuevo:

—Paco, ve a ver si ya está arreglado el coche. Es aquí al lado.

No. No vayas. No me dejes sola con ella. Por favor.

El roza levemente la nariz de su mujer con un dedo

—Estoy aquí contigo y no voy a ningún sitio.

—No entiendo. Nunca quieres acompañarme al médico. Y hoy aquí como una lapa. Ni falta que me haces.

Enfadada, me mira de arriba abajo: mis deportivas plateadas, mi camiseta vintage, los vaqueros, mi coleta marrón, mi bandolera de saco. Frunce la boca y se mira a sí misma: tacones aguja y bolso Gucci a juego, traje Chanel, seda en la blusa. Su gesto satisfecho se convierte en interrogante al volverse hacia él: “soy veinte veces mejor” gritan sus ojos grises.

El parece tenso.

—May, que no estamos solos, no molestemos.

—Molestar. Por un simple comentario.

Y, valiéndose de la situación, me dice:

—Disculpe si la he molestado.

El Muy Interesante se me cae al suelo. Ella se apresura a recogerlo y yo me estrujo las manos para disimular el temblor.

Por fin él descubre mi mal rato. Su expresión cambia. Se apaga la tensión, surge el cariño, la preocupación, la sorpresa.

—Cari… señorita, ¿se encuentra bien?

Ella lanza una risa estridente con mi revista en la mano.

—Hombre, según donde estamos, igual muy bien, no. Aunque mal aspecto no tiene la chica.

Consigo inspirar hasta el fondo y ponerme de pie.

—Disculpen, voy a...

El se alza como una flecha y roza mi antebrazo. No lo vuelvas a hacer. No te atrevas. Aquí no. Delante de ella no.

—Quiere que llame a la enfermera — solícito.

—No seas plasta, se maneja muy bien sola. Son cosas de mujeres.

Alcanzo la puerta y salgo como una tromba al vestíbulo. La recepcionista me mira intrigada.

—Algún problema

—Yo… ¿puedo volver otro día?

No. No lo digas. Nada de eso. Otro día no puede ser.

—Pero... —asombrada hojea su agenda— Si su cita de hoy es… Ahora no se puede cambiar. El doctor…

Dudo, me angustio, pero tomo una decisión:

—Bueno, pero por favor se lo pido, déjeme la última. Que pase primero la pareja. Por favor.

La enfermera me mira dudosa, pero accede.

—Si usted lo prefiere así… ¿Le traigo una infusión?

Asintiendo con la cabeza, entro de nuevo a la sala de espera. Al abrir la puerta despacio, oigo a Mechas-plateadas con su aguda voz:

—Ojalá el embarazo no me desfigure mucho, Paco. Dame la mano, anda.

Ambos se quedan estupefactos al verme entrar. Mechas-plateadas me mira con aire triunfante:

—¿Ya se encuentra mejor, querida?

—Me encuentro bien, señora, gracias.

Cuando la enfermera los llama, al levantarse, Fran me lanza unos ojos desolados. Yo, muy firme, vuelvo ostensiblemente la cabeza.


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Corregido y aumentado en junio 2020, para el Taller  de Relato Breve de Eloy Tizón.

(Dibujo de Google Images)

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