sábado, 19 de marzo de 2016

TURNO DE TARDE


--Hasta mañana --Mariano asoma la cabeza por mi puerta entornada, abrochándose el cuello de la cazadora. Es el último.

--stamaana --musito desde mi mesa, con la sonrisa más cordial posible.

Respiro hondo. Por fin han desaparecido los del primer turno y puedo quedarme a mis anchas. Para maquinar mis cosas, para comer el bocadillo, para escribir relatos, para fumar. La tarde es una especie de oasis, porque estoy sola.

Esta tarde de martes y 13, qué risa, tiene una ventaja añadida. La red se ha colgado. No funciona el correo electrónico, ni los programas compartidos. Casi no se puede trabajar. Ignoro la duración de la avería,  por las tardes los de mantenimiento se relajan bastante. Así que de momento soy dueña y señora del ordenador. Inauguro la libertad abriendo los juegos. Probaré el mahjong que me bajé la semana pasada y parecía más difícil que los demás. Ya soy toda una especialista en mahjong. Enciendo un cigarrillo, confiando en que los de la sala de lectura no se quejen, como ayer, de que huele a humo. La gente cada vez está más insoportable con el tabaco, y los más jóvenes son los peores. Que cosas. Eso en mis tiempos era impensable.

Termino el juego con éxito y abro el Word para comenzar un relato. Esta semana hay que escribir sobre un sueño, o algo parecido. Pero últimamente mis sueños son poco relatables. Aburridos. Como a trozos, sin conflicto, sin desenlace. ¿Qué diría de eso un freudiano? Y si dejo los sueños, ¿de qué podría escribir? Vaya lata. Cuando tengo tranquilidad y tiempo, nunca se me ocurre nada. Busco un viejo Solitario. Antes los solitarios siempre me despejaban la cabeza. As, dos, tres. Sota. ¿Es cosa mía o la sota de bastos se ha movido? Sí, ha girado la cabeza hacia la sota de copas. Y ahora, ¿no se mueve también el rey de bastos? Como queriendo alcanzar el garrote ¿O es la espada? Me detengo un momento, respiro y miro por la ventana hacia lo lejos. Lo aconsejan para el agotamiento visual del ordenador.

Vuelvo la vista a las cartas. Juraría que todas están cambiadas de sitio. No había salido más que un as, ¡y ahora los cuatro están ahí arriba, como riéndose! De repente el caballo de espadas alza las patas delanteras y empieza a galopar hasta salir de la pantalla y pararse en el teclado, junto a F12. La sota de oros, brillando de forma desacostumbrada, me mira con cara de guasa. Los caballos restantes intentan alinearse para bajar hacia el teclado por el mismo sitio que su compañero. Arriba, a la derecha, los reyes constituyen un grupo amenazador. Ante ellos, los doses, siempre tan disciplinados, han formado una severa pared de naipes horizontales.

Con el corazón desbocado trato de apagar el ordenador. No responde. Del enchufe, ¡desenchúfalo! Pero no me puedo levantar. Los treses, cuatros y cincos se han descolgado en silencio y me encadenan a la silla. Esto no es real, estoy dormida, me he desmayado. Ahora me despertaré y todo será como antes. Intento mover el ratón. Pero el ratón tiene vida propia. Mi mano izquierda, dirigida por él, va recolectando seises y sietes y organiza con ellos una especie de línea de ametralladoras en el centro de la pantalla.

Antes de que pueda darme cuenta, los reyes tras su empalizada hacen una seña a los caballos. Estos desde el teclado dan la voz de ¡Fuego!, y una rauda descarga de copas, bastos, espadas y oros me atraviesa limpiamente el corazón, mientras en pantalla aparece una leyenda entre fuegos artificiales:

Ha perdido ¿Desea jugar de nuevo a La Venganza del Solitario Abandonado?



*****************************************

No hay comentarios:

Publicar un comentario