sábado, 19 de marzo de 2016

TRAS EL CRISTAL




Terminan de amarrarlo a la silla y desaparecen. El condenado queda solo frente al cristal y mira a su alrededor, parpadeando. Serán las drogas que meten en el último desayuno, pero veo todo borroso, joder. Se abre la puerta metálica y se acerca hasta él un hombre serio, vestido de negro, con algo en la mano.

—¿Y tú qué quieres? Aparta ese crucifijo, joder… Ahora los veo mejor. Hay gente tras el cristal, ¿verdad? Vienen a verme morir, tío, imagínate.

El condenado, un chico de unos veintiún años, de aspecto feroz pero mirada limpia si se le sabe ver, aprieta los párpados y tensa las manos todo lo que le permiten sus ataduras. Por un momento parece que va a estallar, pero se relaja. Abre los ojos y los fija en el cristal.

—Hubiera jurado que mis padres no vendrían, pero ahí están, tío. Nunca los había visto abrazados. Casi me da asco. Si a mí me mataran un hijo en la silla eléctrica, para luego iba a presenciarlo en primera fila. Pero ahí están. Bueno, total, ya, ¿qué importa? Que les den. Veamos quién más ha venido.

La madre es la viva imagen de la culpa. Si este hijo no hubiera visto tantas veces a su padre pegándome. Si me hubiera separado al principio. Pero ¿dónde podía ir yo? Y ahora, ¿qué voy a hacer ahora?

El padre no quiere llorar. Nadie lo tiene que ver llorar. Aprieta los dientes, aprieta el brazo de su mujer para que deje de temblar. ¡Qué imbécil de chico! Si no sabía la fuerza que tenía, tanto deporte y tanta leche, ¿para qué se mete? Qué imbécil. Si ella era un alfeñique, dios.

—Ese es el cabrón del hermano, míralo, con su chaqueta amarilla. ¿Cómo se lo iba a perder? Con lo que ha luchado para verme aquí. Y se ha salido con la suya.

El hombre de la chaqueta amarilla no puede disimular su satisfacción. Se ha hecho justicia. Qué creía ese desgraciado, ¿que iba a ganar? ¡Ja! Mi gente ha funcionado bien, como siempre. Y un hijoputa menos. Esa pobre de mi hermana, descanse en paz.

—Claro, es que maté a su hermana, tío; igual yo hubiera actuado como él. Nadie ha creído que no la quise matar ¿sabes? Se me fue de las manos. No imaginé que estuviera muerta.

Cierra de nuevo los ojos. Mierda, ahora lágrimas y no me las puedo secar. Se le escapa un sollozo y aprieta los dientes. El hombre de negro que sigue de pie a su lado, como sin saber qué hacer, saca un pañuelo del bolsillo y con delicadeza enjuga la cara mojada del chico, que gira su rostro hacia él:

—Gracias, tío. No quiero que la vista se me emborrone otra vez. Quiero poder verlos a todos. Antes de que sea tarde.

Muy nervioso, descubre a alguien más y medio sonríe:

—Mira, ahí, en la segunda fila, ahí están. Mis dos polis. El bueno y el malo, como en las películas. Al final casi nos hacemos amigos. Alguna vez he llegado a pensar que a esos tipos les dio pena que me condenaran a muerte. Qué cosas, con lo que odio a la pasma. Mi sesera debe estar muy alterada.

Los dos inspectores, alto y bajo, rubio y moreno, parecen cabizbajos, incómodos. Han vivido mil situaciones en las que auténticos asesinos, fríos y sanguinarios, se iban de rositas. Y este chico…

—El de la derecha es mi abogado, el chaval. Para ser de oficio, se ha portado. Que si los atenuantes, las protestas, las apelaciones. Pero el hermano cabrón tiene influencias y no ha habido nada que hacer. En fin, casi le deseo al chaval que en el futuro encuentre casos más aparentes. Por mí, que no quede, oye.

El abogado, agarrado a su abultada cartera, no despega la vista del suelo. No puede mirar al condenado. Esta muerte se podía haber evitado. Ojalá pudiera ejercer por mi cuenta. Pero aún estoy pagando los estudios. Recuerda algo, abre la cartera y saca un papel: Sí, la vista del robo con violencia es mañana. Tendré que trabajar hasta tarde. A ver si esto va rápido. Y se enfrasca en sus documentos.

—Esa chica del fondo, en el centro, parece ella. La ves, esa de negro, sí, es Jane. Joder, qué tía. La de veces que le he dicho que no la quería ver aquí de ninguna manera. Pero, con ella, es como si en esta puñetera vida pudiera existir algo bueno. Y
que alguna vez te puede tocar. No, tú cállate, tío. Es así, como te digo.

Jane escruta los ojos del condenado.
Tranquilo, por favor, tranquilo. Ojalá tus últimos momentos tengan paz. Quiero transmitirte energía, quiero intentar ayudarte a morir. Digan lo que digan, has sido una buena persona.

Se abre de nuevo la puerta y entra más gente. El hombre de negro se retira guardando el crucifijo con gesto de impotencia. El condenado lo sigue con la mirada

—Hala, sí, vete ya. Y que sepas que lo de las confesiones esas no me ha molado nunca.

Dos hombres de blanco y con mascarilla, uno de ellos con una jeringuilla en la mano, se colocan a ambos lados del chico.

—Bueno, pues ya está. Me guste o no, me voy a ir mientras todos estos miran. En el fondo me da igual. Mejor irme ya, terminar de una vez. Porque en la cárcel para siempre, sin poder tomar una cerveza con los amigos, sin poder ir a pescar, ni dormir en verano al raso, bajo las estrellas... Aunque me hubieran concedido los vis-a-vis con Jane. Así yo no quería.

Adiós, tíos. Que os vaya bonito.  Hasta… no sé, Jane.



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