sábado, 19 de marzo de 2016

TODA LA VIDA PLANCHANDO




Juana, de pie en la esquina, espera a la niña rubia con el corazón a brinco limpio. Si no tiene a nadie, me la llevo a casa conmigo.

La nave que ocupa “La planchadora castellana” es fea y desangelada. En su interior, casi deslumbra la luz de neón. Dificulta la respiración el vapor húmedo de las máquinas de planchar. O planchas de mano, o cualquier artilugio que alise la ropa, la estire, la doble milimétrica y la reduzca a impecables paquetes.

Las planchadoras son asimismo bultos blancos con sus gorros, batas y manguitos. En silencio, enjuagan con el manguito del antebrazo el sudor de sus rostros congestionados. Solo intercambian breves miradas, sin dejar de trabajar. Unas niñas empujan los aparadores rodantes con la ropa planchada hacia la salida de atrás. Tampoco ellas hablan, pero a veces se cogen de la mano, se empujan un poco, ríen, se estiran del pelo. De inmediato la supervisora expulsa a las traviesas. En el siguiente turno habrá candidatas nuevas a la puerta de la nave.

Juana, desde su tabla de planchar, no las pierde de vista. En especial a la rubia de las trenzas, tan espabilada. Las niñas le dan una pena infinita. Si hubiera sabido... Aunque si hubiera sabido tantas cosas… Si hubiera sabido siquiera algo más que planchar, cocinar o fregar.


Detesta planchar desde los ocho años. Cuando su madre decretó que de la ropa ya se podía encargar ella. Así que la subió en un taburete para que llegara bien a la tabla. El dolor de espalda lo tengo desde entonces. Y el tiempo para ella sola disminuyó de forma alarmante.

A los pocos años ya no pudo ni ir a la escuela. Su madre empeoró del reúma y Juana se tuvo que hacer cargo de todo, ya no solo de la plancha. Más tarde despidieron a su padre con otros cuarenta obreros y sin un duro. El hombre, callado y sereno, siguió callado pero perdió la serenidad. Una mañana salió muy temprano y no volvió a comer ni a cenar. De madrugada lo encontraron ahogado en un recodo del río.

Mientras tanto los hermanos seguían viviendo su vida. Pero en casa de sus padres, con cama limpia y mesa puesta. La única que desde los siete años sólo vivía la vida de los demás era ella.

Juana levanta los ojos de la plancha y los clava en la niña rubia. Tendrá unos diez, como yo cuando me tuve que quedar en casa. Ella no está en casa, pero en la escuela tampoco. Menuda vida le espera. Empaqueta las inmaculadas sábanas sin dejar de mirar a la niña. A ver si le toca mi aparador. Y en efecto la rubia, rauda y veloz, se coloca al lado de Juana, que murmura:

—A la salida espérame en la esquina. —La niña la mira con curiosidad y le guiña un ojo divertida.

Lista y simpática. Ojalá tengamos suerte. Siente un destello de ilusión, pero no lo identifica. No sabe muy bien qué le pasa, pero se percibe más ligera, más soleada.

Tan diferente de aquella negra sensación de los dieciocho años. La madre era ya una mole balbuceante. Esa mañana la había llevado a la residencia. Se encaró con sus hermanos después de ponerles la comida en la mesa.

—Haced lo que queráis, yo me voy.

Ninguno era muy vivo, pero no les dio tiempo a reaccionar. No se buscaron, nunca más supieron unos de otros.

Juana hizo de todo, también la calle. Cuando aquel cliente un poco más cálido le dio el papel con la dirección del polígono industrial, algo le hizo guardarlo. Se le saltaron las lágrimas al leer “La planchadora castellana”: Planchar otra vez. Pero quedarme en este agujero...

Se presentó en la nave hecha un mar de dudas. Empezaba a salir el turno de mañana. Había niñas. ¡Niñas, no puede ser! Y entró decidida. Le dieron trabajo de inmediato.

Ahora, en la esquina, espera a Trenzas Rubias con el corazón alegre. La apuntaré en la escuela. Le pondré un catre junto a mi cama. ¡Qué felices vamos a ser!

Entre el barullo de la salida, un hombre borroso coge de la mano a la niña rubia. Sin volver la cabeza se alejan los dos caminando hacia el barrio viejo. 

El corazón de Juana se calla de nuevo. Pero ya no quiere desfallecer más. Mañana vendrán más crías. Me fijaré en otra. Y con paso ligero, a pesar del dolor de espalda, se encamina hacia la parada del autobús.


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