sábado, 19 de marzo de 2016

STAR WARS





Al día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible (1).

No habían podido subir a la nave el mini-árbol de navidad ni los regalos. A Nico no le importó nada quedarse sin árbol. “En el espacio siempre hay de todo y las estrellas son de verdad y mucho más grandes”. El pack antialérgico del niño sí que lo llevaban encima, por supuesto.

Nico no cabía en sí. ¡Mira que haber ganado su papá el primer premio del concurso Navidad en las estrellas! Mamá decía que sería un cuento, pero resultó ser verdad y ahora se iban los tres al espacio… “Vaya requetesuerte, hacer mi primer viaje en cohete a los siete años”... En un bolsillo llevaba apuntados todos los nombres de los caballeros alienígenas para poder saludarlos. Y su madre podía estar tranquila, porque en el otro bolsillo iban los amuletos secretos, la espada plegable de Star Wars, y el reloj mágico de Ben 10, por si las moscas… “Es que mamá a veces tiene un poco de miedo, no le gusta ni asomarse por la ventana del sexto piso…” Los mayores además no tenían mucha idea de cómo prepararse para ir al espacio.

El cohete por dentro resultaba reducido. En los asientos había cinturones de seguridad también para brazos y piernas. Apenas te podías mover. La madre se preocupó: “Cómo vamos a conseguir que Nico esté quieto tanto tiempo…”. Y los monos casi de astronauta que tuvieron que ponerse… “Esto debe de costar un Potosí” pensaba el padre observando cómo le ajustaban a Nico los cinturones. Impresionaba la pequeña figura del niño atada al gran asiento lleno de cables. “Menos mal que es cómodo, porque si no, tantas horas hasta llegar a la primera estación”…

El viaje iba a durar veinticuatro horas. Harían dos altos para repostar en estaciones espaciales y poder mirar un poco el exterior por la ventanilla del cohete. Les habían dicho que durante el vuelo, debido a la velocidad, no se veía nada.

Los tres eran los únicos pasajeros, además de cinco personas de la tripulación. Cuatro hombres y una mujer, amables y silenciosos. A tres de ellos, encerrados en la cabina, todavía no los habían visto. Sólo estaban con ellos un hombre alto y la mujer.

Nico observaba atentamente al tripulante más alto:

—Papá, pregúntale como se llama.

—Se llama Lucas.


Nico se puso nerviosísimo:

—¡Lo sabía! ¡lo sabía! ¡Es Luke! ¡Papá, es una nave de Star Wars! ¡Oye, Luke, que yo también me he traído la espada!

Lucas sonrió abiertamente al sofocado niño que se agitaba atado a su asiento:

—Estupendo, Nico. Menos mal que tú sabías donde venías. Te voy a pedir que ahora te mantengas muy quieto, que vamos a despegar

—¡A sus órdenes! Y luego te enseñaré la espada y los amuletos…

El padre empleó casi toda su capacidad de seducción, que era mucha, para mantener a Nico quieto durante las primeras horas del viaje. La madre estaba bastante ocupada consigo misma, luchando contra vértigos y mareos. “No sé si ha sido una buena idea, menos mal que Nico se lo está pasando bien…”. Lucas mientras tanto programaba películas de Papá Noel y de dibujos en una pantalla enorme.

Pero el niño se volvió a excitar al inclinarse sonriente hacia él la tripulante bajita y morena con una gran bolsa de chuches.

—¡Leia! ¡Pues claro! ¡El es Luke y tú eres Leia, la princesa! ¡Madre mía!

Leia Organa, a tu servicio… ¿Quieres probar unos dulces de mi planeta Alderaan?...

Antes de que su madre pudiese alargar la mano “Dios, qué será eso,
¡¡las alergias!!”, Nico se llenó la boca de chuches multicolores. Mientras sus padres luchaban con sus cinturones dando gritos, la cara del niño se empezó a inflamar y a colorearse de un rojo intenso. Intentó hablar y casi no le salía la voz:

Luke… llama al Jedi… o coge mis amuletos porfa…

Los dos tripulantes actuaron rápidamente, soltaron al niño y lo metieron con ellos a la cabina. Sin hacer caso de los desesperados y atados padres. Por las invisibles rendijas se adivinaba una luz plateada.

Después de unos minutos que les parecieron años, se abrió la puerta de la cabina y Nico, tranquilo y sonriente, se abalanzó a los brazos de su madre

—Mami, se me había olvidado decirte que en el espacio lo curan todo, también las alergias, y si es la nave de Star Wars, mucho mejor.




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[1] Ray Bradbury: “El regalo”, en Remedio para melancólicos. Ed. Minotauro, 2003.

Imagen de Mouse - La Tercera, en Google Imágenes.


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