sábado, 19 de marzo de 2016

SOMOS DISTINTOS, QUERIDA






Lo primero que apreciabas de Juan era su gran sonrisa. Al minuto de hablar con él te parecía un hombre guapísimo. Contaba las mejores anécdotas, tenía siempre la palabra apropiada. Era una de las personas más populares que conocí en aquél tiempo.

Fumaba rubio emboquillado. Una vez me di cuenta de que al terminar un paquete, Juan lo alisaba con cuidado y, vacío, se lo metía a su eterna bandolera. Imaginé que no le gustaba dejar restos. Que limpio, pensé. Otro día, en un bar, Juan recogió dos o tres diarios gratuitos que quedaban por allí, y los guardó también: “Me vienen estupendo cuando no tengo nada para leer”. Me chocó, porque lo que más nos había unido eran los libros y yo creía que debía de tener muchos.

Nos vimos bastante. Era muy cariñoso conmigo, teníamos las mismas aficiones. Solíamos encontrarnos en sitios con música en vivo. En un cumpleaños, recuerdo a Juan doblando cuidadosamente los envoltorios de los regalos, y las bolsas de plástico, una dentro de otra. Todo fue a parar a su bandolera. Comencé a pensar en que quizá tenía la obsesión de guardar cosas. O algo así. Pero eso no casaba con su carácter abierto, creía yo.

Por fin lo invité a cenar a casa. Trajo vino y postre. Al entrar, miró a su alrededor, y exclamó “Ya decía yo, eres minimalista”. Me hizo gracia porque yo persigo el minimalismo, pero me falta mucho camino por recorrer. Siguió diciéndolo mientras le enseñaba la casa. Luego quiso averiguar cuántas piezas tenía yo de cada cosa: mantas, vajilla, sábanas. Se maravilló cuando le dije que dos de cada, “quita y pon”, suficiente para mí. “Somos muy distintos. Es increíble que nos llevemos tan bien” musitó.


Comprendí cuando me invitó a su casa. Decoración abigarrada: marcos de fotos por todas partes, figuritas de porcelana, más muebles de los necesarios... Aunque en principio nada que no hubiera visto en otras casas de amigos. Enmudecí al entrar a su habitación. Una cama grande y un catre plegable, “depende de como lleve la noche, rió. Miles de cajetillas de tabaco vacías y otros envases de cartón. Un gran armario empotrado, entreabierto, hasta los topes. Sobre otro pequeño, que no se podía cerrar, maletas y paquetes hasta el techo. Ropa apilada en sillas y bolsas repletas por todos los rincones. ¿Cómo podrá moverse en esta habitación? Mi estupefacción aumentó en el cuarto de baño: la bañera atestada de periódicos, macetas. De la ducha colgaban tres cortinas diferentes, una aún con el precio. En las estanterías se amontonaban frascos de todos los cosméticos masculinos imaginables, unos vacíos, otros sin estrenar. Sobre el armarito de espejo, hasta el techo, decenas de paquetes de papel higiénico, papel de cocina... Me fijé en que el lavabo estaba libre, vacío. Menos mal, pensé de forma absurda, con un agobio que no me dejaba articular palabra.

Juan se volvió a mí, sonriente: ¿Ves como somos distintos?



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