sábado, 19 de marzo de 2016

SÓLO NECESITO UN FRASE


 En pleno debate sobre la inspiración, expuse (sí, con cierta suficiencia): Yo nunca sé lo que voy a escribir, ni de qué va a tratar. Sólo necesito una frase. Cuando digo esto, unos me creen, otros me miran con escepticismo o incluso indiferencia.

Pero al volver a casa, caminando porque hacía buena noche, presencié un incidente tan inusual, tan impactante, que me precipité al tranvía para llegar rápido a casa y transformarlo en un relato.

Al abrir la puerta, el teléfono se desgañita en el salón. ¿No hay nadie? grito en el vestíbulo. Silencio. Corro hacia el dichoso aparato y resbalo con la dichosa alfombra. Aterrizo en plancha bajo la mesa, con una silla encima. Mi bolso ha salido disparado, y el móvil se ha estrellado contra la pared. Pero el teléfono fijo sigue sonando. Trato de incorporarme, pero el pie izquierdo no me responde, torcido en un ángulo inverosímil. Y doliendo de una forma familiar. No, por favor, más fracturas, no. Me desembarazo como puedo de la silla y salgo a rastras de debajo de la mesa.

Consigo quedarme sentada en el suelo, más cerca del maldito teléfono. Pero aunque repte hasta él, no voy a alcanzar a descolgarlo. Olvídalo, el pelmazo insistirá. Pero, ¿donde estarán todos?... Bueno, es hora de cenar, alguno llegará.

Ahora se trata de esperar con paciencia. Mi pie se va haciendo enorme. Nunca me había roto el izquierdo, debe ser que le tocaba. Aparecen las oleadas de mareo, de desfallecimiento: de nuevo hospitales, yesos, inmovilizaciones. Me apoyo contra la pared, cierro los párpados y respiro hondo varias veces. Seguro que no será para tanto, Y que, en todo caso, tendré más tiempo para leer. Para escribir.

Escribir. Abro los ojos. Desde el rincón de la ventana, el ordenador encendido me observa expectante. Mierda, el relato que quería escribir sobre lo del Paseo. Me impulso con las manos, los codos, la rodilla derecha y llego hasta mi mesa de trabajo. Bañada en sudor, casi exhausta, me agarro al sofá adosado a la pared, grande y pesado. Consigo incorporarme sobre una sola pierna, y haciendo equilibrios insospechados, me desplomo por fin en el sillón, ante la pantalla vacía. Coloco mi enorme pie sobre el travesaño de la mesa con un cojín del sofá, y me dispongo a escribir.

Hoy, sobre las nueve de la noche, en Independencia...

Van a dar las doce. No tengo ni puñetera idea de qué diablos quería escribir.

Y tampoco ha venido nadie.



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Para Miguel Ángel Ortiz Albero. profesor del Taller de EdE.  Una vez más, gracias, M.A.


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