sábado, 19 de marzo de 2016

ORDENANDO ARMARIOS






Pasamos la mañana ordenando armarios. Que si tú quieres esto, que si esto otro para mi amiga Pilar. Eso, a la basura... Yo encaramada en la escalera, tú desde abajo miras y opinas. Alargas la mano de vez en cuando: esto me lo quedo. Mis armarios son como misteriosas arcas sin fondo, en las que siempre hay objetos insospechados. Es un símil perfecto de la vida. La vida, que en cuanto piensas “bueno, parece que va bien”, surge un fantasma, un monstruo, una desgracia. A veces una alegría.
Se me ocurre que puedo desaparecer dentro del armario. Seguro que es la puerta a otra realidad. Esa realidad que busco.

Me mareo un poco. Te pregunto si lo dejamos hasta después de comer. Tú recoges lo que has decidido quedarte y desapareces en tu habitación. Miro los montones del suelo. Con el de “para lavar y guardar” voy al cuarto de la lavadora. Meto todo en ella, sin clasificar ni nada, y la pongo en marcha.

Mientras vago por el pasillo, suena el teléfono. Tú sales de tu habitación y descuelgas al vuelo. Oigo tus habituales monosílabos, esa risa tan falsa en ti. Me alcanzas en la puerta de mi cuarto: Hoy tampoco como en casa, ya seguiremos esta tarde con los armarios.

Asiento con la cabeza, no puedo hacer otra cosa. Somos libres, tenemos nuestras vidas. Y nuestros armarios llenos de cosas, conocidas y desconocidas. Entro en el salón a poner la tele: quiero ruido, gente, música, lo que sea. Está oscuro porque ha aparecido ya la niebla invernal, pero es pronto aún para encender luces. Si acaso después de comer. ¿Comer? Recuerdo que ayer dejé brócoli al vapor en la nevera y me tranquilizo. Me tumbo en el sofá, me tapo con mi manta, y con el mando en la mano me quedo dormida.

Despierto de un largo y tranquilo vacío casi a las ocho. Me rodea la noche, frente a mí la luz intermitente del televisor. Pero hoy no me asusta la oscuridad. Miro mi cuerpo, mis manos, mi ropa, y los reconozco. Me levanto, enciendo las luces y todo aparece de nuevo. Es agradable este salón. Se está bien aquí. Si esta es mi casa, algo ha debido salir bien, porque me gusta. Casi poseída por una sensación agradable, salgo del salón para ir descubriendo esta casa que me gusta tanto.

Al entrar en mi habitación, me miran el armario abierto, los cajones a medias, los montones olvidados en el suelo. Ah, sí, estábamos ordenando armarios. Íbamos a seguir esta tarde. Observo el montón “para dar o regalar” y el montón “directo a la basura” y los junto en uno. Busco una bolsa grande, la lleno con todo y la saco abierta al descansillo. Que lo vea el chico que recoge la basura. Igual le viene bien algo. Si no, que lo tire todo. Liberada, corro a mi habitación y termino de ordenar el armario, que queda casi vacío. Con lo indispensable. Con lo que llevo en mi corazón. Lo miro, entusiasmada: por fin, un armario casi vacío.

El resto de la tarde lo paso cocinando. A ti te hará ilusión, he preparado lo que te gusta. Pero llega la hora de cenar y sigo sola. Ni siquiera suena el teléfono. Estoy a punto de llamarte, pero me freno. Es tu vida, no la mía. Vuelvo a la tele, procuro seguir alguna de mis series. Pero ninguna me capta.

A las once picoteo la cena que languidece en la cocina y abro los juegos del ordenador. Recuerdo que tengo el último libro de Paul Auster sin estrenar y decido llevármelo a la cama. Apago la televisión, las luces del salón, devuelvo al frigorífico la bandeja casi intacta. Compruebo con alegría que la gran bolsa de basura ya no está en la entrada. Me acuesto, dispuesta a sumergirme en Auster, aunque me pase toda la noche leyendo.

De madrugada, con las manos heladas y el libro abierto sobre mi pecho, me despierta un ruido inusual. Como si alguien abriera mi armario. Sí, es el crujido inconfundible de la madera vieja. Percibo una presencia en la habitación. Intentando no asustarme, pulso el interruptor de la lamparita. No se enciende. Debí quedarme dormida sin apagarla, se habrá fundido. Me levanto de la cama para encender la luz del techo, pero en la oscuridad tropiezo con las puertas del armario, de par en par.

Y caigo dentro del armario. Está oscuro y silencioso. Palpo el suave tacto de la ropa. Suspendida en un quieto agujero negro, mi mano derecha roza algo aún más suave. ¿Cálido? ¿Frío? Tu mano, sí, es tu mano. Tú estás aquí. Me acurruco a tu lado, rodeando tu cuerpo con mis brazos. Por fin descansamos.



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