sábado, 19 de marzo de 2016

OJOS AZULES, PECA MARRÓN






No quiero ver a Palmira, porque me lo notará, por más que haga tanto tiempo que no nos vemos. Seguro que se dará cuenta de que por fin me he acostado con alguien.

Mi prima Palmira y yo crecimos juntas en el pueblo. Compartimos una vida y montones de secretos. A veces pensábamos lo mismo y hablábamos a la vez. Pero Palmira siempre ha sido más decidida que yo. Hace dos años se fue a Madrid, y yo me quedé algo desnortada.

¿Cómo pudo saber ella tan pronto lo que quería? A mí me cuesta decidirme. En cuanto llegó a Madrid encontró novio, y hace mil años que no viene por el pueblo. Con lo bien que se estaba en el pueblo. Al irse mi prima, me junté con dos o tres amigas del instituto, y lo pasamos bien. En nochevieja, (año-nuevo-vida-nueva), decidimos empezar a hacer escapadas de fin de semana. Como la de Toledo. Todas alborotadas, nos fuimos a ligar. ¿Dónde mejor? No conocíamos Toledo, ni nadie nos conocía allí. Y ya valía de soledades.

La noche del sábado, bailando como locas en un disco-bar, fichamos a un chico alto, con unos ojazos azules… Lo mejor fue que desde el principio se quedó conmigo. Pero, ¿qué me pudo pasar para meterlo en el hotel? No recuerdo su nombre, casi no hablamos, solo la peca marrón junto a los ojos azules. Pero no me arrepiento de nada. Para ser la primera vez, ha sido estupendo. Es cariñoso y con sentido del humor: eso ha ayudado mucho. Lo que lamento es no haber hablado más con él, no habernos cambiado los teléfonos. Me hubiera gustado volver a verlo.

Y ahora, estoy llegando a la petición de mano de Palmira. Gran fiesta familiar. Conocer por fin a su novio, verla después de tanto tiempo… ¡Y que Palmira me mire a los ojos y adivine! No, no quiero que adivine, no quiero que nadie sepa nada. Ni siquiera Palmira. Quiero guardar la aventura de Toledo dentro de mí misma, en la caja de cristal. Intuyo mucho que asimilar, mucho que aprender de la experiencia. Antes de entregarla a la banalidad de las cosas contadas.

El salón de mi prima está precioso con tantas flores. Me pongo a saludar y repartir besos, intentando retrasar el encuentro con Palmira, que está al fondo hablando con un grupo desconocido. Serán los padres del novio, ya tengo ganas de conocerlo.

Una vez más en nuestras vidas, Palmira parece haberme oído:

—¡Berta! —grita— ¡guapísima! ¡Ven a conocer a David! Le he hablado tanto de ti…

Se me acerca tirando de la mano de un chico alto que parece no tener tanta prisa:

—Dame un abrazo, prima, ¡ya era hora!... ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal?


Detrás de Palmira, por encima de su rizada melena, asoma una gran peca marrón junto a unos ojos azules estupefactos.



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(Foto de mi hijo Pablo. Mozambique).


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