sábado, 19 de marzo de 2016

LUGARES




LUGAR PROPIO


Te levantas a media noche para ir al baño. No necesitas encender la luz, conoces tus espacios de memoria. Además siempre dejas la puerta del baño entreabierta. Caminas dos pasos y te golpeas contra la pared, el hueco no está en su sitio habitual. El interruptor de la luz tampoco está, es un muro frío y desconocido. Un segundo antes de precipitarte por la sima del pánico, piensas vuelvo a la cama, me tapo hasta la cabeza, mañana será otro día. Pero tu cama también ha desaparecido. Estás de pie a oscuras en un espacio ajeno. Una atmósfera ajena. Un olor ajeno. Con la brizna de raciocinio que aún te queda intentas recordar dónde estaba el mirador. Ahí enfrente, abro las cortinas y la claridad nocturna mostrará todo en su sitio. Cierras los ojos, de momento prefieres tu propia oscuridad. Unos temblorosos pasos después, con las manos extendidas, palpas algo similar a una ventana. Sin cortinas. Respiras hondo y te obligas a abrir los ojos. La luz del día, soleado día, te deslumbra. Desconcertada, giras para ver tu habitación. Para reconocerla y poder recuperarte a ti misma. No es tu habitación. Es un cuadrado blanco, desnudo. Sin nada que puedas identificar. Con las manos aún pegadas a la pared, te deslizas hacia el suelo y te quedas acurrucada.



LUGAR AJENO


Te despiertas a media noche pues necesitas ir al baño. El tacto distinto de las sábanas te hace recordar que no estás en tu habitación. Que no conoces los espacios. La luz, mejor encender la luz. A tientas buscas el interruptor que dejaron anoche junto a la almohada. No lo encuentras. Regresa el pánico: No puedo caminar a oscuras en un lugar desconocido. Me caeré otra vez, desapareceré.
Aún así necesitas levantarte. Con las manos apoyadas en el borde de la cama, deslizas las piernas hasta tocar el suelo con tus pies descalzos. Qué raro, no está frío.
Te incorporas poco a poco. Compruebas que las piernas te sostienen. Pero cierras los ojos, prefieres tu propia oscuridad. Extiendes los brazos para poder prevenir obstáculos. Te concentras en arrastrar un pie tras otro y de pronto tus manos tropiezan con una puerta de madera. Como la de mi baño. No puede ser. Pegas a ella todo tu cuerpo para sentir su calidez. Temblando recorres el marco con los dedos y rozas el manillar curvado de siempre. Y a su lado, el interruptor de la luz. No encenderé, es mentira. No estoy en casa. Es una trampa. Como si tuviera vida propia, tu mano izquierda pulsa el interruptor mientras tú aprietas los ojos aún más fuerte.



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(no puedo ponerle una foto a esto, aunque la vea clara en mi cabeza).


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