sábado, 19 de marzo de 2016

LA ESCLAVA DE ORO







LA DEPENDIENTA

Igual se ha creído que me engañaba. Sí, la mosquita muerta esa. Son las peores. La he calado cuando ha preguntado por pulseras de oro de caballero. Si, con esa pinta tan discretita, tan dulce. Soy dependienta de joyería y tengo mucho mundo. ¡A su marido le va a comprar una pulsera! Vamos, hombre. Esos no las llevan. Me lo estoy imaginando, tipo alto ejecutivo con un toque informal... Si acaso plata y cuero, y eso cediendo mucho. Esos en la muñeca llevan Rolex y poco más.

La pulseraza de millón que se ha llevado la señora sin rechistar y a tocateja, es para el otro. Para su amante, vamos. Aunque al mirarla no te lo puedas ni imaginar, esa tiene un lío, vaya si lo tiene. Y lo mima, vaya si lo mima.

Desde luego, la suerte que tienen algunas. Y algunos.


ELLA

Pat sale de la joyería con dos paquetes en el bolso. Ha pasado un apuro horroroso comprando la pulsera. No daba crédito cuando Tom dijo que le encantaba, en el escaparate... Pensó que era una relación imposible. Que lo tenía que dejar y punto. Incluso lo intentó. Pero no pudo.

Se va a poner tan contento... Pat se muere de ganas de ver su cara cuando abra el estuche. Y su reacción. Seguro. Los besos, los abrazos, todo.

Está viva, se siente viva e imbatible desde la primera vez que estuvo con él. Tom es tan apasionado, tan pendiente de ella. Tan distinto a Fred.

Aunque nunca dejará a Fred. Es su vida, su familia, su seguridad. Y el regalo que ha elegido para él seguro que le va a encantar.

Pero está siempre tan ocupado... Por eso ella tiene un montón de tiempo libre. Por eso pudo conocer a Tom y esa parte oculta de la vida. Recuerda como, antes de casarse, suspiraba por el amor eterno. Por la pareja perfecta. Creyó que la había conseguido.

Con ademán decidido, aparta los pensamientos y el mechón rubio que cae sobre sus ojos. ¿Quién dice que lo que tiene ahora no sea la pareja perfecta? Nos hacemos mayores, los tiempos cambian. No pasa nada.

Alza una enguantada mano, para un taxi y se dirige al hotel donde ha quedado con Tom.


ÉL

En la habitación 716 del hotel Avenida, Tom pasea arriba y abajo fumando sin parar. Mira el cenicero repleto y piensa en Pat. La niña está en todo, ha reservado habitación de fumador. Es de agradecer, porque ella no fuma. Cuando se propuso conquistarla, se gastó un dineral en elixires y rollos para el aliento. Pero todo salió bien. Hacía tiempo que un asunto no le resultaba tan fácil. Ella baila en la palma de su mano.

Por eso está seguro de que habrá captado lo de la pulsera. Apuesta lo que sea a que la trae como regalo de navidad. Y tiene que ganar. Esta historia se le hace ya un pelín pesada.

La niña está buena, por supuesto. Pero tan dócil, tan educada, tan chica bien. A él le van más las tías con morbo. Y las hay a montones. Ya tiene echado el ojo a alguna por la parte alta, lejos de esta zona. Se remueve algo incómodo al imaginar desconsolada a la niña, cuando la deje.

Lo mejor será cambiar de aires. Irse lejos. Estaría bien montar su centro de operaciones en la costa. Biarritz, Niza, incluso Marbella. Se le iluminan los ojos. Sí, habrá que largarse.

Aplasta el enésimo cigarro y se sienta al borde de la cama. Mira hacia la puerta. Qué raro, ella se retrasa. Estará comprando la pulsera. Nada, cuando llegue, despliegue de encanto, sexo y cariño, como a ella le gusta. Y luego, con el oro en el bolsillo, levantar el vuelo.

Se despierta con la primera luz del día. Solo. Qué raro, Pat se ha ido sin decirle nada. A tientas enciende un cigarro. Anoche todo salió perfecto. La niña se volvió loca de amor cuando él no quiso abrir su regalo, jurándole que no era lo importante. Solo ella, primero ella, siempre ella. En estos asuntos se considera un artista. Busca el vaso y da un largo trago. Enciende la luz de la mesilla y se prepara para la emoción de abrir por fin el paquete. Porque está claro que es la pulsera. El billete para su viaje.

De rodillas en la cama, alarga la mano hacia el escritorio donde anoche depositó con delicadeza el lujoso paquete. Rasga el papel y lo tira al suelo. Se sienta de golpe.

En su mano izquierda, un primer plano de la sonrisa de Pat enmarcada en marfil, sobre la dedicatoria Para siempre.


ELLA

Pat, en carne y hueso, también sonríe arrebujada en una manta, en el balcón de su dormitorio. Los tejados del casco antiguo empiezan a tomar color. Está admirada de sí misma, de lo que ha aprendido, de lo que ha conseguido hacer en una noche.

Se dio cuenta enseguida, cuando Tom, empeñado en no abrir el paquete de la dichosa pulsera, desplegó su magnífica actuación. Intuyó que todo era un plan . Que la iba a dejar.

Lo curioso es que casi no le dolió. Otros vendrán. Y ¿por qué no Fred? Con lo que sé ahora, intentaré reconquistarlo. Por lo menos, desconcertarlo ¿Qué puedo perder?

Al alba pudo deslizarse de la habitación sin que Tom se diera cuenta. El botones del ascensor la pilló poniéndose los zapatos en el pasillo. Le sonrió y caminó airosa. No pasa nada.

Ahora lo importante es cómo reaccionará Fred ante la horrible esclava de oro. Y lo que le va a contar ella. Pero no hay problema, seguro que algo se le ocurrirá.




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Imagen de Decofilia. Diseño de joyerías, en Google Imágenes-

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