sábado, 19 de marzo de 2016

LA CARTA QUE GRITA





Al final de la quinta página garabateó una firma temblorosa. Ya estaba hecho. Fin. Buscó un sobre. Solo encontró uno pequeño y tuvo que doblar la carta en cuatro pliegues. Quedó abultado y feo. Se arrugó aún más al escribir la dirección. Vaya mierda. Pero responde perfectamente a su contenido.

Guardó la carta en el bolso y, con el abrigo en la mano, miró por el cristal del balcón del comedor. Llovía. Vaya. Cambió el abrigo por la parka de capucha para no llevar paraguas. No tener que llevar nada.

Eso, nada. Vació el bolso encima de la mesa, y repartió por los bolsillos la carta, el llavero, el tabaco y el abultado monedero con el dinero que había reunido. Manos libres. Sólo ella.

Recordó su miedo al suelo mojado y se puso aquellas botas viejas. Se cerró la cremallera de la parka hasta la barbilla. Ahora ya voy preparada para cualquier cosa.

En el ascensor bajaba el vecino del ático.

—Vaya tiempecito, ¿eh? ¿y qué tal tu marido? hace mucho que no lo veo.

Malditas ganas de hablar que tiene siempre éste.

— Bbbien .

Salió rápidamente accediendo a la postiza cortesía del vecino. Al pisar la calle se encajó la capucha hasta casi las cejas. Caminaba segura y rápida a pesar de la lluvia, estas botas las voy a llevar ya siempre. Al doblar la esquina del paseo, el fantástico olor a café del bar de Pepe la detuvo. Primero un café. No, primero la carta. No, mejor echar la carta después de desayunar, con más fuerzas. A través de la puerta, la bandeja de churros disipó sus dudas.

—Buenos días, Pepe. Con leche y churros, por favor.

—Hola chiquilla, lo de siempre ¿no?

“Lo de siempre” le resonó amargo. Pero el café era excelente, los churros recién hechos y no había en el bar nadie conocido. Se bajó la capucha y agitó la melena. Deslizó hasta abajo la cremallera, alcanzó un taburete y se dispuso a disfrutar de su desayuno favorito.

Ignorando que al parecer la carta latía dentro de su bolsillo interior izquierdo.

Pepe, relajado, se acodó en la barra ante ella.

—Bueno, y ¿qué es del muchacho ? Se hace caro de ver por aquí...

Ella hizo como que masticaba y tragaba, moviendo una mano en ademán “todo bien”.

Pepe, aprovechando la escasa clientela, encendió un cigarrillo.

—Creo que la última vez que lo vi fue antes de navidades, con esa chica, tu prima... Era tu prima ¿no? Creo que entendí eso.

Mi prima. Claro. Qué iba a decir.

La carta casi gritaba. Y ella intentó no descomponerse.

—Si, bueno. Pepe, cóbrame que tengo prisa. Igual luego venimos al vermú ¿vale?

Se sintió algo incómoda al decir eso. A lo mejor Pepe al mediodía les guardaba las anchoas, como tantas veces.

Qué boba eres. ¿En ti quien ha pensado?

Y se sintió algo triste, pues ignoraba si volvería alguna vez a ese bar cotidiano.


Después de que echara la carta al buzón.


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