sábado, 19 de marzo de 2016

INTERCAMBIO





Cuando Pepe tenía unos trece años, en un intercambio le tocó Burdeos.
Volvió encantado. Había estado en una casa de campo a las afueras, con una familia según él maravillosa. Nunca había consentido queso en los bocadillos, y volvió cargado de quesos franceses y hecho un auténtico gourmet. De repente le gustaba el campo, y había aprendido a remar. Todavía le dura el entusiasmo por Francia y su timidez mejoró a partir de entonces.

Unos meses más tarde esperábamos al niño en cuya casa había estado
Pepe. Limpié a fondo y martiricé a todos con advertencias de orden, buen comportamiento, educación... Creo que estaban aburridos de “el francés” antes de que el pobre llegase.

Resultó ser una francesa, y comprendí mejor el entusiasmo de Pepe. Catorce años, pelirroja, ojos azules. Pero aparentaba diecisiete, tanto por fuera como por dentro. Mi organización doméstica se vino abajo y hubo que improvisar. Chantal, que así se llamaba nuestra huésped, no podía dormir en el cuarto de los chicos. A mi hija Alba, que sí tenía diecisiete, no le hizo ninguna gracia alojar a la francesa en su habitación, donde “los pequeños” no entraban. Después de una tensa cena, que Chantal casi no probó hasta que llegó el queso, a las once de la noche conseguí que en las habitaciones se apagase la luz en un silencio sepulcral.

Al día siguiente llamé a la organización del intercambio para intentar una solución. No la había. El niño que esperábamos no había podido venir, y habían mandado a su hermana: También conoce a Pepe, no hay problema. Colgué el teléfono y respiré hondo. Por de pronto, el pequeño drama originado aquella mañana por los turnos en el baño no se podía repetir. Un mes es muy largo. Decidí que Chantal usaría mi baño y desalojé un trozo de estantería.

Algo más animada, entré a la cocina. Alrededor de la mesa, chicas y chicos desayunaban en silencio absoluto. Paco, el pequeño, enfadadísimo porque Chantal lo ignoraba olímpicamente. Y eso que él alardeaba de hablar el mejor francés de toda la familia. Ni siquiera había querido ver su colección de Asterix.
Por su parte, Alba no olvidaría en mucho tiempo que “la francesita” había usado su brillo de labios. Pepe, que en el fondo estaba entusiasmado, revoloteaba alrededor de Chantal intentando caer en gracia por todos los medios, por supuesto sin conseguirlo. Comenté la nueva organización de los baños, y Chantal puso muy buena cara, pero Alba la puso malísima: ¿cómo no se me había ocurrido que la que tenía que entrar en mi baño era ella, la mayor?

Tuvimos de todo. Incluso enfermedades: a Chantal “le sentó mal la comida española”. Con lo que Alba decidió que el queso de postre ya no lo soportaba, recordando que una vez tuvo un cólico de vesícula. Paco se portó de la peor manera que recordábamos, que ya es decir. Y todos se negaron a hablar francés, argumentando con bastante lógica que si Chantal estaba aquí, era para hablar español. Como ella no se inmutaba, me convertí en la intérprete bilingüe de los cuatro. Ese mes mi rendimiento laboral bajó varios puntos y mi consumo de analgésicos subió alguno que otro.

Pero cuando ya daba la batalla por perdida, todo cambió. El día de su vuelta a Francia, Chantal subió al bus hecha un mar de lágrimas. Jurándonos amor eterno, suplicando volver el año próximo. Agarraba la mano de Pepe y le prometía escribirle, rogándole que volviera a Burdeos. Pepe no podía hacer más que asentir con la cabeza, mordiéndose los labios. Y Alba le había regalado una de sus camisetas favoritas. Y Paco, imbuido de autoridad, nos contaba a todos en francés no se qué batallitas de sus propios intercambios.
En fin.

Chantal volvió dos veces. Fue más fácil, nuestra casa ya era más grande, y la diferencia de edad entre todos se había suavizado, como siempre pasa. Pierre, el hermano de Chantal, formó enseguida trío con mis dos chicos. Alba los dejó completamente a su aire. La amistad entre todos se fue cimentando.

Cuando Pepe llegó a la universidad, quiso hacer el Erasmus en Burdeos, con “su otra familia”. No pudo ser, pero consiguió Paris IV y durante su estancia iba más a visitar a Chantal de lo que venía a España. Nunca lo ha admitido, pero tuvo con ella una historia amorosa. Yo sabía que no duraría, pues Chantal seguía pareciendo (y siendo) mayor que Pepe. Dejé transcurrir en silencio los acontecimientos, como siempre.

Alba se casó pronto. Paco seguía siendo viajero por vocación y recorría el mundo, ensanchando mi horizonte cada vez que volvía con historias nuevas. Un día Pepe comentó que Chantal estaba en La Comédie Française. No me extrañó. Pero ahí quedó la cosa, porque enseguida me dijo que me quería presentar a su novia. Y apareció Maya en nuestras vidas.

Maya era de Filología Alemana y había hecho el Erasmus en Berlín. Pero Pepe y ella se entendieron a la perfección en su lengua materna, y construyeron una relación casi perfecta. El todo discreción, ella toda alegría, mirando en la misma dirección.

Y cuando Paco, después de varias novias europeas, trajo a casa a Beatriz y en un solo vistazo capté que eran iguales en esencia, desaparecieron las amigas francesas. Por lo menos de las conversaciones.


Hasta hoy, que a las nueve de la mañana me ha despertado el móvil. Era Maya, toda precipitada: “Lucía ¿puedo ir a desayunar a tu casa? Es que ha pasado algo.”. La tranquilizo: “Ven, que tengo el te verde que nos gusta”. Me hago el lavado del gato, me visto un chandal, preparo la tetera. Nos sentamos en la cocina. “¡Esto no me había pasado nunca con Pepe, no se que hacer!”. Sirvo el té, le acerco los biscottes y le sonrío. Casi tartamudea: “Verás, ayer Pepe quería salir por la noche. Y yo con el trabajo y el master estoy agotada, y quería acostarme”. Da un largo trago a su taza. “Le dije que saliera él, que no pasa nada. Lo hemos hecho otras veces, tanto él como yo...” Se calla. En voz baja, pregunto “¿Y qué problema hay?”. Se exalta. “Pues claro, ¡ninguno! Pero me juró que volvía enseguida... Y cuando ha sonado mi despertador, lo he oído entrar... ¡A las siete! ¡Con una cara rarísima! Casi me he asustado”. Se aprieta los ojos con las manos. Le paso un brazo por los hombros. Respira y sigue: “Va y me dice que se encontró con una amiga de la infancia". ¿Y quien era?, le pregunto. Se callaba, y claro, me cabreo: ¡qué quien era!, toda la santa noche... Y me dice: "Una actriz de teatro francesa...”. Agarra la taza y casi se derrama el té en el vestido. “Le he dejado con la palabra en la boca y me he venido. Una mentira tan idiota, él, que nunca miente... ”

Enjuago sus lágrimas con mis dedos, le retiro el pelo de la cara y me dispongo a contarle: “Cuando Pepe tenía unos trece años...”.


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Imagen de 123RF, encontrada en Google Imágenes.



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