sábado, 19 de marzo de 2016

EXTRAÑA CIUDAD





Paseando por las calles grisáceas llama nuestra atención el ventanal iluminado de una casa con jardín. Tras las cortinas abiertas se intuyen colores, movimiento. Nos acercamos furtivos. Es un mediodía nublado y tormentoso.

A través del cristal se adivina una comida familiar. En torno a la mesa hay una familia, y no una reunión de amigos: las distintas edades de los comensales, sus sonrisas tensas, los ojos clavados en el plato de alguno de ellos.

En la cabecera de la mesa, una anciana de pelo blanco recogido en un moño, da instrucciones a otra más joven, de pie a su derecha, quizás su hija. Se asemejan sus frentes despejadas, sus rictus a los lados de la boca, que pueden ser de amargura o de tanto haber reído, según brillen sus ojos. La joven va y viene alrededor de la mesa, enderezando un cubierto, alisando una esquina del mantel.

Dos o tres niños, de edades diversas, corretean alrededor de las sillas, se empujan, ríen, caen. Aunque el griterío infantil debe ser considerable, desde la calle oímos apagadas sus voces. Los adultos sentados a la mesa no miran a los niños. Si acaso, un brazo se estira hacia atrás para agarrar a uno y limpiarle la nariz, dejándolo volver a sus carreras al momento. Como si no les molestasen. ¿Y no es raro esto? Los adultos suelen ser restrictivos con los niños en ocasiones semejantes. Pero, si nos fijamos con atención, podemos ver que estos adultos están serios, que disimulan. Apenas una sonrisa abierta, una mirada franca. Un hombre mayor, de semblante enrojecido y estómago prominente, se pasa por la cara un pañuelo blanco que dobla y desdobla con actitud nerviosa.

Y aún distinguimos más: todos evitan mirar a un joven sentado frente a la mujer mayor, a la que hemos convenido en llamar abuela. Es un joven demacrado, envejecido. Pero es el único que sonríe a los niños, el único que coge a alguno que pasa por su lado y lo estrecha entre sus brazos. Sus ojos son los más tristes. Se esfuerza en hablar a los demás, que hacen como que no lo han oído. Entonces se dirige a la abuela y la mirada de ambos queda prendida sobre la mesa.

Por fin alguien trae la comida, y una corriente de alivio se expande por el grupo. Hasta nosotros la notamos. Ya hay algo que hacer. Buscan a los niños, les atusan el pelo, los sientan, anudan las servilletas a sus cuellos. Las madres se inclinan sobre ellos. Adivinamos que susurran lo buenos que tienen que ser, lo bien que tienen que comer.

Durante un largo rato la mesa se anima. Todos comen, se pasan el pan, se llevan las copas a los labios. Incluso se sonríen más relajados. Fuera, en el jardín, la tarde ha aclarado. A lo mejor ya no lloverá. Hasta el ralo césped huele como si ya hubiera llovido. Nos congratulamos de nuestra suerte, pues ninguno de los comensales ha mirado hacia la ventana ni nos ha descubierto. Nos gustaría observarles un rato más. Nos gustaría adivinar lo que celebran. No vemos ningún paquete, no parece haber regalos preparados. Y fijándonos mejor, no van vestidos de fiesta. No, llevan casi todos un ropaje pardo y uniforme.

Un vehículo grande y negro se detiene ante la puerta principal. Desde nuestro puesto junto a la ventana de la esquina los vemos, amenazadores, con sus grises uniformes y sus metralletas. Golpean la puerta. Un silencio terrible ha descendido sobre la familia. Las mujeres estrechan a los niños en sus brazos. El joven demacrado, en pie, mira con intensidad a la anciana antes de ser arrastrado hacia afuera por los visitantes. Al salir, uno de ellos apoya su mano en la espalda del hombre gordo y sudoroso. Gesto advertido por la anciana, cuyos ojos relampaguean. Levanta un dedo hacia su hija que, con naturalidad, saca un revolver del bolsillo del delantal. El congestionado hombre del pañuelo se desploma encima de la mesa. No oímos detonación alguna, continúa el terrible silencio. Sólo los cristales de la ventana tiemblan como nuestros corazones.


Decidimos abandonar hoy mismo esta extraña ciudad.



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