sábado, 19 de marzo de 2016

EN CASA



Las nuevas habitaciones ya listas. | El Mundo


Abro por fin los ojos. Todo es gris, borroso. Frente a mí, una televisión colgada de la pared. ¿Otra maldita habitación de hospital?

Comienzo a recordar. Los médicos no querían operarme porque según ellos moriría. Luché y he ganado. Aquí estoy, viva. Escuálida, conectada a aparatos, goteros, drenajes, mierdas, pero viva. Pero también recuerdo que cometí la equivocación de aceptar que me trasladasen aquí, en lugar de volver a casa. De nuevo estoy en otra maldita habitación, pero esta vez en una residencia de no válidos. O sea, como la antesala de la muerte. A ver cómo me voy a casa.

A mi izquierda, en la cama de al lado, hay una chica sola y callada. Lleva también sondas y tubos, pero se mueve con agilidad. En mi mente la bautizo como Sonia. Trato de decirle algo, pero no me sale la voz. Sonríe y se sienta en la postura del loto, mi favorita porque no la puedo hacer. Observa a su alrededor como desde muy lejos, con cara de niña entre asustada y divertida.

A mi derecha, mi hermana, la cuidadora perfecta. Le miro a los ojos y giro la cabeza hacia Sonia, para que me cuente algo suyo. Mi hermana ensaya su sonrisa animosa: “Tranquila, duerme”. Y cierro los ojos de nuevo.

Creo que han pasado dos o tres días, aquí es difícil mantener la noción del tiempo. Tengo la televisión encendida todo el día, no permito que se apague. Paso horas pendiente de anuncios, programas del corazón, concursos absurdos. Mis escasas visitas no lo entienden. No comprenden que las imágenes que van pasando frente a mí alivian los nudos de mi cabeza.

Nadie parece darse cuenta de la existencia de Sonia. Ni siquiera le ponen el termómetro. Me quedan muy pocas fuerzas para discutir y no digo nada. Yo sí la veo y es lo que importa. Los ratos en que estoy sola, hablo con ella. Siempre sonriente, sentada en su cama como si fuera un trono. Nunca me contesta, pero no importa. Me gusta contarle mis cosas. Cómo tengo planeada mi muerte, cómo creo que se lo tomarán los míos, donde están los papeles para que no se me olvide decírselo a ellos. Si consigo salir de aquí y volver a casa, claro.

A veces me adormilo y siento cómo mi hermana se relaja en la silla. En ese momento, con grandes portazos, entran las limpiadoras, el médico de la residencia, la enfermera, quien sea. Me indigno: ¡Qué vergüenza, es increíble! ¡esta residencia es el peor sitio que he conocido! ¡No hay manera de descansar, de noche ni de día!

Mi prudente hermana se apura e intenta acariciarme la mano que no está presa de tubos. Ella cree que mi ira impotente se debe a que estoy enferma, llena de dolor y de mierda. Cerca de la muerte. Mi hermana nunca se entera. No me importa morir, pero me moriré como yo quiera, en mi casa, no aquí ni de esta forma. Ante su callado disgusto, busco en mi escondite de los caramelos, y chupo tres o cuatro a la vez. Al atardecer tengo unos dolores terribles.

A las diez de la noche me colocan un nuevo gotero. Gesticulo a mi hermana  para que se vaya a dormir a su casa, intentando explicarle que con tanta química dormiré como un tronco, que basta de bobadas. Ella sabe que no puede oponerse, sonríe con suavidad, me apaga la luz de la cama y coge el bolso en silencio. Me da un beso en la frente y desaparece.

Sonia, que nunca enciende su luz, interpreta dócilmente que hay que dormir. Se estira como un gato, desliza sus desnudas piernas entre las sábanas, y se vuelve cara a la pared. En unos instantes nos inunda el silencio de la noche.


A las siete de la mañana alguien abre la puerta con estruendo. Asustada consigo salir de la negrura y, antes de empezar a quejarme, percibo la habitación diferente: falta la cama de Sonia, sus goteros. Pregunto a la enfermera, que recoge medicamentos de la mesilla: ¿Donde está So... la chica? ¿la han cambiado de habitación?

No me contesta. Le grito, y tampoco. Trato de incorporarme, derribar los aparatos, arrancar los cables. No sucede nada. A punto de que me dé un ataque, entra mi hermana con gesto desencajado. Sin mirarme, abre mi armario y va sacando mis cosas. Sigo gritando. ¿Nadie me va a hacer caso? Desorientada, sin saber qué hacer, agarro el mando de la tele. No se enciende y lo lanzo contra la pared. ¿Qué pasa aquí?

Lo comprendo cuando entran dos limpiadoras y empiezan a levantar la ropa de mi cama. Ha sucedido. Ha sucedido justo como yo no quería, pero así es la vida. Así era la vida.

Alguien abre la ventana de par en par, y antes de desaparecer por ella, me detengo junto a mi hermana y la abrazo durante unos minutos. Confío en que se haya dado cuenta.


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Foto de El Mundo, tomada de Google imágenes.


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