sábado, 19 de marzo de 2016

EL FRAGOR DEL OCÉANO








Todos me envidian porque soy su amiga. Incluso hay gente que no se lo cree. Como si las cantantes famosas no pudieran ser personas normales y corrientes.

Nos conocimos de pequeñas. Nuestros padres eran parientes. Vinieron a Madrid porque la niña cantaba muy bien y tenía que ser artista. La paseaban por todos los platós de televisión, todos los concursos. La verdad es que cantaba de miedo, ya desde chiquita. Pero parecía que no fuera con ella: jugábamos incansables como todas las niñas. Ella faltaba muchas veces al colegio, pero yo le apuntaba los deberes en otra hoja.

Luego empezó a hacerse famosa, a viajar. Y dejamos de vernos. Al principio nos escribíamos, ahora nos hablamos por internet. Nuestra amistad es de las que aunque no te veas da lo mismo, te quieres igual o más.

Cuando yo me separé, ella estaba de gira por Sudamérica, donde tenía mucho público, con sus rancheras y boleros. Durante meses me telefoneó a diario, incluso más de una vez al día.

Años más tarde se casó en París con MK, el teclista de su grupo. Un hombre bueno. Me mandaron los billetes de avión para que asistiese a la boda. Pero no me quedaban días libres y no pude.

El día del accidente de mis hijos llegó al hospital de improviso desde Marbella. Se quedó con nosotros hasta que pasó el peligro. Ni mencionar las galas que había dejado colgadas.

Esta primavera me llamó desde Nueva York:
—Elige las vacaciones en agosto. Hemos alquilado una casa en Funchal. Fíjate qué ilusión, las dos junto al mar… ¿No nos lo merecemos?

Algo me dijo que le hiciera caso, y así lo hice. Además sí nos lo merecíamos.

Al llegar a Madeira –ocho años sin vernos, esta última vez—, se pierde entre mis brazos, pálida y ojerosa, un temblor anormal en las manos.

MK me lleva aparte: —Está fatal. Se apaga día a día. Ya no puede cantar.

—Pero—no me salen las palabras.

—Es algo neurológico. Ya no hay más tratamiento. Si hubiera salido bien, no quería decírtelo—MK al verme los ojos me abraza fuerte.

Me quedo muda durante toda la estancia en Madeira. Apenas puedo sonreír, abrazar y besar. Sí puedo llorar cuando nadie me ve.

Todos los días contemplamos el Atlántico desde la terraza. Ella cada vez abulta menos en su tumbona, bajo la manta. Las tormentas son magníficas. Rayos y relámpagos en el horizonte, que desaparece en una inmensa mancha oscura. El fragor del océano. En las noches claras, la Osa Mayor se ve justo encima de casa. Y Sirio. Una de esas noches, con la cara vuelta hacia las estrellas, ella deja de respirar con suavidad.



MK y yo aterrizamos en Madrid un domingo, tras arrojar sus cenizas en alta mar. Huyo de los periodistas, no quiero ver la tele, ni leer nada sobre ella. Pero tiene razón la gente en envidiarme por ser su amiga.



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