sábado, 19 de marzo de 2016

COMUNICANDO


Entramos los cuatro en ese bar inglés que tanto nos gusta. Al buscar mesa entre las del fondo, nos fijamos en dos mujeres de mediana edad, morena y pelirroja, sentadas a nuestro lado. Son las ocho de la tarde. Llevarán ahí un buen rato, pues les acaban de servir la segunda ronda, cerveza y cubalibre. Sobre el mármol, cajetillas de tabaco y mecheros, a los que lanzan frecuentes miradas. Pero no salen a fumar. Hablan a media voz, embebidas en su conversación.

Nuestro silencio capta sus voces.

--Sabes? A veces siento mi corazón repleto de amor. Amor inmenso por todo el mundo. Mis hijos, mis hermanos, mis amigos... Pero luego

La morena interrumpe con gesto comprensivo: --Eso es normal, mujer.

La pelirroja mira a su amiga con oscuros ojos:

--No, no es normal. Lo que siento no es normal. No es lo de siempre, es demasiado. Me invade, parece que desde ese momento todo va a cambiar. Voy a inundar el mundo de amor y todo va a ser maravilloso

La morena sonríe: --Que guay, ¿no? Te comprendo

La pelirroja fija los ojos en su copa

--Lo que pasa es que luego no sé hacerlo. Y todo sigue igual. No sé si la culpa es mía o de los demás, de las circunstancias, del ambiente...

Agarra su paquete de tabaco hasta arrugarlo y continúa en voz muy baja

--Porque algo mío seguro que hay: la incapacidad de transmitir, de comunicar. La verdad es que esto me tiene preocupada, mejor dicho, muy ocupada

La morena la mira alarmada:

--No entiendo. ¿Que estás preocupada por querer mucho a todos? Mujer...

Ahora sonríe la pelirroja. Da un largo sorbo a su copa, deja suspendida su mirada en un punto lejano, y estira la mano hacia su amiga:

--Tienes razón. Bueno, ¿nos vamos? Hace más de dos horas que no hemos fumado...

La morena se incorpora y le estampa un sonoro beso en la cara:

--Sí, ya tengo ganas de fumar. ¡Y no pienses tanto, hazme ese favor! Huy
madre, con lo que yo te quiero...

Atraviesan la cafetería con los mecheros en la mano, dispuestas a encender un cigarrillo ya. Nosotros también salimos a fumar a la puerta, de dos en dos para no quedarnos sin la mesa.

Ya en la calle, nuestras amigas aspiran humo en silencio, una frente a otra. A los pocos minutos, la morena mira su reloj y recuerda una última compra olvidada. Se abrazan e intercambian promesas de llamarse sin falta la semana que viene.

Al girar la pelirroja hacia la avenida, despacio y con expresión impasible, vemos como una lágrima baja por su mejilla derecha.



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